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Malvinas, desguerra, 40 años. Y el soldado estaqueado continúa…

Volver sobre lo mismo no siempre significa reiteración. En todo caso, la que sí suele ser reiterativa es la realidad. El de Malvinas es un asunto muuuy pendiente. Hace 40 años, cuarenta, una trágica pifiada de la última dictadura sirvió, paradójicamente, para abrirle la puerta a nuestra democracia.

02/04/2022 22:42

Por Rodolfo Braceli, Especial para Jornada. Desde Buenos Aires

Voy a retomar reflexiones que vengo desmenuzando en contextos diferentes, desde hace casi quince años a través de esta columna y medios tan diferentes como pueden ser la revista dominical del diario La Nación y más cerca la contratapa de Página 12. Reanudo y, dentro de mis posibilidades, retomo y amplío aquellos textos.

    Damas y caballeros, somos unos hijos de los eufemismos. Transitamos la Era del eufemismo. Nuestra historia de aquí y la historia de casi el último siglo se podría contar encadenando sucesivos eufemismos.

   Antes de desembocar en la herida que no cesa, siempre pendiente, de Malvinas, propongo repasar un muestrario de eufemismos instalados y naturalizados. Por empezar, Hiroshima y Nagasaki. Al anunciar al mundo entero esos “exitosos” estallidos se informó que se “soltaron” dos bombas. Caballeros bélicos: las atómicas, ¿se soltaron o se arrojaron? Se soltaron –dijeron– “para conseguir la paz más pronto”. ¡Flor de argumento! Más acá en el tiempo se perpetraron otras delicadezas eufemísticas. Por ejemplo, a los genocidios se los elogia llamándolos “guerras preventivas”. (La madrequelosparió, y el padre).

    Así va el mundo, meta y meta eufemismos. Sigamos: a la decapitación laboral se le dice “racionalización”; a los desclasados se los nombra como sujetos en “situación de calle”; a los femicidios se los justifica como “crímenes pasionales”; a la mordedura del hambre universal se la minimiza como “insuficiencia alimentaria”; a las invasiones armadas –sedientas de petróleo– se las rotula “intervenciones para restaurar las libertades y las democracias”.

   Sacudamos, despabilemos nuestras conciencias, salgamos de la nefasta  indiferencia activa. Tanto cinismo es auspiciado por cantidad de medios de (des)comunicación que, campantes, naturalizan la voladura y cremación de escuelas, maternidades, aldeas enteras. Entonces informan “efectos colaterales” de “misiles inteligentes”. Joder con la inteligencia. ¿Errar es humano? (Otra vez: la madrequelosparió. Y el padre).

   La costumbre de los eufemismos cristaliza el apogeo de la impunidad. Avancemos: los muchachos del Pentágono ¿cómo nombran ahora a la inocultable tortura? Aquí se desnucan todos los colmos imaginables: en vez de “tortura” dicen “interrogatorios exigentes”. (Por tercera vez: la madrequelosparió. Y el padre. Y, ya que estamos, les abueles).

   Y así llegamos a nuestra incesante herida. A propósito de torturas consumadas: en el nombre de patria, familia y buenas costumbres a partir de la dictadura cívica y militar y etcétera aquí se torturó a rajacincha. En el año 1982 después de Cristo, en esta patria idolatrada, se desfondó el abismo con la torturación de soldados argentinos en Malvinas. La herida sangra, sangra, sigue sangrando. No escasean quienes como atenuante justificador opinen que la censura silenció. Paupérrima excusa. Esa excusa destiñe: claro que la censura fue cierta; pero la obsecuencia mediática no fue menos cierta.

   Hagamos memoria, aunque nos incomode, aunque nos duela: la de Malvinas, fue una (des)guerra. Una bravuconada alentada por el fugaz coraje etílico; la consagración de la absurdidad. Evidente: nuestros militares de oficina nada sabían sobre los hielos del sur; se nota que mucho más sabían sobre los hielitos del whisky. Pregunta que cae por madura: ¿cuándo nos interrogaremos como sociedad? A ver: ¿hasta qué punto nos estafaron y hasta qué punto nos dejamos estafar? También la (des)guerra sucedió al compás de conocidos comunicadores, obsecuentes estelares. De la noche a la mañana, con el desembarco en Malvinas, como sociedad y periodísticamente, pasamos de la euforia patética a la depresión vergonzante. Muchos argentinos –demasiados– vivieron la (des)guerra con la adrenalina de un Mundial de fútbol. Ya a décadas de aquella suicidante bravuconada, para la reconquista territorial tendremos que usar la imaginación, la persuasión internacional y aprender modos de coraje menos sonoros;  aprender que la paciencia no es resignación, es lo contrario de la resignación. (Esto nos enseñan, y sin el barullo de las palabras, las prodigiosas Madres Abuelas de Plaza de Mayo. Tan insomnes, tan porfiadas parteras de la memoria, ellas).

Los estaqueados, la Corte Suprema

   En el octubre de este 2021, el expediente referido a las torturas de Malvinas llegó, por fin, al umbral de la Corte Suprema de Justicia. No, no hay más vueltas: la Corte deberá revisar un fallo propio y definir sin endulzantes ni eufemismos si las torturas contra soldados son o no son delitos imprescriptibles. Es decir: si son o no son atroces delitos de lesa humanidad.

