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24 de marzo: 45 años, ¡45!

21/03/2021 06:47

 Por  Rodolfo Braceli
 
 
El 24 de marzo de 1976 cayó en miércoles. En este 2021 también cae en miércoles. Día de miércoles. Día que nos sucedió aquí. ¿Día negro? Por favor, no ofendamos al color negro. Día que nos desembocó en una pesadilla horrorosa porque fue cierta. El infierno en el limbo


    Memoria encendida para que no nos vuelva a suceder. Memoria para merecer un futuro en el que la Vida sea realmente sagrada. Pasaron 45 años, 45. Pasaron 30 mil desaparecidos. Pasaron centenares de criaturas robadas desde la placenta. Realmente, ¿pasaron? El luto no prescribe porque el negacionismo recrudece.


     Voy a reanudar reflexiones que una y otra vez intenté desde esta columna. Hoy por hoy la pulseada se agudiza: los negacionistas enarbolan sus odios y su cinismo como en los peores momentos. Las bolsas negras son un mensaje horroroso. Los simpatizantes argentinos del “método Bolsonaro” también son un mensaje, palpable. Es sabido que la palabra “memoria” acalambra a muchísimos (con)patriotas y tiene pésima prensa. En este río revuelto, tan trabajado, tan sembrado para la confusión, se nos quiere convencer de que  “memoria” es sinónimo de venganza y de retroceso. Damas y caballeros: la memoria no es retroceso, es todo lo contrario. Porque supone aprendizaje. Desde el presente, la memoria semilla un futuro que necesitamos diferente.


    Estamos a 45 años de aquel miércoles 24 de marzo en el que la Argentina empezó a escribir no sólo su capítulo más horroroso desde 1810, sino uno de los capítulos más insoportables que figuran en la historia universal del espanto.

    Hagamos memoria, aquel 24 de marzo no se produjo casualmente, tuvo un largo prólogo, y como apogeo el prólogo sanguinario de la Triple A. Con los horrores perpetrados por la Triple A, al compás de López Rega y una banda que secuestraba y mataba a campo abierto. Pero eso era apenas el preludio. Así empezaron a anidarse los siete años de la más criminal dictadura militar.

Entonces se industrializó la asesinación. Es necesario repetirlo: el de 1976  fue sin duda  un golpe militar, pero también fue un golpe cívico, porque contó con el apoyo de una considerable parte de la sociedad y el beneplácito de los principales medios de (des)comunicación. Adentro de la palabra “cívico” hay que incluir a los grandes ruralistas todavía hoy dueños de la patria y sus cimientos, a muchos grandes empresarios, al cerebro “brillante” del economista Martínez de Hoz, a numerosos periodistas estelares totalmente rendidos a la obsecuencia, al clero oficial… A esto se sumó la indiferencia activa de demasiados (con)patriotas. Debemos reconocerlo: un triste porcentaje de medios (des)comunicadores, a través de la pluma y la voz y el rostro de periodistas estelares (que todavía hoy siguen usufructuando de las libertades de la tan saqueada democracia) también fueron protagonistas responsables de aquel Golpe “derecho y humano”. Estos exitosos seres humanos, siempre vigentes, oscilan entre la entusiasmada obsecuencia y la vista gorda. Chupamedias todo terreno. Deberían donar sus postreras lenguas, tan versátiles, a la Facultad de Medicina.


Aquí se violaron, de a miles, las vidas; y se violaron, de a miles, las muertes. No sólo se mató, con la anuencia del Estado se torturó. No sólo se mató y se torturó, se desaparecieron los cuerpos. Todo eso, sumado, no les resultó suficiente; además, como botín de guerra, como propina, como yapa, se robaron criaturas desde la mismísima placenta. El surrealismo fue menos que una canción de cuna. El absurdo fue desnucado. El abismo de la condición humana se desfondó. Hay que reiterarlo, frente al creciente negacionismo que no cesa: el país fue entregado con un plan craneado por un civil, Martínez de Hoz, pedazo de hijo de esa Sociedad Rural, dueña de la escarapela, que aún hoy insiste en elogiarlo. Son insaciables estos famélicos cantadores del himno que últimamente alardean con sus banderazos. Se han adueñado de la palabra “república” y, encima, de la palabra “libertad”. Son cantores, además: se cantan en la democracia. La usan cuando les conviene. La ultrajan el día menos pensado.


 
No, de ninguna manera: hacer memoria no es retroceder. Mientras no se sepa el destino de miles de cuerpos sin sepultura, y no aparezcan los más de 300 nietos que siguen con su identidad secuestrada; mientras la justicia no diga su última palabra, el capítulo sigue abierto, sangrando.


Una entre tantas: no hace mucho tuvimos un presidente mudo y con el corazón tabicado, por lo menos indiferente en relación al Golpe del 76. Se hizo ver en el monumento recordatorio de los desaparecidos sólo como acompañante servil, penosamente cholulo, de un presidente norteamericano que decidió ofrendar flores en el sitio.


Otra más: en el juicio por la ESMA el tristemente famoso Tigre Acosta declaró: “Nuestro gran problema fue haber dejado gente viva”. Eso dijo: el error de la dictadura del 76 fue no matar a muchos más. Lo escandaloso es que la frase se traspapeló enseguida. Madremía.


