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La otra madre Theresa. Pulseada con una flor de monja

Aparte de la madre Teresa de Calcuta, hay otra de creciente fama. La entrevisté hace ya más de veinte años; después le dediqué un capítulo en mi libro “En qué creen los que SÍ creen” (Aguilar, 2001) Tanto como para tener un resuello del Mundial, comparto enseguida fragmentos de aquel texto.

26/11/2022 22:11

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

 

   “Le dicen ´la otra madre Teresa´. Nació en Cabo Verde, África. No tiene hijos de su vientre pero le da de comer, en 22 comedores, a más de 1500 chicos nacidos de vientres excluidos. Para verla y creerla hay que ir hasta San Marcos Sierras, en Córdoba. Allí, en barrios bravos, no sólo da de comer, alfabetiza, enseña oficios, es decir: multiplica los otros panes esenciales. Reiterádamente premiada internacionalmente, en 1998 fue elegida Mujer del Año en la Argentina. Desde entonces le auguran el Nobel de la Paz. Para conversar con ella hay que arremangarse, y sudar la gota gorda. Tal cual, esto dicho sin ánimo de metáfora.

   Año 2000, diciembre. Aquí estoy con Theresa Varela: monja menuda de porte, pero fornida y cadenciosa. Mi intención es observarla unas horas y después entrevistarla. Mi plan se va al diablo. Para esa charla tendré que fatigar mi cuerpo casi dos días, hasta sentir olor a mí. Al segundo día me encuentro hombreando bolsas de papas. Y aquí ya tenemos una clave de Theresa: es contagiosa. Si dirigiera la selección de fútbol, podría ganar los partidos con 8 jugadores porque haría que cada uno juegue por 2, es decir, jugaría con 16.

   A propósito: hace algunos años estuvieron por estas sierras el entonces técnico de Boca,  Carlos Bianchi y periodista Jorge Guinzburg. ¿Por qué? Porque la Hermana Theresa consiguió que le donaran un terreno de ocho hectáreas. En él, pronto funcionaría un polideportivo, consultorios, quincho educativo, escuela de oficios…

    Comparto el almuerzo en la Fundación. Theresa pide aceite de oliva y ajo. En un castellano eficaz cuenta que hace años la invitaron a comer un “puchero a la gallina choreada. No sabía que chorear significa un bien, casi siempre mal habido”. Pide más ajo. Explica sus razones. Cuenta que el ajo le salvó la vida: internada en Brasil, a punto de ser operada por un cáncer, se escapó a la Argentina. Alguien le recetó “tres dientes en ayunas. Desde entonces cada mañana, oración y tres ajos.”

   Concluye el almuerzo bajo la brisa del ajo. Enseguida veo que el llavero de Theresa tiene los colores de Ríver. Me extraña y se lo digo: “¿Cómo es posible que usted sea de Ríver cuando sus donantes son de Vélez y de Boca?” Me explica con convicción: “Cuando llegué a la Argentina mis amigos eran de Ríver. Me gustaron los colores, la franja roja cruzando el pecho. Y ya no cambié esos colores… ¿Sabes, Rodolfo? Una puede cambiar de idioma, de sexo, de nacionalidad, de color de pelo, hasta de religión… pero a los colores de tu club no los puede cambiar jamás”. (En la película El Secreto de sus ojos, de Saccheri y Campanella, el personaje que encarnó Guillermo Franchella usó esa frase. Pero sin citar a la verdadera autora. En fin: digamos que se le cayeron las comillas. Suele pasar…)

    Caminamos por el galpón de la Fundación. Momento para pedirle que nos sentemos un rato, para el reportaje. Me dice mientras camina: “Ya hablaremos. Ahora, tenemos que descargar la Trafic”. No tengo más remedio, me ofrezco: “Hermana, ¿le doy una mano?” Me responde: “Rodolfo, ¿y si me das las dos? ¿Es justo que pongas a trabajar a una mano mientras la otra se rasca?” Una hora después, mientras ella maneja con destreza por la ruta 38, le digo con franqueza:

–Theresa: Usted siempre consigue lo que quiere.

–Lo consigue mi fe. ¿Qué era lo que movía la fe?

