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¿Tiene futuro la Argentina?

Hay una impensada nueva posibilidad histórica. Al igual que en 1945, la enorme desgracia de la guerra en Europa, con su estela de terror y de muerte, produce posibilidades económicas para la Argentina. Ahora el mundo requiere lo que tenemos: gas, petróleo, agua, litio.

Redacción
26/11/2022 22:21

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

La transición energética se va a demorar unos años por la penuria de combustibles en el actual invierno europeo, que recién comienza pero ya dio lugar a tremendas idas y vueltas en torno del pretendido tope al precio del gas ruso. Argentina empieza a ser codiciada: las declaraciones de funcionarios estadounidenses no dejan dudas al respecto. Luego de décadas de casi indiferencia, se habla de nuestro país como de una niña mimada.

  Sólo se necesita de una clase hegemónica que, además de dominante, sepa ser dirigente. Algo que el gran empresariado y los  propietarios de la Pampa dejaron de ser hace muchos años. Tuvimos un proyecto de país, próspero (si bien para unos pocos), desde antes del Centenario: por el radicalismo de Yrigoyen -con fuertes luchas mediante- se llegó a que las clases medias participaran del poder, y luego el peronismo propuso la inclusión de la clase obrera y los de abajo en general. Un nuevo proyecto tronchado por el golpe de 1955, y luego por la dictadura criminal de 1976. Ya luego no hubo proyecto: el de los sectores populares ha florecido por algún tiempo (2003/2015), pero confrontado totalmente por un bloque de poder que no deja gobernar a otros, y no sabe gobernar por sí mismo. El período de Macri fue ejemplo de ello: descalabro macroeconómico, caída salarial y toma sideral de deuda, mostraron la falta de proyecto estratégico. Ese sector quiere hoy volver a gobernar, y no tiene mejor idea que decir que hará lo mismo que ya hizo -y que fracasó sin remedio- sólo que ahora “más rápido”.

  Por otra parte, la ex presidenta -que tiene una formación notablemente más lograda que la mayoría de los líderes del stablishment- plantea un discurso válido: unir a la democracia argentina detrás de algunos puntos centrales. El atentado contra su persona mostró la necesidad de ese acuerdo estratégico. Pero el “olvido” mediático del atentado, el manejo poco responsable que una parte del poder judicial viene haciendo al respecto y la insensata cuota de polarización existente en la sociedad, dejan poco espacio para la escucha de esa clase de propuestas.

  Tampoco se compadece esa llamada a la unidad nacional con las inacabables dentelladas del “Cuervo” Larroque contra Guzmán y contra el presidente: el sectarismo en las rencillas internas, no promete amplitud en las cuestiones interpartidarias.

  Y la ex presidente ha sido muy golpeada por la inacabable propalación de falsas noticias contra ella y su familia, por los juicios que continúan contra toda evidencia, e incluso por su propio discurso, como más cercano al debate y la réplica, que al acuerdo y la condescendencia. De tal manera, el llamado de Cristina a la unidad nacional difícilmente obtenga el eco que por su contenido merece, y que podría contribuir a ordenar al sector dirigente de la Argentina en torno a algún proyecto estratégico en común.

  En la derecha, desde el tremendismo infantil pero efectivo de Milei, la extrema derecha a que ha apelado Bullrich tantas veces (atenuada ahora tras el papelón del “te rompo la cara”), un Macri que habla de “raza superior” y un Larreta que se dice dialoguista pero pretende excluir de tal diálogo al 30% de los argentinos, no hay imaginación ni actitud para plantear un diálogo que lleve hacia alguna parte. Todos se ponen el traje de guerreros, y creen que con eso hacen un servicio a un país del cual el kirchnerismo no va a desaparecer, por más que ellos lo quieran. De lo que se trata, sería de cómo promover reglas del juego comunes y válidas para ambas partes.

  La Argentina tiene las condiciones económicas para salir de la alta inflación y la falta de dólares: pero necesitamos una clase dirigente que pueda emerger por encima de la lógica de la grieta y la confrontación total. Claro que la política es agonal, que no existen los consensos, y que en todo país hay proyectos enfrentados: pero eso se ejerce con apego a reglas compartidas. Cuando, en cambio, las reglas mismas son objeto de confrontación permanente, se impone el desorden, y podemos perder por ineptitud una gran oportunidad histórica. Una que ha de ser de las últimas, sin dudas.-

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.