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Malvinas, 40 años, rendición. Tiempo para el coraje de la paciencia (que no es resignación)

Este domingo 12 de junio del año 2022 después de Cristo nuestra sociedad ¿conmemora? los 40 años de la rendición en Malvinas. A muchos, a demasiados, hacer memoria les produce arcadas. No importa, no caigamos en la obscenidad de la  (des)memoria. La (des)memoria es moralmente hedionda. Por favor, tengamos a bien compartir algunas reflexiones.

14/06/2022 08:41

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

1.  El tema Malvinas es hoy un flor de test para saber hasta qué punto algunos políticos e intelectuales confunden la saludable exigencia crítica con la miserabilidad de la mala leche. Hace diez años, cuando se cumplían treinta de la rendición, dijimos que siendo partidario u opositor del actual gobierno (recordemos, elegido y autorizado por las urnas) el estar en una vereda o en la de enfrente no debiera envenenar las opiniones, ni rebajarlas a un chicaneo que encarna el apogeo de la mediocridad. Ante semejante asunto, ¿cómo es posible que nos dejemos ganar por el siempre latente rédito político?

   2.   Más de un lector puede suponer que estoy aludiendo a la señora Beatriz Sarlo. Y sí, estoy pensando en ella. Su preocupación por los kelpers, más que exagerada me parece ridícula. No pienso, como dicen algunos nacionaludos, que sea una cipaya apátrida. Tiene ella el pleno derecho de expresar lo que le da la gana. Y sin agradecerlo a nadie. Pero, a partir de ese derecho, uno también puede opinar que la profesora Sarlo se relame criticando. Con perdón de los pavos reales, me parece que por ahí va su cosa. Esta señora, Sarlo, se cree que es Beatriz Sarlo. Es como Aballay, el personaje de Di Benedetto: no se baja del caballo ni por nada. Sugerencia: Fíjese, señora, cómo usted malversa su inteligencia, tantos libros leídos. ¿Acaso se ha engolosinado con el rol de Gran Faro Pensador de Nuestro Tiempo? Se me hace, profesora Sarlo, que usted podría equipararse, más que con Susan Sontag, con Lilita Carrió. Ocurre que la crítica, cuando se vuelve sistemática y celebradora del supuesto mal que denuncia, se pudre en sí misma. La mala leche persistente muta en el yogour de la histeria. A propósito de caballos: sucede a veces que el caballo al que estamos subidos es de calesita, de cartón pintado. Y, para peor, ese patético caballito está atornillado a una calesita que ni gira ni sortija ni nada.

3.   Detesto las exaltaciones nacionaludas, el uso de los himnos en los mundiales. Creo que no hay que confundir el fácil y jodido “amor propio” con el responsable “amor por lo propio”. A propósito del “amor por lo propio”, pregunto: ¿Cuántas banderas asomaron estos días? Comparemos las banderitas de este junio con las de los junios en los que hay Mundial de fútbol. Diferencia abismal. ¿Será que aborrecemos hacer memoria cuando de derrotas se trata? Somos unos hijos del triunfalismo, tan sembrado por los medios de (des)comunicación.

   4.   Siempre es bueno tener un espejo a mano. Traigámoslo, momento de mirarnos bien adentro. Reconozcámoslo: al episodio guerra de Malvinas por años lo escondimos debajo de la alfombra patria. De pronto el 40º aniversario de la rendición y ahí arreciaron los homenajes y los discursos infectados de lugares comunes. Con eso, ¿tratamos de maquillar nuestras conciencias digestivas?

   5.   Hay que decirlo, y en voz alta: la de Malvinas, fue una (des)guerra. En todo caso, fue una bravuconada etílica. En fin, fue una vergüenza consumada por un puñado de militares, valientes de escritorio, con el coraje que suele alzar el alcohol. Estos héroes etílicos –dijo don Borges–“huyeron hacia delante”. Y, claro, ellos, los altos generales volvieron impecables, rozagantes, volvieron ilesos. Pero ya mismo advertimos algo que no debemos licuar en confusión: el hecho de que una banda de asesinos criminales, dictadores, haya consumado la absurdidad de esta (des)guerra, no invalida la legitimidad de nuestros derechos. Las Malvinas son y serán argentinas, más allá de que militarmente ahora –más que nunca– estén absolutamente en manos de la Gran Bretaña y sus socios. Ni hablar de la pesca y de las posibilidades petroleras.

   6.   Hoy podemos decir que el desembarco del “valiente” Menéndez les vino como anillo al dedo a Gran Bretaña, y al “neutral” imperialismo norteamericano. Ellos, ¿qué más querían? Ahí tenían, servida en bandeja de plata, la excusa para instalar una base poderosísima, de un–para ellos– incalculable valor estratégico en el vértice del sur. Esta base pone en riesgo nuestros derechos antárticos.

   7.   Nuestra eufórica y depresiva sociedad (la euforia es depresión que va a venir), ¿hasta qué punto fue estafada y hasta qué punto se dejó estafar?

   8.   Más allá de la feroz censura de prensa de aquella criminal dictadura que hasta robaba criaturas de la placenta, más allá de eso, ¿hasta qué punto los medios (des)comunicadores y muchos prestigiosos periodistas contribuyeron, con su entusiasmada obsecuencia, a ese estado de irresponsable euforia que después se transformó en vergonzante depresión? Vayamos ya mismo a revisar los archivos. Nos encontraremos con una punta de periodistas estelares –aun vigentes–, dándole coro, batiendo el parche a esa aventura consumada por quienes no pusieron el cuerpo ni nada.

