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Alezzo, el maestro de Alcón,Chávez, Bruzzo. Sbaraglia, Marrale, Politti, Aleandro, Kuliok y etcétera

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Alezzo, el maestro de Alcón,Chávez, Bruzzo. Sbaraglia, Marrale, Politti, Aleandro, Kuliok y etcétera

Por estos días no se cumple el aniversario de la muerte, ni del nacimiento de Agustín Alezzo. Pero de pronto, en un tiempo de farabutes y monicacos y pavos reales me brota la reverenda gana de escribir sobre este hombre, el maestro de los mejores actores argentinos del último medio siglo.

07/05/2022 22:05

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

La pregunta se cae por madura: ¿Por qué hemos de esperar los aniversarios con números redondos para revivir a los esenciales? A ver, que alguien explique esa extendida comodidad periodística.

    Reanudo otras columnas. Hay palabras que, de tanto usarlas, ya no tienen pulso ni semblante. Nos pasa con la palabra “maestro”. Su carga adjetiva se ha banalizado; le decimos maestro a cualquier monicaco, por el solo hecho de que acumula varios almanaques de edad. O se disfraza de eruCdito –según el decir de Sergio Sergi, refiriéndose a los que cometieron la hazaña de leer más de una docena de libros.                                                         

    Conversaremos un rato con Agustín Alezzo, “maestro” genuino. Nos viene sembrando de actores y actrices sin alardes, sin alzar la voz, sin confundir ruido con sonido. Agustín hace un par de años se mudó, coronavirus mediante. Primero lo conocí como espectador de sus obras, después entrevistándolo y finalmente siendo su alumno en un curso de dirección actoral que dio a un grupo de directores de cine. Esto en el espeluznante invierno de 1976.

   Desperezo las grabaciones que atesoran su voz. Año 1997, me recibe en su casa. Ha caído el último telón para Master Class, protagonizada por Norma Aleandro. Alezzo, a modo de terapia regenerativa, por estos días está armando un rompecabezas de dos mil piezas. Tras ese feroz entretenimiento volverá al mundo, a dirigir y a la docencia. Voy por sus palabras. Escuchémoslo.

–Nadie en mi familia subió a un escenario. Pero mi madre fue espectadora de teatro toda la vida. Me llevaba a los tres años con ella. Ella vive en esta casa, conmigo, ahora está acostada. Se llama Santa Teresa, como una de sus abuelas. Mujer de campo, vivía en La Pampa. Familia de cierta fortuna que después se vino a menos.

–¿Y tu papá?

–Era ferroviario, bandoneonista, murió de un cáncer a los 24 años, meses antes de que yo naciera. Junto a esa pérdida brutal yo tuve la fortuna de tener de un padrino entrañable. Para pagar médicos, entierro y demás se vendió todo. Mi madre 23 años, yo menos de tres meses. Conmigo en brazos y un par de valijas. Pero enseguida nos llevó a su casa Fidel Rodríguez y Rodríguez, mi padrino, un hombre extraordinario. María Ezquerra de Rodríguez fue mi madrina. Mi vida ha sido toda así: grandes pérdidas y grandes ganancias. No tuve un padre pero tuve tres madres: mi madre, mi madrina y una señora que trabajaba en casa. Así era. La única que me fajaba era mi vieja. Me daba penitencias: “Ahora me vas a leer este libro”. Y qué más quería yo. Me regalaron una biblioteca y me dijeron: “Hasta acá podés leer. De acá para ya no” No hice caso, antes de mis 15 años leí El amante de Lady Chatterley. Mientras tanto iba a un colegio de sacerdotes que detestaba, pero me hice amigo de un muchacho de familia socialista, y esto compensó el hecho de que mi padrino fuera franquista.

A mi padrino un día le dije: “Quiero ser actor”. Escucho ahora mismo sus palabras, su voz: “Agustín, ¡estamos hablando de una carrera!” Empecé abogacía. Compensé inscribiéndome en Nuevo Teatro, ahí conocí a Pepe Novoa, Augusto Fernández, Carlos Gandolfo. Pero sobre todo conozco a Hedy Crilla, rusa, una maestra infinita que me empuja a la dirección.