Señoras y señores: al compás de la confusión tramposa, estos años muchos proponen “reconciliación”. Argumentan que “muertos hubo de los dos lados”. Flor de coartada. Muertos sin sepultura ¿hubo de los dos lados? Niños afanados hubo, por cientos, ¿de los dos lados?


Reconciliación. He ahí una palabra tramposa que enarbolan los que insisten en convertir a los crímenes y a las peores perversiones en actos que debemos agradecer ¡y homenajear! Para ellos heroísmo es sinónimo de impunidad. Pregunta: no seamos hipócritas: ¿qué reconciliación puede gestarse mientras persiste el regodeo en la negación y el alarde en la impunidad? 
 
Es ya tiempo ya de entender y de asumir la memoria como semilla. Manejar un automóvil sin mirar por el espejo retrovisor, es la mejor manera de estrellarse. Hacer memoria no es necesario, es imprescindible. Sólo a partir de la memoria se semilla un futuro diferente.    


Transitamos casi cuatro décadas en democracia. Pero ojo al piojo: no seamos tan ligeritos para el autoengaño: a la democracia la tenemos que hacer cada día con su noche. Porque se la socava, se la sabotea, se le hace zancadillas todo el tiempo, con alevosía. Ya es hora de dejar de echarle la culpa a la democracia de nuestras corrupciones. A veces se argumenta, con penosa resignación, que “es el menos malo de los sistemas”. La democracia no es ni perversa ni virtuosa. Es como somos: es el cociente de nuestras acciones. El exacto espejo que nos reproduce. A la vista está: tipos y tipas amigos del gatillo fácil y de la persuasión de la picana y de la solución de la pena de muerte están en carrera, y esto pasa porque la dirigencia no hace otra cosa que fragmentarse. Se suele confundir ideología con estribillo, se debate con chicaneo asqueroso, se impone el barullo.


Nunca es demasiado tarde para despabilarse. La antipolítica no tiene pudor. Muuucho cuidado con aquellos que lanzan una crítica y, acto seguido, aclaran que no les interesa la política. Resulta que el “que se vayan todos”  trae cosas como el Golpe del 76. La democracia, la política, serán mejor cuando nuestra sociedad (el sector bien comido y bien abrigado y bien techado y bien “wifi”) abandone el egoísmo y haga, también, cacerolazos no sólo por razones vinculadas al bendito dios del bolsillo. Y cuando los periodistas estelares dejen de trabajar para abonar la crispación y la sensación colectiva de “fin del mundo”.


La paranoia se ha convertido en la gran y más efectiva ideología de nuestro tiempo. Claro, de derecha la ideología.


En tiempos de pandemia, lavarse las manos es un acto de recomendable higiene, pero muchas veces también puede serlo de peligrosa cobardía. Después de todo tenemos una democracia “como la gente”. Eso, “la gente”, somos todos.

La democracia, aparte de cumplir años crecerá si es que la sembramos. Sin distracciones. Sin días de guardar. Porque, vaya casualidad, quienes a la democracia la socavan no se distraen y trabajan hasta en los días de guardar.


 
Posdata en el 2021 después de Cristo


45 años de aquello. Otro 24 de Marzo. Ahora sin marchas masivas, pero con reflexión. Como en los años anteriores decimos:


Permiso, memoria. Permiso, conciencia. Y afrontamos una pregunta que guarda un agradecimiento y una pertinaz lección:


¿qué sería de nosotros si ellas, las Madres, no hubieran existido?


¿Estaríamos de pie o estaríamos en cuatro patas?

¿Estaríamos?


Sin el porfiado coraje de Ellas aquí ya no habría ni puntos cardinales. Y esta olvidadiza patria idolatrada sería un agujero con forma de mapa.


Oíd mortales: Sin Ellas, de tanto tocar y tocar y tocar fondo, hubiéramos desfondado el abismo.


Pero atención: señoras y señores muy aseñorados siguen trabajando para el borrón del olvido cómplice, para la impunidad y cuenta nueva. Pero nuestras Madres Abuelas no descansan, nos siguen enseñando el luminoso optimismo de la memoria.


Brotan, asoman los frutos: parece mentira pero de pronto es realidad palpable: nuestros jóvenes, que por años parecían anestesiados para la güevada, para la comodidad del (des)compromiso diario, amasados para la tan activa indiferencia digestiva, ahora empiezan a emerger sabiendo que la esperanza es un trabajo, un derecho y un deber.


 Saben los jóvenes que, entre todos, tenemos mucho que hacer. Para que la historia no se repita. Y para que otra canción sea la historia. Más que con la tolerancia, con el respeto por el diferente. Con muertos con su debida sepultura. Con el pan de cada día y de cada noche en todas las mesas, en todas. Con alfabetización. Y sin analfabetización. Con el amor y los sueños lanzados a rajacincha.


    No bajemos los brazos. No nos demos el lujo de la desesperanza. Recordemos, siempre, como nos enseñan las Madres Abuelas de Plaza de Mayo, que la memoria es la forma más ardua del optimismo y de la esperanza.


     Para mantener esa memoria encendida tenemos que dormir con un ojo abierto, y el otro también. La democracia es un prodigioso insomnio. No nos queda otra que sembrarla. No seamos distraídos. Y no nos hagamos los distraídos.