   9.   Otra pregunta: ¿quién se hace cargo de esa (des)guerra que aquí se vivió con la misma adrenalita que usamos en los mundiales de fútbol? Recordemos: los muchachos que tras la rendición volvieron de esa carnicería mal parida, fueron ocultados, despreciados, traspapelados en el medio de la noche. Claro, para nosotros, cómodos espectadores, ellos, los soldados, perdieron el Mundial de Malvinas. Y es sabido: aquí, no ser campeón mundial de algo, significa ser un pelotudo.

   10.  El colmo de la obscenidad. Pasamos por alto que, aquí, después de la (des)guerra murieron por suicidio más ex combatientes que los que cayeron confrontando en las islas. Alrededor de 400 (cuatrocientos). Con nuestra indiferencia activa y avergonzada suicidamos a esos suicidados.

   11.   Preguntita de yapa: ¿Algún día haremos el libro de la Obediencia (in)debida en el periodismo?

   12.   A la vista está: los atroces militares de la dictadura no sabían nada sobre los hielos del sur. Sólo sabían sobre los hielitos del whisky. Aquello altos militares salieron de la (des)guerra sin un rasguño, ilesos.

   13.   Los estaqueadores, también allí torturaron. En Malvinas se consumó el colmo de los colmos, se desnucó la condición humana; a la carnicería de la (des)guerra se le sumó la torturación de soldados propios. Se flajeló a jóvenes inermes, hambrientos, ateridos y aterrados. Pasaron cuatro décadas, docenas de  estaqueados siguen reclamándole verdad y justicia a la Corte Suprema. Pero.

   14.  Pero a principio de este mes de junio las noticias nos dijeron que la Cámara Federal de Casación Penal “anuló el procesamiento de tres militares retirados acusados de vejaciones y torturas a soldados durante” la (des)guerra de Malvinas de 1982. Con la anulación se ratificó que los hechos, espeluznantes, prescribieron. Los camaristas que votaron anulando el procesamiento de los torturadores tienen nombre y apellido: Daniel Petrone y Diego Barroetaveña. Pero.

   15.  Pero las leyes que rigen eso que llamamos “condición humana” nos siguen diciendo que las atrocidades de la tortura no prescriben y no prescribirán mientras el sol esté vivo.    

   16.  El desastre consumado fue. Hay que reiterarlo: pasamos de la euforia obscena a a la depresión vergonzante mientas paladeábamos la adrenalina espectadora de un Mundial de futbol. ¿Y ahora? Ahora tenemos que repararlo, no podemos darnos el lujo de bajar los brazos. No podemos, no debemos olvidar. Eso sí: tenemos que aprender otros modos de coraje menos fanfarrones. Aprender el coraje de la paciencia.

   17.   En este 2022 la lucha por la recuperación de nuestras islas del sur se está realizando sin armas de las que causan muertes. Y con la conmovedora adhesión de los países latinoamericanos y muchos más. Debemos hacernos cargo de la expresión que invita a “darle una oportunidad a la paz”. Así es, así debe ser: Estamos aprendiendo la ciencia de la paciencia, sabiendo que paciencia no es resignación, es lo contrario.

   18.   Esta instancia de lucha sin otras armas que las de la negociación, es preciosa pero de cristal. Debemos resguardarla cada minuto. Porque aquí, adentro de este mapa, están los exquisitos pensadores que, más que la autocrítica, les importa joder la paciencia. Los últimos cuatro años de (neo)liberalismo en relación a la recuperación de Malvinas han sido desastrosos; otra vez, vergonzoso y vergonzante. Entreguismo y cholulismo en nuestra política exterior. Ahora, a falta de una oposición imaginativa, alternativa, ponen todo el hollín de sus energías en la zancadilla de lucidez impostada. Siembran confusión aprovechando los fuertes coletazos de una explosiva situación mundial que afecta lo que más nos duele: el corazón del bolsillo.

    19.  Supongamos algo descabellado: si un día de estos Gran Bretaña decidiese devolver a la Argentina las islas Malvinas y alrededores marítimos, ¿cómo lo tomaría Estados Unidos? ¿el imperialismo norteamericano permitiría esa devolución?  

   20.  Juntémonos como nos juntamos en las instancias finales de los Mundiales de futbol. Cuidemos que esta civilizada negociación no sea saboteada por ningún exabrupto verbal, por ninguna agresión de pelotudos funcionales. Eso es lo que están esperando el ex imperio británico y el actual imperio norteamericano. Ojo al piojo: ni pedrada, ni vidrio roto, ni balas, ni misiles, ni siquiera una agresiva miga de pan atravesando el aire.

    21.   La patria es más, mucho más que una palabrita de ocasión. La patria encarna en esa prodigiosa clase de coraje que nos vienen enseñando las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Ella nos dicen y nos dicen, y no cesan de decirnos: la paciencia no es resignación, es lo contrario. Es una actividad, como la esperanza. Esto lo debemos tener presente los civiles civilizados. Belgrano y San Martín, sin ir muy lejos, dejaron su ejemplo tejido en el semblante de los aires. De esos ejemplos deben beber los militares que advinieron en democracia.

   22.   Los otros, los militares antidemocráticos, los valientes de oficina, los siempre ilesos ya están avisados: para pasar a la historia hay que superar el control de alcoholemia. Lo nuestro es, debe ser, la palabra alumbrada por la paciencia de la argumentación y de la legalidad.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.