–Se estabiliza tu vida.

–No, a los 19 años muere mi padrino. Tragedia total. Antes de su muerte me llamó a su lecho y me dijo: “En ese escritorio te dejo la testamentaria y este sobre con 20 mil pesos… Murió, fue el desgarramiento más grande de mi vida. Me olvidé del sobre y de todo. Vino un hermano de mi padrino, desapareció el testamento y el dinero. Mi madre y yo quedamos en la calle de un día para el otro.

   –¿Y después?

   –Dos empleos simultáneos, el teatro La máscara, persecución por comunistas, caída de Frondizi, los bastones largos de Onganía, otra vez el desamparo, un viaje a Perú y en Lima un inesperado éxito como actor, el regreso a Buenos Aires, una molestia, tuberculosis. Otra vez el derrumbe. Pero me curo. Hedy Crilla machaca: “Agustín, tienes que dirigir.” Después de un par de obras me llaman del San Martín para dirigir Romance de lobos, con Alfredo Alcón y 53 actores más.

    Alezzo en ese rato de conversación sirvió café. El café se deslizó tan rápido como su vida misma. Sigue recordando: todo viento en popa. Pero después la década del setenta, y asoma la pesadilla, el suceso televisivo con el ciclo Nosotros, los éxitos teatrales del grupo Repertorio… la dictadura militar, listas negras, espanto. Lo estoy viendo: cubriéndose el rostro con las manos. Alezzo se detiene en un momento de su vida. Cuenta que su balcón daba a otro de un edificio contiguo. “Un día fui, toqué el timbre y dije: Me llamo Agustín Alezzo. Si pasara algo alguna noche de estas, ¿podría pasarme a su balcón y salir por su departamento?” “Está bien”, me dijo mi vecino, psicoanalista.

   Alezzo se recluye en la docencia. Pero esos años está en la cornisa, como tantos. Los grandes actores de la Argentina pasan por su taller: Alcón, Sbaraglia, Bruzzo, Marrale, Kuliok, Chávez, Politti.

–¿Te imaginás haciendo otra cosa que teatro?                                                                                         

–Pero claro. Tuve todo y perdí todo. Volví a tener y volví a perder. Y ahí me imaginé vivir en un espacio abierto, solo, con muchos perros, modestamente, haciéndome la comida, fumando hasta morir, escribiendo… nada de estrenos… sin críticos, sin críticos. Sin críticos. 

–¿Negás a los críticos?

–No, al contrario. Hubo, hay algunos. Pero esos algunos son demasiados pocos. No se puede lapidar con saña. Una cosa es el gusto personal y otra es el objeto artístico del que hablan. Encima, la mediocridad es muy contagiosa… Presiento que en cualquier momento me vas a preguntar por mis actores preferidos.

–Te voy a facilitar la pregunta: fuera de la Argentina, te ponen un revólver en la cabeza y te dicen: nombrá a un actor o actriz superlativo: ¿quién sería?

–Brando. Lo digo también sin el revólver.

–Marilyn Monroe, más allá de su espléndido organismo, ¿era actriz?

–Marilyn demostró ser actriz en El príncipe y la corista, cuando fue protagonista con Lawrence Olivier. Pero era tan deliciosa que excedía cualquier juicio crítico. Marilyn no necesitaba ser actriz, pero lo era.

–Qué pensás de los actores que dicen que son actores porque extraviaron su identidad.

–Puede darse.  Es más: creo que hay actores que han dejado de ser personas: actúan, viven como actores todo el tiempo. Pero esto no tiene que ver con la actuación sino con la calidad de la persona… Creo que en el arte, en el teatro, el gran tema son las relaciones de uno con el prójimo, con la sociedad, con Dios.

–¿Cómo es tu relación con Dios?

–Es buena. No me ocupo de él y creo que él tampoco de mí. Si algún día nos tenemos que encontrar será en una condición tranquila. Y si no nos encontramos, bueno, no habremos perdido el tiempo el uno con el otro.

–Este mundo, ¿hacia dónde va?