    Ahí tenemos la deuda externa (la que a los usureros del Fondo Monetario se paga en dólares irreparables), y la deuda interna (la que se traduce en pobreza, analfabetismo y analfabetización), y la deuda interior (la que a diario se consuma mediante la escandalosa desmemoria y el creciente y alevoso negacionismo). Innegable: hay cuestiones de lesa humanidad que nos siguen pendientes. En la trasnochada desguerra de nuestros corajudos de oficina no sólo hubo improvisación, hubo cobardía, necedad. Además accionaron inocultables torturadores de soldados propios. Flagelaron a jóvenes ateridos y aterrados. No usaron picanas “persuasivas”, estaquearon, entre 12 y 18 horas, a cuerpos de soldados hambrientos. O los enterraron por 5 o 6 horas, de cuerpo entero, sólo con la cabeza libre.

    Otra pregunta; el reclamo de las víctimas, ¿puede prescribir? No. Moralmente no. Mientras no se juzgue y se haga justicia, aquella torturación continúa. Humanos y humanas, ciertas atrocidades no prescribirán mientras el sol esté vivo.

   En el medio de la intolerable (des)guerra sucedió. Entre varios, más un soldado, atravesado por el hambre, no pudo más y salió de su trinchera y “robó” una lata de dulce. Otro, también hambriento, salió desesperado a buscar comida; “cazó una avutarda y la cocinó”. Se recuerda, por la fecha patria, a un soldado estaqueado en la interminable noche del 25 de mayo de 1982… Aquí tomémonos un respiro. Hay un momento en el que las palabras reculan, enmudecen, pierden el pulso. Es ahí cuando acudimos al levemovimiento de la crónicaquieta, hacia una leve ficción. Uno necesita que el grito alaride, entonces el periodista pide ayuda a la poesía.

   Aunque se nos hernie la cómoda rutina, salgamos unos minutos de la conciencia digestiva y vayamos junto a aquel soldado argentino estaqueado. Plena noche, pleno frío, plena intemperie, el soldado gime, prestémosle atención, está llamando a su madre. No es un sueño lo suyo, no es una pesadilla de almohada: le sucede lo que realmente está sucediendo, en carne viva; ahí está él, arrojado a la absurdidad. Escuchemos al desguarnecido, ahora mismo está intentando alcanzar a su madre tan lejana…

Cruz del sur, cruz en el sur

     –De espalda, solo, de cara a todo el cielo, aquí estoy: me han crucificado en la tierra, mamá. Y tengo frío. Sol ¿hubo alguna vez?

No me queda semblante, ni saliva. El pavor anegó a mi corazón. Me duele tanto el aire, ¿cómo era respirar, mamá? Ay, esta noche qué oscura se ha vuelto la noche: sin una estrella, sin el lucero, sin una tajada de luna.

Ay, si mañana va ser como hoy, no me despiertes, mamá.

 

(La noche continúa y la intemperie, implacables).

–¿Estás ahí? ¿Estás? Nadie. Nada. ¿Estás sorda? Te estoy llamando, alarido, no me responde tu aliento.

Pobrecita mamá, pronto te señalarán y te dirán madre.

Ay, madre madre, ¿por qué me has abandonado?

–Hijo, hijito, ya vuelvo. He salido a buscar a la patria.

–No vayas, madre, detente: a la patria la han saqueado.

–Los saqueadores, hijo, ¿quiénes son?

–Son ellos: los que inflando el pecho y alzando el mentón miran los desfiles desde el palco. Los bien comidos, los bien abrigados, los mal paridos, los que nunca rozaron el honor, los que eructan el grito sagrado. Son ellos, mamá: los siempre ilesos.

    ((Al estaqueado, contra la tierra tan crucificado, ahora el cielo lo mira desde muy arriba. Pero no se baja. Se queda en el cielo, el cielo. ¿Indiferente o estupefacto? ¿Aterrado o acielado?

¿Y Dios? Dios no puede no ver lo que ve, y entonces se tapa la mirada, se tapa el horror. “Dios mío”, gime Dios.

 

Silencio y sur. Y cruz del sur. Y cruz en el sur.

La escandalosa impunidad de la nieve.

Damas y caballeros, aquí no ha pasado nada. Como siempre.

Pero a las palabras que se lleva el viento, el mismo viento las devuelve. Por favor, sigamos escuchando sin bajarle la mirada el espejo que nos mira:

–Madre, madre, ¿por qué me has abandonado?

–Hijo, hijito, he salido a buscar a la patria.

–Madre, para qué vas, si ya no quedan ni los mástiles, si la patria es un pozo con forma de mapa.

–Encontraré, hijito, encontraré a la patria.

–¿Dónde?

–Debe estar escondida, guardándose…

¿Pero dónde dónde?

–Se me hace que vientre adentro de la Mapatria Grande.

–Vuelve, madre, pronto.

–Seguro que volveré.

–Pero si mañana es como este 25 de mayo de 1982, por piedad, no intentes despertarme. No, no quiero ver otro día de mañana. Y sé buena, rápido coseme los párpados.

    Posdata inevitable.  Los estaqueados no son metáforas literarias. Los torturadores tampoco. ¿Qué espera la tan suprema Corte Suprema para declarar imprescriptibles esos delitos de lesa humanidad que desnucaron la condición humana? Mientras las décadas nos suceden el estaqueado, nuestro estaqueado, continúa a la intemperie, mirando el cielo. Y se vienen los fríos.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.