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El Jorge Sosa, el siempre enamorado. Habitador ilustre de Mendoza

Está. Cuento chino que partió sin retorno. Claro que está. Sucede. Nos sucede. No caigamos en la tentación de darle la razón a la muerte. Tengamos a bien descartar absolutamente la jodida frase “Un año sin Jorge Sosa”.

04/08/2022 11:12

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Al Jorge no le hubiera gustado, en realidad no le gusta (“gustar” en tiempo bien presente) que incurramos en la nostalgia mocosa, No no y no, no convalidemos los guadañazos impiadosos de la mentada muerte. Si alguien como el Jorge nació, no iba a ser para morirse de un día para el otro, de la noche a la mañana.

   Precisamente porque está, porque nos sucede es que los eventuales lectores deberán aceptarme que hable en tiempo presente. Acudo entonces a lo que escribí cuando él decidió invitarme a su nombramiento de Ciudadano Ilustre de Mendoza. Entonces dije y ahora digo calcando y recalcando: ¿Cómo es posible que en la provincia de Santa Fe hayan dejado ir a un habitante como Jorge Luis Sosa? ¿Cómo es posible que el muy famoso y admirado Sosa, siendo un crisol, haya ido a parar a Mendoza, para siempre. Digo “crisol” por las múltiples actividades que desde hace años despliega. Un tipo así de diverso en sus dones no se consigue todas las décadas. Ahora que la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza lo ha declarado, por fin, Ciudadano Ilustre, uno advierte que el mentado Sosa, siempre brillante, es periodista, es actor, es cantante, es monologuista, es hacedor de minibiografías, es escritor, es poeta, es letrista multiplicado por las canciones, es contador de la historia, hasta alguna vez fue director de la emblemática revista Billiken; hace con igual destreza periodismo gráfico, radial y televisivo. Estamos hablando de un desaforado hacedor, de una especie de Da Vinci que fuma y fuma y fuma enhebrando un cigarrillo detrás del otro.

   Entonces, otra vez: ¿cómo es posible que los santafecinos lo hayan dejado ir? El caso es que Mendoza desde hace años se viene beneficiando a rajacincha como consecuencia de este garrafal descuido de los santafecinos.

Pienso –como tantos– que al Jorge Sosa le hubiera alcanzado con ser autor de la poesía anidada en una sola canción, “Otoño en Mendoza”, para justificar su paso por estas viñas y asfaltos del Señor. Tan sólo con las sílabas musicalizadas por Damián Sánchez el Jorge cumplió el tremendo mandato de tener hijo, plantar árbol y escribir libro.

    Nos cuenta la leyenda que el Jorge vino a Mendoza a estudiar ingeniería en petróleo. Ma´que petróleo ni petróleo. Siempre deberemos celebrar su claudicación vocacional. ¡Qué suerte que el estudiante de ingeniería haya desistido, fracasado en su intento! Suerte para la poesía, suerte para el periodismo, suerte para el escenario, suerte para el humor que brota en risas y sonrisas reflexivas.

   Detengámonos un momento en el Sosa humorista. El Jorge, nuestro Jorge, no se quedó estacionado en la comodidad del chistoso fácil. Valerse sólo del chiste, aunque se haga reír, no tiene gracia. En todo caso, la del mero chiste, es una gracia efectista, efímera. Conviene recordar que la diferencia entre chiste y humor, es la misma que hay entre ruido y sonido, entre hinchazón y músculo, entre chatura y nivel del mar. La aguda María Elena Walsh solía decir que no es lo mismo ser profundo que haberse caído a un pozo.

   Esta diferencia esencial que hay entre el chiste y el humor nos viene muy al caso. Porque el Jorge Sosa, hábil como es, tranquilamente se pudo haber acuclillado en la risa conseguida meta fabricar chistes. Por suerte no se conformó, no se quedó encallado en las facilidades del chistoso fácil, y se arrojó a la aventura prodigiosa de ser un humorista. Cuando decimos humorista estamos diciendo radiógrafo de nuestras virtudes y defectos, de nuestros sueños y de nuestras mañas. El chistoso tiene patas cortas. El humorista en cambio alumbra, revela, modifica, hasta provoca reflexión. El chistoso sólo busca el efecto y la risa sin compromiso. El humorista penetra en nuestras vidas, nos provoca y sacude, nos hace mirarnos y nos hace ver lo que tenemos más acá de nuestras narices. No sólo eso: nos incomoda, y mientras más nos incomoda más nos alumbra. El humorista es eso, un radiógrafo, el chistoso es un güevón a veces patético, insoportable. 

