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Don Borges medita sobre el misterio de las mujeres, sobre el amor y los caprichos

Uno se pregunta cómo era don Borges, más allá y más acá de su prodigiosa escritura: pude conversar con él, pude escarbar sobre el misterio de la mujeres. En este rato de palabras voy a compartir algunos momentos de esas charlas, que vienen de mi libro Borges-Bioy / Confesiones, confesiones (Sudamericana, 1997).

20/01/2024 21:21

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

 –Borges, ¿le gustaría que hablemos de mujeres?­

–Desde luego. Eso siempre será más interesante que hablar sobre nosotros los hombres; los hombres somos por lo general melancólicos y desconsoladamente aburridos.­

–¿Desde cuándo piensa así?­

–Esto lo sentí especialmente en España, en donde prevalece todavía la tristísima costumbre de reuniones de hombres solos, de tertulias de treinta o cuarenta hombres sin una mujer. Yo venía de Suiza, donde hice mi bachillerato, y lo de España me pareció tan insólito, tan melancólico... me refiero a las famosas peñas madrileñas, al hecho de que se reunieran sólo hombres. Imagínese, desde las doce de la noche a veces hasta el alba, hablando entre ellos, fumando. Qué aburrido, ¡sin una mujer! Porque siempre una mujer da más altura a la conversación.­

–¿Por qué dice eso?­

–Porque la presencia de una sola mujer en una reunión de melancólicos y fumadores impide ciertas groserías, ciertas puerilidades a las que propenden siempre las charlas de los hombres... Aunque, conversando con algunas amigas mías, me dicen que para ellas las reuniones de mujeres son igualmente intolerables. Lo que quiero decir es que en todo diálogo con una mujer, aun en el diálogo digamos... puramente amistoso, ha de intervenir de algún modo lo erótico también. Si no, ¿por qué esa magia especial?­

–Hay con ellas una cosa subterránea.­

–Yo creo que sí. Creo que no nos damos cuenta pero eso existe. El hecho de que haya una mujer en una reunión ya cambia las cosas. El mero hecho, no sé, de entrar a un negocio y que lo atienda a uno una mujer, a la que uno no va a volver a ver nunca en la vida... lo de ver en mi caso es una metáfora, pero no importa... hay algo, algo... como decía Carlos Mastronardi, el ámbito de amor de las mujeres. Con ellas tenemos una mayor hospitalidad, una mayor gracia. Con ellas es otra cosa.­

–¿De manera que las mujeres no le resultan indiferentes?­

–No, ¡todo lo contrario!­

–¿Sabe una cosa, Borges? Aunque usted no lo hubiera confesado, eso se nota.­

–Ah, se nota.­

–Sí, usted no es el mismo cuando hay una mujer cerca. Se vuelve mucho más risueño, juguetón, y he observado que con frecuencia las toma del brazo y se demora haciéndolo.­

–Bueno, no olvide que soy ciego. Los ciegos tenemos tendencia a tomarnos del primer brazo cercano... precisamos guía, sostén, cierta certeza.­

–Sobre todo “cierta certeza”. Sigamos, Borges, con las cosas del querer. ¿Qué pasa en su caso?­

–No soy dado a desplegar hechos íntimos, pero para decirlo con palabras escritas: a todo hombre en su vida una mujer lo ha querido... a todo hombre en su vida una mujer lo ha dejado. Esto pasa siempre, es parte del común destino humano. Contado suena trivial, muy trivial, pero cuando le sucede a uno, como dijo Heyne, puede matarlo.­

–¿A usted le ha pasado?­

–Bueno, que yo sepa también soy un hombre ¿no?­

           ......><......

–Borges, ¿las mujeres a usted le quitan el sueño?­

–Creo que a mí las mujeres me preocupan demasiado, pese a mis años. Pero también creo que eso se podría decir de todos los hombres.­

–¿Qué hacer frente a esa preocupación que no amaina,  ni con los años?­

–Razonablemente deberíamos pensar menos en ellas. Sin embargo, tienen una suerte de magia... Y para qué vamos a prescindir de esa magia ¿no? El hecho de ver, de presentir a una mujer, es siempre un acontecimiento.­

–Usted no ve pero puede oír, tocar, oler... Por último, usted está en condiciones de escribir un poema de amor.­

–Es cierto, he escrito muchos poemas de amor causados por muchas mujeres. Si estaba enamorado me salían uno, dos, tres poemas... si estaba encaprichado escribía muchos poemas.­

–¿Cómo diferencia capricho de amor?­

–Fácil: el capricho me parece mucho más duradero que el amor.­

–¿Usted cree en el amor eterno?­

–Yo creo en el amor eterno, pero a mi modo... Creo que el amor es eterno; mientras dura.­

–Es decir, que hay eternidades que duran tres días, tres meses, tres años… La cuestión, Borges, está en no convertirse en Romeos profesionales.­

–Así es. Cada deslumbramiento es único, cada agonía es única, y es única cada desvelada noche... A veces, dejados por la mujer elegida, sólo nos queda el goce de la agonía, el goce de estar tristes por la mujer que nos falta.

­

    Posdata

    Al fin de cuentas Borges era un hombre como todos los hombres. Pero sabía distinguir, ponerle palabras a los matices de sentimientos eternamente indescifrables. Como cuando escribió eso de: “A veces, dejados por la mujer elegida, sólo nos queda el goce de la agonía, el goce de estar tristes por la mujer que nos falta”.

    (En una próxima columna compartiré lo que me confesó Adolfo Bioy Casares sobre los enamoramientos de su amigo Borges, quien en edad madura se comportaba con el pertinaz encamotamiento de los adolescentes).

 

* zbraceli@gmail.com    ///   www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.