–Montañas, dicen.

–Montañas y montes. ¿Ves ese terreno recién desmontado? Todavía es monte. Conseguí, con fe, que me lo donaran. Hoy es nada, mañana es mucho, todo es Dios.

–Nombra a Dios como algo tangible.

–¿Qué quiere decir tangible?

–Quiere decir palpable. Nombra a Dios como si pudiera tocarlo.

–Eso exactamente es lo que me pasa. ¿Y a vos qué te pasa con Él?

–¿Tiene alguna importancia lo que a mí me pasa?

–La tiene. Eres uno y todos somos ese uno. Rodolfo, ¿qué te pasa con Él?

–Theresa, por cada día que creo en Dios paso meses, sin poder creer.

–A veces Dios es esa lucha que acaba.

–Hay millones que naufragan en el absurdo del hambre. Dios ¿dónde está?

–Sí, hambre hay. Cómo negarlo. Pero Dios no desapareció, está, se ha traspapelado. ¿Cómo puede vivir uno en la gordura y en la pompa mientras tantos viven hundidos en la total miseria? ¿Cómo es esto de que unos pocos tengan tanto a partir de la miseria de millones? No se debe crecer sobre los despojos del otro. Te digo… Dios es todo.  Hay que orar.

–¿Con qué oraciones?

–Basta con conversar con un ser superior. Llámalo Dios, Alá, Sol. Dios nos ama a todos, sin distinción de religión. Cuando a Dios se lo limita deja de serlo.

–¿Hay algún hecho determinante en su vocación?

–El casamiento de una amiga. Se decía que a quien le caía encima la corona de la novia se casaba ese año. La corona cayó sobre mí y un sacerdote me dijo: “Tú no te casarás. Serás monja”. Grité “¡nooo!” La palabra del cura me cayó como pedrada.

–¿Alcanzó a tener novio?

–Pero sííí, tenía mi novio. Cómo que no. Era un primo, Filomeno. Pensaba casarme, me atraía la maternidad.

–¿Siente frustración por haber renunciado a Filomeno?

–No, soy madre de cientos de chicos. Me casé con Dios.

–A un agnóstico, a un ateo, ¿qué le diría?

–A alguien así lo tuve en mi familia: era otro primo, Theo se llamaba. Un día me preguntó a quemarropa: “¿Quién es Dios?” Y a quemarropa le pregunté: “¿Quién sos vos?” Y me dijo: “Pues, yo soy yo.” Y yo le dije: “Bueno, Theo, Dios es Dios.” Y Theo siguió: “Pero necesito saber la esencia de Dios”. Y yo le dije: “Cuando encuentres tu propia esencia encontrarás la esencia de Dios.”

–Theresa, ¿puede explicar qué pasa con la fe de aquellos que están condenados por el hambre?

–Siempre me pregunto: ¿Qué no hice para que esta gente esté como está? Pero aparte de interrogarme, no apunto con el dedo índice: hago. No señalemos, no apuntemos: hagamos. Diariamente yo voy a barrios donde dicen que no se puede entrar. Busco al hambriento, al analfabeto, busco al chorro. Me importa el chorro sumido en la pobreza, no el chorro de traje y corbata… Hay que entrar en las villas y ver: allí hay gente muy buena aunque sean chorros, arrebatadores. Todo niño cuando nace, nace lindo y es bueno. Todo el mundo tiene su niño. El hambre desesperante no nos deja verlos… Sabes, el mal es contagioso, pero el bien también lo es. Mi madre decía: “Haz el bien, bien hecho. Porque el bien mal hecho es un mal bien hecho.” ¿Ejemplo? Nosotros damos de comer. Si hacemos sólo eso, hacemos el bien mal hecho… Decíme, Rodolfo, ¿todavía quieres encontrar a Dios?

–No estaría mal. Podría ser.

–Te paso el dato: Dios anda al lado, no adelante, porque no podrías alcanzarlo. Y no va atrás, porque no lo verías. Dios camina al lado, siempre. Cuando encuentres a Dios aprenderás de inmediato que lo bueno compartido se multiplica. Que lo malo compartido se divide.

 

 

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.