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La Negra nuestra, pachamama de la canción, celebra sus 87 años de edad así: cantando

Cuando uno es agnóstico busca, hasta que encuentra, maneras sustituyentes para consolarse ante las ausencias de los seres queridos. Por eso, cuando sucede una “partida” de ser querido, digo: “Se fue a respirar de otra manera”.

11/07/2022 10:44

Joder, la muerte no siempre se sale con la suya. Mercedes Sosa, la Negra, por ejemplo, sigue palpitando entre nosotros. Este 9 de julio ha cumplido los 87 años de su edad. El presente cumpleaños también se celebra con la presentación del primer disco, “Matuseando”, de Araceli Matus, la hija de su hijo Fabián Matus, la nieta de Mercedes. Alguien anduvo preguntando cómo canta Araceli. Otro alguien les respondió, rotundo: “Llevando sangre de la Negra en las venas, es imposible que Araceli Matus no cante como los dioses y las diosas mandan”.

     Basta con pronunciar el nombre de la pachamama de la canción para que el oleaje de los aires nos traiga el semblante y el pulso de su hondísima voz. Ahora mismo la estamos escuchando, y la estamos sintiendo. Pronto, exhaustos de adjetivos, exclamamos: “¡Qué la parió la Negra!” Y con eso estamos preguntándonos quién la parió. La madre que parió a semejante voz se llamaba Ema del Carmen Sosa.

    Así es: estamos de cumpleaños porque nuestra Negra Mayor nació el 9 de julio de 1935. Para siempre nació. Nuevamente elijo hablar sobre quien fue la autora de la sangre de Mercedes. Fue una prodigiosa mujer, sin universidad sin colegio sin escuela. En la biografía MERCEDES SOSA / LA NEGRA, que escribí sobre la cantante cantora, a doña Ema (ella por entonces tenía 88 años) le dediqué un capítulo. La fecha del 87º cumpleaños es propicia para recuperar párrafos de aquel encuentro. Fue en la cocina de la casa de la Negra en Buenos Aires. Mientras conversábamos, en el aire flameaba el aroma de un lento locro y de las empanadas inventadas por sus manos. Atención, escuchemos a doña Ema; estamos apoyados en la mesa con restos harina:

– “Yo sé de cocina, pero hay platos modernos que no sé hacer. Es que en estos tiempos los hacen muy rápido. Claro, las pobres mujeres trabajando afuera no ven la hora de volver para ver a sus hijos. Antes, yo a los chicos los mandaba al colegio, después hacía las cosas de la casa, y mientras tanto se iba haciendo el puchero. Empezaba a las nueve y media, a las doce y media estaba para servir. ¡Y qué puchero salía! Todo era tan lindo aun en la pobreza. Ya uno se sentía feliz al poner la mesa…

–¿Qué recuerda de sus padres, doña Ema?

–Ella se llamaba Genoveva Toledo de Girón y él Miguel Girón.

–¿A qué se dedicaba su papá?

–De ese hombre yo no quiero hablar… Él se fue el 12 de abril y yo nací el 14 de mayo. No lo conocí. Fui criada por unos tíos, yo le decía papá a mi tío… Miguel Girón me trajo y se fue. ¿Para qué me trajo si me iba abandonar? Pero no debo quejarme: después fui muy feliz con mi marido, a pesar de la situación precaria.

–Cuénteme: ¿por qué a Mercedes usted le dice Marta?

–Ella fue anotada Haydé Mercedes, pero yo quería ponerle Marta. Y en casa así la sigo llamando. Sabe, yo quería ponerle también Julia Argentina, porque nació el 9 de julio. Pero bueno, no todo sale como uno lo pide. Lo grato es que mi Marta nació bien sanita. Lo recuerdo patente: eran las tres menos cuarto de la mañana. La tuve en el hospital porque me habían dicho que venía muy grande. Gorda y tan linda…

–A Mercedes la imagino muy rebelde de chica.

–Nooo, por favor. Eso sí, no era muy estudiosa que digamos. Andaba mejor en gimnasia, canto y música. A los seis años se envolvía con el mosquitero y se hacía la bailarina española. Más le digo: la Marta, si no hubiera sido cantora hubiera sido pintora. Hacía dibujos hermosos, mano de artista tenía. Y yo no quería que cante.

–Usted no quería, pero...

