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El Día del más ecuménico, del más eterno de los goles habidos y por haber

Hay eternidades que duran un rato, hay eternidades que duran un leve ratito. A los argentinos nos apetecen las desmesuras, las eternidades eternas. Además de haber sido educados para creernos los mejores del mundo, germinamos personajes que de vez en cuando conmueven a medio mundo y a la otra mitad también. Sin ir más lejos, un tal Maradona, un tal Borges.

29/06/2022 14:36


Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

A propósito del eterno Diego, concelebramos el 22 de junio de 1986. Mediante un decreto de necesidad y urgencia, con pecado concebido por su prodigioso organismo zurdo, Maradona nos inventaba para siempre el Día del Gol. Ese día el planeta se sacudió de polo a polo, porque a las 16 horas y 9 minutos el Diego consumó el gol de los goles, el más imposible entre los que recuerda la historia de la humanidad. Entonces la letra “o” se desgarró, se hernió; los argentinos nos infartamos por una felicidad insoportable; la humanidad entera, succionada por los televisores, fue atravesada por el estupor. De aquel milagro –milagro absolutamente terrenal–, se están cumpliendo 36 años.

    Con el debido permiso, voy a reanudar palabras vertidas en esta columna a lo largo de casi dos décadas: Para los argentinos la palabra “junio” tiene sabor a congoja y a felicidad. Por la capitulación en Malvinas y por el eterno gol de Maradona. Por tantos nacimientos y tantas muertes: desde Fangio a Gardel, pasando por Messi, Riquelme, Leloir, Sábato.

   No puedo evitar la autoreferencia: en mi libro De futbol somos (editorial Sudamericana, 2001) escribí que el fútbol es una patria más intensa que la patria misma. En más de una entrevista me pidieron, hasta con enojo, que fundamentara semejante opinión. No me costó nada; dije, como tantas veces, que bastaba con observar la cantidad de banderas mostradas en nuestros recientes 20 de junio. Qué notable la ausencia de banderas domiciliarias. Nada que ver con el aluvión de banderas que inundan nuestras calles en los Mundiales de futbol. A propósito de banderas y de patria se nos pasó de largo el aniversario de la rendición en la desguerra. Sin embargo recordamos con fruición, a rajacincha, el gol absoluto de Maradona a los ingleses.       

   A la vista está: el futbol espeja nuestras virtudes y nuestros defectos. Nuestras mañas y nuestros complejos. Aquél gol sirvió para alzarnos la autoestima y, de algún modo, para vengarnos, para encontrar una especie de justicia ante el histórico despojo territorial.

    El caso es que estos 36 años se nos han escurrido como si fuesen 36 días. Retomo algunas reflexiones y, al final, entrego un relato ficcionado. Por empezar, una pregunta, para poner en remojo: ¿Qué humano, cultísimo o analfabeto, puede soportar la carga de ser el más famoso del planeta?

    Hace casi 20 años me despertó un grito en la madrugada. El grito salía de mí, soñando, y se traducía en una palabra acuñada por la poesía oral de Víctor Hugo Morales: diegoooool. Ahí nomás, en ayunas, anoté la trama de un cuento que se llamaría, no el Arca,  sino “El arco de Noé”. Entonces fue cuando pensé: si existe el Día de la madre, del padre, del niño, de la bandera, de la Tierra, ¿cómo es posible que no exista el Día del Gol? Justamente ese día debiera ser el 22 de junio. Porque en el 1986 después de Cristo, en México, Maradona les hizo a los tan amados ingleses el gol ilegal más alevoso y el gol imposible más prodigioso. Aunque todas las opiniones merecen respeto, cuesta aceptar que la desguerra no influyera, como compensación, en la gesta deportiva. ¡Vaya si influyó! Con un combustible secreto Maradona hizo, para nosotros y para el mundo entero, aquel gol imposible.

    La idea del Día del gol siguió semillándose en otros relatos, en un guión de cine y en cuentos que están en mis libros “De fútbol somos” y “Perfume de gol”. Y en otro libro más, que espera editor.

   ¿Acaso Maradona es una adicción? Pienso que, además de adicción puede ser un espejo formidable, una flor de herramienta para conocernos mejor. ¿Exagero? No creo. Nadie como el Diego nos sacó la careta, tan de cuajo. Los sonoros defectos y virtudes de Maradona sirven para revelar defectos y virtudes, taras y manías, incoherencias, complejos de superioridad que ocultan los de inferioridad de ésta, nuestra sociedad, tan sembrada por los medios y el periodismo estelar para el triunfalismo y para el derrotismo; tan sembrada por euforias que nos presagian porrazos, es decir, depresiones al revés.

   Así fue, así es: hace 36 años Maradona nos abismó en el éxtasis. Perdimos el conocimiento y el control de esfínteres de los adjetivos. Nos sentimos, como nunca jamás, los mejores del mundo. Quedaba demostrado que Dios ¡viejo y peludo! era argentino. (“Argentino hasta que Dios pierde la paciencia”, como dijo alguna vez el cura Leonardo Castellani).

   Pero más allá de la euforia había algo: aquel gol único Maradona lo hizo porque a su supremo talento le metió meses de sudor y sed de justicia. Rara conjunción: genio + sudor + sed de justicia.

   Hay tanto para agradecerle a Maradona... Que haya espejado nuestra apetencia por tocar fondo y nuestra mentada capacidad de recuperación. ¿Cuántas veces como país, igual que Diego, cometimos enormes goles ilegales y conseguimos asombrosos goles imposibles? ¿Cuántas veces desfondamos el default y a continuación nos mandamos una flor de resucitada?

