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La primavera insiste, codo a codo con las porfiadas parteras

Sucede setiembre y acontece, una vez más, la porfiada primavera. Tengo un sueño de almohada que por estas fechas, con los años, se me ha vuelto recurrente. Sueño que escribo, palabra por palabra, una columna que ya había escrito.

24/09/2022 22:31

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

   Despierto del sueño, escarbo en mi archivo y allí está el texto, esperando para recordarme que nos ha estallado en la mollera otra primavera… Otra primavera entusiasmada, a pesar de todo.

   Sugiero que nos prestemos atención, porque esta no es una primavera cualquiera: asoma vadeando una pandemia mundial que algunos festejaron al compás del hediondo “rédito político”. Se sobrepone, la primavera, a los zarpazos de los buitres de afuera y de los peores buitres adentro; resiste la voracidad de los usureros internacionales. Así es nomás la cosa: no la tiene nada fácil esta primavera del año 2022 después de Cristo: debe enfrentar, además, los venenos de los agrotóxicos, debe atravesar el espeso techo de humo provocado por los incendios de los amigos de la soja a rajacincha. ¿Y cómo hace la flamante primavera para no caer en el desaliento, para no contagiarse, para no dejarse tentar por el odio de los hacedores de odio?

   En verdad, esta primavera tiene que afrontar y enfrentar las hordas de los humanos y humanas que recurren al barullo histérico de las cacerolas, de los que adhieren al alevoso consejo de andar por la vida armados, de aquellos que justifican la tortura y la pena de muerte, de los que se hacen gárgaras con la xenofobia y el racismo, de los que están inconteniblemente dispuestos a arrojar la primera piedra, y a gatillar la primera bala.

   A esta altura puede parecer que me estoy yendo por las ramas. Pero eso se lo dejo al inolvidable Tarzán. No me he olvidado que hace un rato dije que tengo un sueño recurrente. Decido dejar que el texto del sueño me brote de nuevo. Y lo transcribo, y lo comparto ahora mismo:

    “–Me desperté, bebí el agua que nos nace y alumbra, salté de la cama, respiré hondo, muy hondo y comprobé que el nuevo aire estaba. ¡Buendía, aire!

Salí a la terraza que compensa el extrañado patio de mi niñez; alcé la mirada y ¡huija! comprobé que el sol también estaba. ¡Buendía, sol!

   Con la constancia de que el aire y del sol proseguían, recé. Mi manera de rezar ya no quiere valerse de plegarias institucionalizadas, aprendidas de memoria y dichas con la penosa comodidad del hábito Mi rezo consiste en pronunciar unas cuantas palabras que son los nombres de ese puñadito de seres primordiales con los que comparto los días y las noches; seres que me contienen y alientan mientras pugno y pujo tratando de que la famosa Vida sea algo más que “una herida absurda”.

    Continúo. Así es: me desperté, bebí el agua primordial, salté de la cama, salí a la terraza, respiré muy hondo, constaté la presencia del aire y el sol, recé los nombres que me son talismanes y me dispuse por fin a izar mi bandera. Recién ahí me di cuenta que en mi casa no había mástil; no me desanimé por eso. Recordé que si uno lo desea, uno se vuelve mástil, es mástil.

   ¿Y la bandera? ¿Qué bandera izar para comenzar este día único?

   Rápido, urgente, tenía que encontrar una bandera. Empecé a buscarla revisando los pliegues del aire nuevo de la mañana. Miré al norte y mire al sur, miré el este y miré al oeste.

  “Bandera, ¿dónde estás?” –pregunté en voz alta.

   El aire –más que brisa, casi viento–, me lamió los pómulos y la mirada.

Ahí comprendí que la bandera era ese aire que me estaba lamiendo. Y a la bandera la empecé a izar con la fruición de la lentitud… Elevando la bandera del aire supe, sentí corazón adentro, que la patria es nada más y nada menos que el mundo entero. Y que el mundo entero cabe en una arena que flota en la desmesura ilimitada del cosmos.

   Como nunca antes, sentí que los mapas y las fronteras son un invento de la civilización para justificar la lucrativa barbarie de sus guerras, de sus misiles, de sus genocidios preventivos. (Cada 4 segundos muere una persona. De hambre muere. Nada más y nada menos.)

   De pronto, una voz proveniente de la ventana de un edificio cercano me gritó: “¡Pacifista pelotudo!”

   Me ofendí. Crispación del par de amígdalas que ya sabemos. Reaccioné. Sin ánimo de insultarle la madre, simplemente le grité: “¡La madre que te parió!”

   El tipo de la lejana ventana se dio cuenta que yo no tenía nada de pacifista y concentró su agresión a una sola palabra: “¡Pelotudo!”   

   A esta altura del intercambio enmudecí. La verdad, es que me dejó sin palabras con su síntesis. Enseguida el tipo de la ventana distante  desapareció de la escena; se esfumó, triunfante.

   Yo me quedé sumido en el silencio, abatido, ganado por el desánimo. Y empecé a arriar la bandera del aire. Muy lentamente. En ese momento fue cuando sentí que la bandera era una piel que me rozaba los pómulos. Me detuve. No sé si pasó uno minuto o si pasaron tres, cinco minutos.