    Nuestro ilustre Jorge Sosa, por años que son décadas, nos hace sonreír y reír. Y esto, para los mendocinos habitantes del Oeste del paraíso, tiene un valor inconmensurable. Bien sabemos que Mendoza es un vergel hecho a pulso, inventado sobre un arduo desierto de piedras. Aquí la pulseada con el agua viene siendo crucial cuestión de vida o muerte. Soy del parecer que cada sonrisa, que cada risa conseguida a través de la lucidez del humor, equivale a un vasito de agua. Vasito de agua para calmar la sed en pleno desierto. 

   Esta es la realidad: ¿cuántos cientos, cuántos miles, cuántos cientos de miles de vasitos de agua haciéndonos reír o sonreír nos ha dado el Jorge Sosa? ¿Cuántos litros de agua expandió por el desierto insolado de nuestras rutinas?
   Intentemos hacer la cuenta: si cada sonrisa o risa conseguida es un vaso de agua, las miles, las cientos de miles de sonrisas y risas desatadas por su humor constituyen miles de litros de agua.

   Quiero decir que el Jorge Sosa es una acequia prodigiosa, nos riega y riega y no deja de regarnos ese desierto que no cesa, que no amina. Por esto afirmo que el del Jorge Sosa es un humorismo hídrico. Estamos ante un humorista ecológico.

    Propongo y reitero: tomemos conciencia, sumemos por favor cada sonrisa o cada risa, cada vaso de agua. Tantos y tantos vasos de esa agüita conseguida con el humor del Jorge Sosa nos están ayudando a doblegar este desierto de rutinas y paranoias auspiciadas por el incansable zonda de los medios (no siempre) de comunicación.

    A propósito de la tan merecida consagración como Ciudadano Ilustre, estoy seguro que hay alguien que hubiese querido estar en este acontecimiento, para abrazar inmensamente a nuestro Jorge Sosa. Ese “alguien” es nuestra hermana mayor, nuestra siempre pachamama de la canción, nuestra Mercedes. (Si le prestamos atención, si deletreamos el semblante de este aire, ahora veremos cómo la Negra le está dando ese abrazo, inmenso. Lo abraza al Jorge por la gracia de su gracia y porque nos avisó que no es lo mismo el otoño, cuando el otoño sucede en Mendoza.)

    Posdata:  –Venga Jorge, hágase cargo del afecto y de la admiración que le tenemos. Usted habrá nacido lejos de la montaña, pero hace rato que se recibió de mendocino. Es menduco desde los tobillos a la mollera. Con este abrazo, con este, lo estamos celebrando. Y dígale a sus ojos, siempre asombrados, que ni se les ocurra ponerse a soltar lágrimas.

   Pero ma´sí; si ahora usted quiere llorar en voz alta, como hacen las criaturas, déle, métale. Al fin y al cabo llorar vale la pena, porque tarde o temprano valdrá la alegría. “Compañero del alma”, ahí va este abrazo, de los que duelen. Y ahí va, Jorge, este besito en su incansable y prodigiosa mollera. Porque usted está. Cuento chino que partió sin retorno. Claro que está. Sucede. Nos sucede. No no no, no vamos a caer en la tentación de darle la razón a la muerte. Ni ahí. Simplemente, hace un año ya que usted respira de otra manera. Ultimamente más que Ciudadano ilustre, usted Jorge Sosa, incurablemente enamorado de esta tierra zurcida por las acequias, de tan enamorado se ha convertido en habitante, en habitador Ilustre. Porque justamente usted nos enseñó y por usted sabemos que las estaciones del año son 4 (cuatro), a saber: el otoño, el otoño, el otoño y el otoño. De otoño somos. Así en la tierra como en la Tierra.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.