–Toda civilización nace, crece y decae. Estamos en una etapa de decadencia grave, manejada por pequeños grupos económicos. ¿Hasta cuándo esto? No lo sé. Pero va explotar como si fuera una bomba.

–Agustín, ¿y después?

–Ahora viene mi mensaje optimista. Después vendrá otra cosa. Creo que eso se verá en próximas vidas. En la Argentina tal vez tendremos que esperar muchas más vidas para ver lo nuevo que vendrá.

–¿Te da miedo lo que viene?

–No. Voy a parar cuatro meses, luego dirigiré El jardín de los cerezos

–¿Sabés estar en el ocio?

–Me encanta no hacer nada. No conozco el aburrimiento. Me puedo pasar horas conmigo… Acepto la metáfora del río que fluye… Lo más interesante de la vida es que uno no sabe qué va a venir después. En este tener todo y perder todo siempre me acompaña la voz de mi padrino. Cuando llegaba a casa, abría la puerta y decía: “Mi niño, ¿dónde está mi niño?”

–¿Cómo te suena eso de “Alezzo, el maestro”. 

–Me viene grande. Realmente, yo sí tuve una gran maestra, Hedy Crilla. Y hasta la dirigí. Nos contábamos absolutamente todo en las vacaciones que compartíamos en su casa de Pinamar… Éramos infinitamente amigos.

Invierno del 76

Más que las opiniones importan los hechos. Muy rápido refiero dos detalles de la honda maestría de Alezzo. Los viví. En el invierno del 76, año de alevosa desolación, Agustín dio un curso de dirección de actores para cineastas que soñaban serlo; éramos a lo sumo una docena, cada uno preparaba una escena de El graduado y después se discutía entre todos. Uno de los participantes, al que yo conocía por proximidad barrial, en los cuatro meses no participó nunca. Padecía de una timidez paralizante. Se sentaba en un rincón, detrás de todos, no hablaba en las clases. Sólo silencio. Perturbaba con su mudez. Un día le escribió una carta a Alezzo, disculpándose, diciéndole que no iba a venir más. Alezzo leyó la carta. No hizo el menor comentario. Finalizada la jornada, bajando por la larga escalera de la salita de ensayo, Alezzo le habló al “mudo”. Después le pregunté qué le había dicho, y me comentó: “Agustín me dijo que no me hiciera problema con mi timidez… que podía convertirse en una ventaja para mí… que aprovechara para ver más con mis ojos y para mirar con mis orejas…” 

     Otro caso. Es sabido que los actores y actrices en las vísperas de los estrenos padecen insomnios, atroces pesadillas, rebeliones intestinales. Norma Aleandro, devota de Alezzo, me dijo hace años: “Si un director no llega a entender que un actor antes del estreno no tiene más de cinco años, es que no entendió qué es un actor”.

    Agustín entendía eso como nadie. Y lo aplicó nada menos que con Alfredo Alcón. Este tenía una clave para superar el insoportable pánico del estreno. Alezzo me reveló la clave: “Alfredo para tranquilizarse evoca un pequeño momento de su niñez y eso le devuelve el alma al cuerpo”.

–Agustín, ¿podés compartir ese momento secreto de Alcón?

–Puedo, lo sé de memoria. Alcón me contaba como si fuera la primera vez algo que vivió con su papá. Yo tendría –decía Alfredo– unos cinco años. Era una noche cálida, pleno verano. La luna estaba ahí y sentí que podía tocarla, entonces le pedí a mi papá: ‘Bajame la luna’. Mi papá no se amilanó: trajo una escalera, se subió, y una vez en el último escalón extendió sus manos tratando de alcanzarla y después bajó, pero sin la luna. Sentí una gran frustración… Nada peor me podía pasar en la vida…”

    Ese “nada peor me podía pasar en la vida” relativizaba los peligros del inminente estreno. Dar con esa clave es algo que sólo se puede descubrir siendo un maestro. Agustín lo es. Escribo en tiempo presente porque los maestros no parten, andan por ahí, respirando de otra manera. Continúan semillando. Las semillas no alardean, no hacen ruido, no humillan. Las semillas ahora mismo eso, están semillando, colaborando con el sol.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.