–Mire, cuando Mercedes tenía doce años ¿doce o catorce?... se presentó a un concurso en la LV12. Después vino mi marido y me dijo que había un concurso por la radio, y que había una chica con muy buena voz… “ya va a empezar, pongamos la radio”. Y la presentan y canta “Estoy triste”, de Margarita Palacios. Yo hablo encima para disimular, mi marido me dice: “¿Ésa no es la nena?”. Resulta que ganó ella. Y a los tres días nos cae el director de la radio y yo me enojo mucho y ella me dice asustada: “Lo hice por jugar… la profesora de música me dijo que me presente.” A mí eso de cantar no me gustaba nada nada nada.

–¿Nada?

–Nada. Porque había que hacerlo afuera de la casa.

–Doña Ema, ¿ni un poco le gustaba?

–No no no. Porque siendo una artista yo la pierdo a mi hija. ¿Cada cuánto la voy a ver?

–Un poquito egoísta usted.

–Algo sí, le acepto.

–El caso es que su Marta, Mercedes Sosa, triunfó y es adorada por multitudes de todo el mundo.

–Lo que usted quiera. Pero ella sufre.

–Hoy, ¿volvería a no querer que Mercedes cante?

–Sí, volvería a querer eso. Porque es mucho sufrimiento el que ha tenido mi hija.

–Entonces, ¿usted cambiaría todo lo que es Mercedes en el mundo por una vida entera de ella metida en una casa?

–El dinero tiene valor. Pero lo moral tiene más. Le repito: la Marta es buena hija y buena hermana, pero yo veo que sufre mucho. ¿Qué son los aplausos? Duran lo que duran... Sé que muchos la quieren, pero yo la quiero más que todos. No me gusta la frivolidad, la fantasía. Los aplausos quedan para el público, pero yo como madre sólo quiero que la Marta no sufra. Y ella sufre cuando se va; cuando está lejos mucho sufre.

–¿Y qué pasa con usted cuando la escucha cantar?

–Lloro. Pero tengo remedio para mi sufrimiento y el de ella: le hago de comer.

–¿Cuál es el secreto de ese locro que en un rato vamos a comer?

–Si al locro usted no le regala paciencia, que nadie se ponga a hacer el locro.

–La Negra me contó que tras su enfermedad recién cuando volvió a comer sus empanadas le volvieron las ganas de vivir.

–¿Vio lo que le dije? La Marta estuvo muuuy mal. A mí no me dejaron verla, hasta que la vi por tevé en lo de la señora Mirta Legrand... ayyy, qué terrible, tuvieron que llamar un médico para mí. Fíjese si se me muere la Marta.

–Difícil ser madre.

–Difícil. A una madre verdadera no le importan las vanidades del mundo.

–¿Ser madre es sólo sufrimiento o algo de felicidad?

–Todo junto… A mis hijos les enseñé que cuando vean a alguien que cometió robo no digan ése es ladrón. No. Digan pobre hombre que tiene que sufrir tantas cosas. Matar no es necesario para vivir. Robar, a veces sí. Si una madre ve que su hijo necesita un pan, entonces roba para darle a ese hijo. Y lo hace en la ley. La ley de ser madre… Hemos hablado suficiente ya ¿no? Vamos a comer locro y empanadas con la Marta. Ella come poco últimamente, eso me preocupa.

–Pero antes dígame: doña Ema, ¿seguro que aún hoy sigue sin querer que su Marta cante?

–Lo que le dije. Si ella no anduviera por ahí cantando no sufriría tanto. ¿Qué importa que cante tan lindo y que la gente la aplauda? ¿Qué madre puede querer que su hijo sufra? La Marta sufre. Y he notado que come muy poco.

    Posdata.  Los ídolos también tienen madre. Para las madres de los ídolos, ellos no son ídolos, son sus hijos. Esas madres están más allá del aplauso, porque están más acá. Al aplauso tarde o temprano se lo lleva el viento. Se lo llevó.

Pero la madre estaba antes que el viento. Y estará después.

    Algo más. Estamos celebrando los 87 años de la Negra. Le decimos a doña Ema que nos perdone por tantas preguntas impertinentes. Ella me mira por el rabillo, cabecea, concluye con el repulgue de una empanada. Marta, Mercedes, nuestra Negra, está cantando. Es noche cerrada. Pero parece pleno día. Sucede que el sol, contrariando sus horarios, ha bajado a escucharla.  

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.