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Los sin nombre, los intensos ejemplos que tenemos más acá de nuestras narices

En la capital de nuestra patria idolatrada cunde la desesperación por ponerle rejas a todo. Paranoia ya transformada en ideología. Espectáculo desolador, patético, obsceno. Qué difícil calificar, por ejemplo, a las plazas ferozmente enrejadas. Y ahí tenemos una capital federal que se hace gárgaras con su gran presupuesto; se olvida que es federal, y por tanto que es capital por y de todas las provincias.

10/09/2022 21:54

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Con creciente frecuencia en esta “cabeza de Goliat” (concepto de Ezequiel Martínez Estrada) palpamos el desprecio al país de adentro, al país interior. Sobrevuela esta impiadosa frase: “Nuestros hospitales están colmados de provincianos”. Se omite y se olvida con alevosía que los provincianos, que van y vienen, nos proveen de los alimentos y de a uno, sumando millones, constituyen la mano de obra de la tan admirada Ciudad Autónoma.

    Mientras se consolida la desagradecida omisión, los laburantes provincianos son mirados con el mismo repugnante recelo con que se mira a los habitantes (laburantes también), provenientes de los otros países de la Patria Grande. Esa xenofobia puertas adentro se respira como nunca en esta gran capital, formidable y a la vez renegada. Vale advertir que hace rato que aquí se han implantado horarios para poder respirar el aire de las plazas. Las plazas y las iglesias de todos los credos deberían estar siempre abiertas. Pero cunde la histeria del miedo histérico. Y la fealdad de las rejas fieras se expande...

    Es momentos de decir que estamos hablando del habitante promedio de la gran ciudad– , ese que ya no disimula su rechazo, ese que exhibe su creciente antipatía  por los cartoneros; justamente los cartoneros, aquellos porfiados habitantes que, decididos a no robar, escarban nuestras bolsas de basura y de comida sobrante. Cuando aprenderemos que, para evitar la presencia de esos seres que molestan nuestras dulces miradas, no hay que poner rejas ni ahuyentar desguarnecidos. La cuestión es más simple: hay que generar trabajo genuino y más escuelas, ¡públicas las escuelas eh! A menor desocupación y mayor educación,  menor inseguridad y mayor dignidad. La causa y la consecuencia de tantos desesperados errantes tiene nombre, es una palabra de una sílaba: pan. El pan de cada día y de cada noche. El pan conseguido sin angustias. Se entiende: el pan para todos, para todas, el pan para todes.

    Ahora mismo estoy reanudando una columna que me brotó hace más de una década. Estamos anegados de palabrerío, de diagnósticos referidos a lo que nos pasa y nos deja de pasar en esta, la república que nos parió. Yo mismo, con la presente columna estoy haciendo mi contribución a este palabrerío que nos anega. Ante tamaña confesión, lo razonable sería que ponga ya mismo un punto. Y a callarme la boca. Porque en boca cerrada no salen moscas, ni entran. Pero de tentación somos; soy, y caigo nomás en la tentación. Caigo en eso, pero poniéndome al menos una condición: hoy escribiré más que para pontificar, para compartir un par de episodios insignificantes, pero muy significativos. Preciosos. En los dos casos los protagonistas son basureros. Con mejores palabras digamos que son recolectores de la basura que generamos los prolijos,  por negligencia o por inmerecida sobreabundancia.

     Sucede que generación tras generación decimos: “estamos tocando fondo” y nos preguntamos con crispada perplejidad: “¿Cómo es posible que este país haya llegado a esto?” Sospecho que debiéramos ahondar, agravar la pregunta: ¿Cómo es posible que siendo como somos (y como dejamos de ser) este nuestro país exista todavía y no se haya ido a la mismísima nada? (Nada, sinónimo de mierda; sinónimo del limbo del infierno… 1976 / 1983)

    La respuesta que encuentro es que, si este conato de república todavía tiene pulso, es porque aquí se viene sosteniendo una ardua pulseada. De un lado: los depredadores, los charlatanes, los entregadores, los frívolos, los que hacen política generando antipolítica, los practicantes de la indiferencia activa. Del otro lado: los que laburan, los que sueñan haciendo, los que entienden que la memoria es la forma más ardua de la esperanza.

    Con demasiada frecuencia recurrimos a una cómoda coartada: nos decimos: “Lo que pasa es que aquí no hay ejemplos”. Entendemos que los ejemplos los deben dar los políticos. Pero los políticos somos nosotros, no nacen de repollos galácticos. Por lo demás, no es verdad que aquí no haya ejemplos. Seguro que los hay, pero no debemos seguir buscándolos en el frío bronce de nuestros próceres, ni en la vidriera de los exitosos y famosos. Se trata de los “ejemplos” que están más acá de nuestras narices. Se trata de los hombres y mujeres comunes, mejor dicho, de los primordiales. Los primordiales constituyen una suerte de logia, porfiada, muy porfiada, porfiadísima. Damas y caballeros es por los primordiales porfiados que ésta casi patria todavía tiene pulso. Y, es por ellos, que a este tan saqueado agujero con forma de mapa le quedan al menos las 9 (nueve) letras de su apellido: a r g e n t i n a. Poco faltó para que a las letras se las privatizara, se las rifatizara. Muy poco. Recordemos, sin ir demasiado lejos, cuando aquí se malvendieron las joyas de la abuela, y a la indefensa abuela también.