    Hay más: las agonías y resurrecciones deschavaron nuestro racismo agazapado, subcutáneo. Cuando Maradona se incendiaba –drogas mediante–, muchos escupían relamiendo desprecio: “Pero ¡qué se puede esperar de un villero!” He ahí la demostración de que nuestro racismo, ciclotímico, se permite excepciones cuando el objeto a odiar tiene éxito y/o dinero.

    El Diego, criatura y creatura, nunca pudo ser nadie por un día entero. Por años estuvo condenado a ser, después de Dios, el más famoso. ¿Hay salvación posible para el tan amado, el tan acosado?

    Dos palabras sobre su gol con la mano: muchos que hoy se dicen republicanos y libertarios, sostienen que el alevoso gol ilegal es una muestra del hábito corrupto de los argentinos. Pregunto: ¿Nos vamos a rasgar las vestiduras por ese gol? Por favor, dejémonos de jugar a la decencia. ¿O vamos a negar que consentimos que se fuguen y aniden nuestros dineros en lejanos paraísos fiscales? Después de todo el gol fuera de reglamento fue una suerte de robo a los supremos piratas. Damas y caballeros, lo dicen las escrituras sagradas: meterle la mano en el bolsillo a un opulento banquero merece cien años de perdón. Cien ¿o doscientos?

    La vida de Maradona fue un calvario sembrado de caídas y de resurrecciones. Llegamos a pensar y a sentir que era inmortal. Que en cualquier momento se puede mandar otra resucitada. Más de una vez debimos preguntarnos: qué deseábamos: ¿que se salve o que se hunda? ¿Aceptaríamos que se convirtiera en uno más o preferíamos una gran tragedia con un velatorio épico, de ésos que inflan de orgullo el pecho patrio?

    La pregunta se nos cruza otra vez: ¿Qué humano, sea analfabeto o cultísimo, puede soportar ser el más famoso de la Tierra? ¿Cuándo nos daremos cuenta ¡cuándo! de que ser Maradona inhumanum est? Mientras tomamos conciencia de eso, piedad, piedad para el zurdito.

    Mientras Maradona enhebraba el gol

    Otra vez quiero reverenciar al Día del Gol y retomo para eso unas pocas líneas de un cuento que fue creciendo en dos de mis libros. Aquí va una especie de escueta información del relato:

   Sucede el Junio de 1986: el Mundial de México atrapa al planeta entero. Imaginemos estar en la ciudad de Buenos Aires; ya están jugando Argentina e Inglaterra. Las calles vacías: ni un alma, ni un cuerpo, ni un policía, ni un perro. Estamos ante un inmenso vacío propio de fin del mundo. Nadie en las calles, la pasión del futbol se está bebiendo las miradas de millones de seres vivientes.

   Todos poseídos por los televisores y radios en casas, cafés, restaurantes, hospitales, cárceles. Nada. Nadie. Pero, de pronto, en una vereda urbana, asoman un hombre y una mujer. Ni él ni ella se conocen; llevados por el azar, caminan sin destino. Están atravesados por una tristeza infinita, los dos. Ahora ni sombra hacen sus cuerpos.

    Nada. Nadie. Salvo ella y él, en la ciudad succionada por el crucial partido de fútbol. Ahora él y ella de pronto se descubren. Se miran. / Se dan cuenta de que están absolutamente solos. // Pueden sin riesgo romper la vidriera de esa joyería, o vaciar los estantes de aquella tienda. / Cualquier cosa pueden hacer. Son enteramente libres, no hay ojos alrededor.

   Un detalle: los dos vienen caminando en dirección contraria. Al acercarse no se bajan la mirada. Cuando están frente a frente se detienen. / Se respiran sin tocarse. / Sin decirse palabra se desnudan mutuamente. / Él a ella. Ella a él. /Ahora abrazados, abraSados… se hacen y se deshacen con la impunidad de los animales. Se están gozando a rajacincha, los dos.

   La ciudad, el país entero sigue sumido en los televisores. Porque está brotando el Día del Gol. El día del gol fuera de la ley y el día del gol imposible que rompe el molde y deja sin habla al Hacedor del molde.

   Nadie los ve, a ellos. Ahora están mordiéndose la sed, revolcándose de goce. Están abrochando sus soledades. Nadie podrá verlos a ella y a él. Mientras tanto el Diego sigue urdiendo la sucesiva prodigiosa jugada imposible. En el camino va dejando la tendalada de ingleses, hasta el mismo Shakespeare…

   Ellos, él y ella, mientas la jugada sucede siguen ahí, en la intemperie del mundo, lamiéndose, comiéndose vivos con besos desenfrenados. Es tanta la sed, es tanto el hambre, es tanta la soledad. Mientras sucede Maradona sobre el césped del lejano estadio azteca, ellos siguen abrochados, amasando esas soledades que arrastran por el hecho irreparable de haber nacido.

   Así es: el gol más imposible se está tejiendo, será planetario el orgasmo. Será la secreta venganza de los perdedores, de los desclasados del mundo. Aquí, en el arduo paraíso de la tierra, una mujer y un hombre, que estaban solos, desnudos, se han encontrado, se han anillado. Y el gol estalla ¡por fin! Y ellos, aquí, en la desolada intemperie de la vereda, vuelven a ser Adán y Eva: ni se han preguntado cómo se llaman. Y el gol ya ha sucedido, está sellado en la memoria del aire, para siempre. Y ese gol no dejará, no dejará de sucedernos. Tiene pulso, está latiendo el gol, porque nació para ser así de eterno.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.