   En voz alta me ordené alzar otra vez la bandera del aire. La llevé alta, bien arriba a esa bandera. Y otra vez corazón adentro sentí que el mundo entero es una patria. Una patria no más grande que una arenita que navega en el vasto Sahara del sumo cosmos.

   Después, como cada día, me vestí de ciudadano, desayuné a las corridas, me dispuse a la vereda. No había caminado un par de cuadras y ya me había olvidado de lo primordial: que el mundo entero es una patria. Y que los países y las fronteras son un cruel invento de la civilización para justificar la irrefrenable barbarie de sus guerras, de sus misiles y de sus genocidios preventivos, de sus torturas ahora nombradas como “interrogatorios exigentes”, de sus muertes cada cuatro segundos, por hambre. Nada más que por hambre. Y nada menos

   Entrada la noche, cuando volví a mi casa, recordé lo que había olvidado en cuando asumí la vana urgencia de la vereda. Noté como nunca que mi casa tenía olor a casa, es decir, olor a pan… Entonces salí a la terraza, respiré hondo, necesitaba comprobar que el aire seguía estando. Alcé la mirada y comprobé que también la luna estaba colgada en su sitio.

   Con la certeza del aire y de la luna, otra vez recé a mi manera, pronuncié mis palabras talismanes, y como mástil no tenía yo otra vez me hice mástil. A la bandera del aire la fui alzando, lentamente, hasta que pude sentir otra vez que el mundo entero era una patria. Una patria del tamaño de una arenita flotando sola y solita en el desmesurado, en el hondísimo mar del cosmos.

   ¿Del mar o de la mar? Damas y caballeros, resignemos el patriarcado. Convengamos; muy adentro, muy hondo del mar anida la mar. Lo hembra no quita lo valiente.

   No sé por qué se me llenaron los ojos de lágrimas, no sé. Tal vez todo se debía a la insistente, porfiada, pertinaz, terca ¡primavera! Algún poeta traspapelado escribió que “no hay nada que hacerle con la primavera”. Imposible resistirse a ella cuando hace flamear los misterios de su pollera. Y tenía razón el poeta: no hay nada que hacerle…

 

Posdata   Cuando escribí aquella columna que soñé textualmente, sentí la urgente necesidad de encontrar un sinónimo de “primavera”. Por aquellos días las Abuelas de Plaza de Mayo habían encontrado otro nieto robado al nacer por los hacedores de muerte, en 1976. Robado, de cuajo, desde la placenta. En aquel momento íbamos por el nieto o nieta número 37. Lo encontraron, pero al día siguiente fueron por más: siguieron buscando buscando y así llegaron a los actuales 130 nietos recuperados. Es decir: re-nacidos.

   Se me dirá con vehemencia: ¿Y qué carajo tendrá que ver esto con la primavera?

   Todo lo relacionado con la siembra de Vida tiene que ver con la bendita primavera. Las Madres Abuelas son tenaces parteras de la memoria. Y precisamente por eso ellas son sinónimo encarnado de primavera. Cualquier día de estos nos avisarán que han alumbrado otro nieto más. Y con eso conseguirán, más allá de los mandatos del almanaque, otro día de la primavera en el mes menos pensado del galopante año.

  A la vista está: no tenemos que hacer el menor esfuerzo para asociar la palabra primavera a las abuelas. Son sinónimos. Observémoslas y aprendamos de estas ternuras de acero. Son tan, pero tan porfiadas que la mayoría viene cruzando el umbral de los 90 años y muchas ya rumbean hacia los cien de sus edades. Claro, viven tanto y tanto porque tienen que mucho que hacer. Tienen que seguir buscando, buscando sin feriados. Que seguir re-pariendo vida. Que seguir dándole vuelta los bolsillos a la muerte. En fin, tienen que seguir justificando esta y todas las primaveras que, pese a quien pese, nos vendrán.

  ¡Honra y loor por estos seres que, cada día con su cada noche, nos enseñan que la memoria ¡es la forma más ardua de la esperanza!

   Recordemos: esperanza, sinónimo de primavera. Primavera, sinónimo de Madres Abuelas.

   Una pregunta urgente: ¿Qué estamos esperando para brindar con el luminoso vino oscuro, ¡brindar por estas tenaces porfiadas incesantes eternas preciosas viejitas casi centenarias!? ¿Qué estamos esperando para tomar conciencia de que el (neo)liberalismo (que encareta a las ultraderechas) es incompatible con la primavera?

     Mientras bebemos conciencia tengamos bien presente que ellas, las porfiadas memoriosas, para ser parteras de sus nietos no arrojaron una sola piedra, ni alzaron un solo revólver, ni gastaron una sola bala. Aprendamos antes de que sea demasiado tarde.  Es tiempo de que los encarnizados odiantes que nos desvelan aprendan de estas preciosas viejas locas. Y que se metan las picanas y las armas y los calibres y la lengua en el oscuro bolsillito de atrás.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.