    Voy por un caso de ciudadano primordial ejemplar. Sin buscarlos lo encontré y escribí en agosto de 1981. Todavía estábamos sumergidos en aquella pesadilla de una dictadura que hasta afanaba criaturas de la placenta. El paraíso de la “plata dulce” de Martínez de Hoz (tan parecido al de la Convertibilidad) hacía agua por sus cuatro costados. Había entonces sobradas razones para la tristeza, la congoja y la vergüenza. Pero no nos podíamos dar el lujo de bajar los brazos. Tal vez por esto reparé en una carta de lector del diario La Capital, de Mar del Plata. Refería un episodio mínimo, nada espectacular, protagonizado por un basurero municipal; alguien que sin duda pertenecía a la Logia de los Primordiales. La carta que me alumbró decía en uno de sus párrafos:

“Estaba este hombre junto al carrito municipal, que le servía para recoger los residuos que se acumulan junto al cordón de la vereda. ¿Y qué hacía él en las pausas? ¡Repasaba con un trapito, uno por uno –casi podría decir, sacándole lustre– a los rayos de una de sus ruedas! Lo hacía con cariño, con dedicación comparable a la que suelen poner algunos fanáticos en sus autos recién adquiridos. Y al preguntarle yo, sorprendido, sobre lo que estaba haciendo, me respondió con sonrisa candorosa: “Y… me gusta tenerlo limpio”.

“Me gusta tenerlo limpio”, dijo aquel basurero. Qué manera de darle sentido a su trabajo; qué manera de dignificarlo, de encontrarle la vuelta a la alegría. Qué manera de hacerle un agujerito, una rendija a la cerrada noche de aquellos años insoportables. Qué manera ¡de colaborar con el sol!

   El segundo ejemplo de habitante primordial, es el de otro barrendero; tuve el enorme privilegio de verlo hará unos cinco años, en la esquina de Paraná y Corrientes, en plena Capital Federal. De pronto, en medio del hervidero ciudadano, apareció un barrendero: iba con su escobillón, juntando las mugres del descuido y la negligencia. Hasta ahí, nada del otro mundo. Lo extraordinario era que el largo mango del escobillón también lo compartía un chico, de unos cinco o seis años. Se ve que era su hijo. Padre e hijo, concentrados, barrían rítmicamente. Eso sucedía pasada la mediatarde, en el último tramo laboral del día. Los alumbraba un entusiasmo arrasador. El presente y el futuro asidos de ese escobillón.

   Yo, mientras tanto, los mirada a través de un ventanal, desde la comodidad de un café. Un rato después reapareció el barrendero caminando por la vereda en dirección contraria y con la familia cerca. No la gallina, era el gallo con los pollitos detrás: tres hijos, uno de ellos era el mocoso que compartía el escobillón. Después, guardando el grupo de pibes, la mujer. Los tres chicos tomaban yogur. Pregunto y me pregunto: ¿Tiene derecho ese grupo familiar, llegado el caso, a usar un hospital de la portentosa Capital Federal?

    No hay caso, no se me borra la escena del barrendero y su niño, barriendo a dúo, fervorosamente. Con qué seriedad lo hacían. Con qué honda alegría y con qué fe rezaban sin rezar y redimían a su trabajo.

    Otra vez invoco a las damas y caballeros y digo: los que según el decir del recordado actos español, José María Vilches, comemos con mantelito, y tenemos el ahora privilegio de techo, alfabetización y guayfai y panes diarios, debiéramos prestar atención a estos seres que integran la Logia de los Primordiales. Los primordiales, encendidos por el entusiasmo, le socavan los cimientos a la enfermante enfermedad que padecemos desde hace décadas. Bajar los brazos, entregarse al “ma’ sí”, entregarse  al “este país no tiene arreglo” es una comodidad irreparable, comodidad que justifica esa otra forma de corrupción que es la desesperanza de los bien comidos y abrigados y enrejados.

Un paréntesis.     Alguien se me cruza y señalándome con el dedito de acusar, me pregunta y me arrincona: “Pedazo de güevón alegre, a ver si te dejás de elogiar a los cartoneros, sucios, ¡manga de vagos de mierda!... Decime de una vez: ahora estamos discutiendo si el atentado a la vicepresidenta fue real o fue fabricado: ¿cómo, cómo salimos de esta?” Mi respuesta: yo pienso y siento sí, que fue realmente un atentado. Esa bala estaba. Si la bala salía esta historia hubiera comprometido hasta la existencia de nuestros nietos y de los nietos de nuestros nietos. Y así sucesivamente. Afronto otra pregunta: “Y decime, Rodolfo, ¿cómo crees que salimos de este “sucesivamente”? Salimos superando el chicaneo, salimos dejando de celebrar las malas noticias, salimos con política genuina, vadeando todas las formas de autoritarismo, salimos asumiendo el coraje de pensar y accionar desde la buenaleche. “Pero, ¿yY qué hacemos con la galopante malaleche?”. Lo dicho: nos hace falta asumir el coraje más difícil: el de –sin renunciar a nuestras convicciones–, remontar la malaleche inherente al devastador neoliberalismo. No no y no: el que quiera andar armado que NO ande armado. La maldita malaleche sólo nos conducirá a algo que se nombra con dos palabras: guerra civil.

     Posdata.  Me digo y te digo: de una buena vez: dejémonos de joder, no nos escondamos en la cómoda coartada del “lo que pasa es que en la dirigencia no hay ejemplos”. Ejemplos hay, si es que, con los ojos y el corazón abiertos, miramos más acá de nuestras benditas narices. El mundo galopa hacia su suicidio. Nosotros somos una partecita de ese mundo. Entonces vayamos por los seres que no tienen nombre, por los primordiales que sostienen la porfiada eterna pulseada. Esto es urgente porque, lo dicho, hay que colaborar, hay que darle ya una mano al sol. El sol, por más voluntarioso que sea, no puede hacerlo todo solo…)

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.