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Abuelas de Plaza de Mayo, eternas parteras de la memoria: 45 años, 130 nietos renacidos

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Abuelas de Plaza de Mayo, eternas parteras de la memoria: 45 años, 130 nietos renacidos

Nada las puede detener. Nada, nadie, nunca. Ni la muerte. Celebramos 45 años de la fundación de las Madres Abuelas de Plaza de Mayo: las parteras de la memoria. Renacieron a 130 seres, muchos afanados desde la placenta. Lo consiguieron sin exhibir guillotinas, ni bolsas fúnebres, ni cadalsos; sin intentar balazos, sin arrojar una sola piedra…

29/10/2022 23:24

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

 

    Nos brota luz al reiterarlo: así es, ellas, las viejas señaladas, las Viejas Locas todo lo consiguieron sin exhibir guillotinas, ni bolsas fúnebres, ni cadalsos; sin intentar balazos, sin arrojar una sola piedra… En fin, sin apelar al contraproducente odio que encarna la “justicia por mano propia”. Esta conducta es admirada en el mundo entero. Podremos o no conquistar la próxima copa del Mundial de fútbol, pero del podio de los derechos humanos conquistados por las Madres Abuelas, nada, nadie nos baja.

    Entonces: 45 años son noble motivo para concelebrar ¡brindando! Las abuelas de los pañuelos blancos, tan reiteradamente propuestas para el premio Nobel de la Paz, merecen el sol que cada día nos alumbra. Nuestras porfiadas Madres Abuelas no le aflojaron, no le aflojarán en la búsqueda de sus nietosy nietas robados de identidad por aquella dictadura que desnucó la condición humana: primero, tortura mediante, violaban las vidas. No les era suficiente. Después violaban las muertes, negando hasta la identidad en la sepultura. Tampoco les era suficiente. Finalmente, además, como yapa atroz, afanaban criaturas de cuajo, arrancadas en el mismo umbral del vientre.

    Quedan por encontrarse cerca de 400 secuestrades en su identidad. Todos, seres que todavía no saben cómo se llaman. Ellas lo han expresado con insuperable síntesis: “Pero seguiremos buscando”. Seguirán siendo parteras. Ellas no se rinden, tejen los días y tejen las noches con la ciencia de la paciencia. Cada identidad recobrada es un parto, es un nacimiento.

    Estas prodigiosas parteras nos vienen enseñando –con hechos, sin palabrerío de ocasión– que la paciencia es lo contrario de la resignación. Que la tan basureada memoria no es retroceso, es semilla de futuro. Tienen, ellas, el mejor, el más arduo optimismo: el optimismo de la memoria.

   No nos demoremos, y pronto descorchemos las botellas. Es tiempo de brindar por estas luminosas ancianas que tienen por costumbre arrimarse a los cien años de su edad. ¡Salud! ¡Y que vivan las prodigiosas parteras!

   Sí, momento de brindar por esas Madres Abuelas que fueron la última cornisa de la dignidad en una sociedad, en su promedio, cómplice por su indiferencia. Indiferencia activa, conciencia digestiva.

    Para acompañar el brindis reanudo una plegaria al revés –plegaria de intemperie–, que me nació como posdata de mi libro Madre Argentina hay una sola (Sudamericana, 1999). Más de una vez la leímos sobre escenarios, con las voces de María Rosa Gallo, Alicia Berdaxagar, Liliana López Foresi, Juan Leyrado, Titina Morales, Rafael Rodríguez, Miguel Ángel Solá, Luisa Kuliok. Aquellas voces, estas voces ahora mismo nos alientan para alzar esta plegaria que propone interrogantes reflexivos:

 

– Permiso, Memoria. Permiso, Conciencia.

¿Qué sería de nosotros si Ellas, las Madres Abuelas, no existieran?

¿Qué quedaría de nosotros si Ellas no hubieran salido

 a alumbrar la más eterna de las noches?

¿Qué sería de nosotros? ¿Qué?

¿Estaríamos de pie? ¿Estaríamos en cuatro patas?¿Estaríamos?

