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Día de las Madres, las parteras cómplices del sol

16/10/2021 20:52

Estamos sobre el Día de la Madre, un invento capturado por el consumismo comercial. Pese a saberlo, hacemos la vista gorda y…

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

    …hacemos la vista gorda y nos deslizamos en el afecto inextinguible de la madre que nos enseñó a respirar. No voy a ser la excepción, caigo en la preciosa tentación y dedico ahora, en este 2021, unas líneas referidas a la autora de mi sangre, mi madre, Juana Zarategui, hija de vascos que no llegó a completar su tercer grado de la primaria, que no leyó jamás libro alguno. Pero esta mujer hablaba el castellano como si fueran tres o cuatro idiomas. Me adivinaba el pensamiento y la intención, me adivinaba la gambeta. Ella apenas si escribía para firmar; lo único que hacía con lentitud.

     Cuento una: un Jueves Santo llegó a mi casa un ex socio de mi padre; venía a forzarlo a firmar algo. Con un revólver, le apuntó. Mi vieja se metió en el medio y, petisa como era, sacando pechos empezó a empujar al revólver que seguía apuntando; el tipo retrocedió caminando para atrás hasta la vereda, y se fue perfectamente insultado. 

    Cuento otra: cierto día –era noviembre, el 27 de ese mes mi madre cumplía años– mi padre trajo a la casa un lavarropas, basta de la lavar sobre una tabla en la áspera batea. Entonces mi vieja salió al vecindario gritando la novedad: “¡El Andrés me regaló un jabón de lujo!”. Debía decir “Eslabón de lujo”. Acertó con el error: ¿qué otra cosa es un lavarropas, que un “jabón de lujo”, para una mujer que durante toda su vida se la pasó lavando a mano?

    Hace años que mi madre respira de otra manera. Dejo de hablar de ella y paso a hablar de otras madres esenciales: las locas, hoy abuelas o bisabuelas, las parteras de la memoria. Por empezar, no caigamos en la trampa de creer que cuando hacemos memoria, retrocedemos. La memoria nos semilla un futuro diferente. 

    Hay madres como yunques y como martillos, madres como harina y como acero. Hay madres con dientes en los dedos y uñas en la mirada del corazón. Las hay capaces de dormir despiertas, asumiendo el insomnio como deber. Hay madres ancianitas, ancianísimas, preñadas de memoria, y madres hay capaces de abrirse el pecho, sacarse el corazón de cuajo y arrojarlo a nuestro rostro, a ver si salimos de esa sorda indiferencia activa que amparó los crímenes de los violadores de la vida y de la muerte, de los ladrones de criaturas desde la misma placenta.

    Por aquí hay, en plena primavera, vadeando obscenidades, madres capaces de no bajarle la mirada al sol. Son linternas, son parteras que rescatan a esos que por décadas permanecieron secuestrados de identidad. Porque ellas todo lo pueden con el corazón de par en par. Sin una pedrada, sin una bala recuperaron 10, 25, 47, 93, 105, 130 nietos, nietes, uno por uno, una por una.

   Nuestra Argentina es famosa en el mundo porque aquí nacieron Gardel y Fangio y Borges y Maradona y Messi y la Negra Sosa. Famosa por el tango que abraZSa los cuerpos. Pero desde hace más de cuatro décadas la Argentina también es admirada por la prodigiosa tenacidad de las Madres Abuelas de Plaza de Mayo. Recordemos: eran un puñadito y giraban bajo lluvias de diluvio o bajo soles rajantes. Giraban solitas y desguarnecidas, ¿inútilmente giraban? No sabíamos que esas tercas eran las panaderas de la memoria. 

    Muchas ya pasaron los 90 y rumbean hacia los 100 de edad; ancianitas, ancianísimas, siguen saliendo, buscando, encontrando, pariendo nietos y nietas. Ya no van solas, las acompañan seres de todas las edades, entre ellos jovencitos que no habían nacido cuando ellas empezaron a girar, allá en la eterna oscuridad de 1976.

    La preciosa novedad es que los miles que están con las Madres Abuelas en esta infatigable faena de darle vuelta los bolsillos a la muerte, aparte de la vehemencia de los estribillos, ahora alzan alegría. Porque no sólo estamos para el luto, también para la alegría.  

    A propósito del coraje ilimitado de las madres, hay interrogantes a considerar. Por ejemplo: en una sociedad tan fogoneada, tan alentada por los (des)comunicadores estelares para descender al miedo histérico y para el descompromiso y para la paranoia (hoy convertida en ideología), en un conato de república así sembrado, las arrojadas acciones de estas madres cruciales, ¿no vendrían a ser una suerte de compensación? Son, en realidad, un milagro descomunal, un milagro no caído del cielo, un milagro sembrado en esta tierra que nos parió.

    Recordemos que estas madres heroicas fueron la última cornisa de nuestra dignidad. El coraje de ellas no es un coraje en cómodas cuotas mensuales, es un coraje sin red, de cuajo. Estas mujeres, ¿son realmente heroínas o sólo responden a esa sagrada expresión del egoísmo que es la protección materna?

Animémonos al interrogante: lo de ellas, ¿es puro coraje o es ciego amor convertido en inconsciencia irreparable?

    En todo caso, la inconsciencia de estas Madres ante situaciones extremas, muestra que saben pensar con el instinto; convierten al instinto en pensamiento.

    Pero no hay caso, algunos prefieren en decir que el coraje de estas Madres no es otra cosa que ciega desesperación. Ante los minimizadores de las Madres  Abuelas, reduciéndolas a mera expresión de amor desesperado, propongo meditar una gran paradoja: es notable cómo la mentada “inconsciencia” de estas mujeres vino a servirnos para desactivar el descompromiso. Tal la paradoja: la supuesta “inconsciencia” de ellas sacudió la “conciencia” de una sociedad sumida en el cómodo limbo de la digestión. 

    Pero, sea coraje o inconsciencia, es evidente que los sacudones de conciencia provocados por las Madres algo despertaron en una sociedad anestesiada por la costumbre del miedo. Ellas incomodaron sin feriados. Por ellas aprendimos a diferenciar abstinencia y prudencia, desmemoria y reconciliación. Y aprendimos que la paciencia es lo contrario de la resignación.

    Preguntas para afrontar: ¿Qué sería de esta patria idolatrada sin las arrojadas acciones de estas madres? ¿Estaríamos de pie? ¿Estaríamos en cuatro patas? ¿Estaríamos? Escribió Susana Sontag: “Se nos ha enseñado a olvidar perfectamente. Y ésa es la base de nuestro optimismo”. Pero este concepto, tan dolorosamente cierto, se desactiva por completo a propósito de nuestras Madres del pañuelo. Ellas pueden ser optimistas porque no olvidan, y no nos dejan olvidar. Ellas nos enseñan que no hay alegría bien habida sin memoria. Y más nos enseñan: que la memoria es la forma más ardua del optimismo.

    Por todo lo anterior, en la radiante primavera de este 2021, propongo pasar del singular al plural: en vez de Día de la Madre digamos Día de las Madres. Y memoremos. Y celebremos. Así en la Tierra como en la Tierra.

 * [email protected]   ===    www.rodolfobraceli.com.ar


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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.