– Ellas nacieron para semillar semillas.

Ellas nacieron para resucitar lo desaparecido.

Ellas gritan con el alarido y gritan con el silencio.

Pueden desentenderse del hambre y del frío y del dolor.

Supieron, ellas, convertir a la intemperie en abrigo y a la desgracia en linterna.

– Fueron la única luz que atravesó aquella demasiada noche

impuesta por los dueños de la vida y de la muerte.

Ellas se tutean con el milagro, pero no esperando a que nos caiga del cielo.

Una de dos: lo hacen o lo hacen, al milagro.

– Si el diablo mete la cola, no importa: ellas siguen a donde iban.

Si Dios no baja, no importa: ellas llegarán donde querían.

Ellas van, siempre avanzan:

van cuando van y van cuando regresan.

– Ellas, al miedo, lo dejaron sin uñas sin dientes sin aliento.

Pueden, ellas, mirar la oscuridad sin un temblor,

y pueden mirarlo al sol sin bajarle la mirada.

Tenaces, porfiadas, tercas, ellas son el templo andante

del último resto de locura que le queda al mundo.

– Salen, ellas, a cachetear a los que se esconden

en la abstinencia, en la distracción,

en el borrón y cuenta nueva.

– Salen, ellas, a darle vuelta los bolsillos a la muerte.

– No necesitan brújula, ¡para eso sus corazones!

– No necesitan sol, ¡para eso sus corazones!

– No necesitan luz ni luna, ¡para eso sus corazones!

– No necesitan escudos, ¡para eso sus corazones!

– No necesitan pensar, ¡para eso sus corazones!

– No necesitan armas, ¡para eso sus corazones!

– Salen, ellas, a cara descubierta, a buscar la gota de una arenita

en el vasto océano del desierto.

Y la lluvia les baja por pómulos hombros pechos vientres piernas.

Y el sol les seca pómulos hombros pechos vientres piernas.

Y tienen, ellas, olor a sí mismas.

– Así fue. Así es. Así será. Pero, ¿por qué?

¿Por qué ni de noche a ellas se les apaga el sol?

– Porque saben, ellas, pensar con el instinto.

Porque tienen, ellas, el optimismo de la memoria.

Porque ¡ya basta de acusar a la piedra, de la pedrada!

 

– Porque cuando llegue el momento de rajarle el vientre al Apocalipsis

(ese momento llegará, llegará…),  ellas, justamente ellas,

serán las que hagan, hondísimo, el tajo.

No les temblará el pulso.

Y después del tajo, ellas, desde muy adentro,

le arrancarán una aurora, al Apocalipsis.

 

– Entonces, acunarán al nuevo día,

le arrimarán el pezón y le darán de mamar.

Y la Vida no tendrá más remedio que continuar,

por ellas, ¡las del vientre!

por ellas, ¡esposas de la Vida!

por ellas, ¡mujeres de la Vida!

 

– Permiso, Memoria.  Permiso, Conciencia.

¿Qué quedaría de nosotros si Ellas,

las Madres Abuelas, no hubieran  existido?

       ¿Qué quedaría de nosotros si Ellas

       no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches?

       ¿Qué hubiera sido de nosotros? ¿Qué?

       ¿Estaríamos de pie?

       ¿Estaríamos en cuatro patas?

       ¿Estaríamos?

– Sin ellas, los puntos cardinales

 no serían cuatro ni tres ni dos ni uno, ni nada.

 Sin ellas, esta olvidadiza patria idolatrada,

 sería un definitivo agujero con forma de mapa.

 Sin ellas, de tanto tocar y tocar y tocar fondo, ¡hubiéramos desfondado el abismo!!!

–Pero ellas, porfiadas, tercas, pertinaces, ¡aquí están!

Siempre codo a codo con el sol.

Buscando buscando buscando. Desde el insomnio

dando luz, dando a luz.

Deletreando las tinieblas.

Redimiendo la placenta.

Y sembrando sembrando,

sembrando aún en el espantoso abismo.

 

 

 

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.