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Una muerte digna: el pedido de Daniel Ostropolsky

Hace unos días nos dejó Daniel Ostropolsky, de destacada trayectoria jurídica y política en la Provincia y en la Nación. Se fue peleando hasta último momento pidiendo por un derecho que entendía le correspondía, encontrar una muerte digna. Y plantó en la sociedad una fuerte discusión de un tema polémico y fuerte, el de decidir sobre nuestras vidas cuando no quedan más esperanzas.

17/09/2022 22:18

Por Luis Martínez, Redacción Jornada

Como dijimos Ostropolsky participó activamente en la vuelta de la democracia en el país y ocupó cargos tanto en la gestión de Santiago Felipe Llaver en la década del 80 en el retorno de la vida democrática y también en los años 2000 con el gobierno del entonces presidente Fernando de La Rúa como director del Banco Nación.

Pero también se desempeñó en la actividad privada como abogado. Fue vocal Titular del Tribunal de Ética y Disciplina, Director y Presidente (2010-2012) del Colegio de Abogados de Mendoza. Entre los años 2010-2014 fue miembro del Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Nación Argentina y único representante de los abogados del interior del país.

Hace algunos años en un control médico le diagnosticaron ELA o esclerosis lateral amiotrófica que es una enfermedad de las neuronas en el cerebro, el tronco cerebral y la médula espinal que controlan el movimiento de los músculos voluntarios.

Enfermedad que no tiene cura y que, obviamente, le cambio la vida. Allí comenzó el padecimiento de ir sufriendo el deterioro físico propio del cuadro lo que, llegado un momento extremo y sabiendo que no tenía remedio, lo llevó a plantear la necesidad de que Argentina contara con una ley de Muerte Digna o “Buena Muerte”.

Lo hizo en una larga, emotiva, estremecedora y contundente carta de la que aquí reproducimos una parte.

“Nadie se quiere morir. Por lo menos nadie en su sano juicio. La vida es tan maravillosa que casi siempre proporciona alguna alternativa que convierte la decepción, dolor, angustia y tristeza en esperanza y estímulo para intentar nueva oportunidad de querer seguir estando, aun cuando las limitaciones físicas y espirituales reduzcan las potencialidades personales. Se llega a aprender y conformar a vivir con menos y en esos casos menos, es más.

Pero tal como arriba fue consignado, la expresión casi siempre excluye a aquellas otras situaciones en que la prolongación natural o artificial de la vida constituye una verdadera tortura, la que además de dolorosa, absurda e impiadosa, también se revela tan inútil como estéril.

Tales situaciones se producen en el estadio terminal de muchas dolencias en las que, finalmente, no hay más nada que hacer, salvo esperar el inexorable desenlace que en medio de atroces sufrimientos padecen tanto el paciente como sus familiares y seres queridos.

Es que, en el estado actual de la medicina, a pesar de los sorprendentes avances logrados, existen enfermedades que en la actualidad no solamente son incurables, sino que ni siquiera se conoce su etiología y por ello la ciencia no cuenta todavía con un punto de partida certero como para encarar una investigación que conduzca a la prevención o cura de la enfermedad, así como tampoco la detención definitiva de sus síntomas en quienes la padecen.

Así sucede con la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enfermedad neurodegenerativa que padezco desde hace casi cuatro años desde la iniciación de los primeros síntomas y que poco a poco, pero sin pausa, va minando mis fuerzas por la progresiva y sistemática disminución de absolutamente todos los músculos hasta que, se sabe con absoluta certeza, conduce ineludiblemente a la muerte, generalmente por fallo respiratorio, o sea lisa y llanamente asfixia.

La ELA se produce por muerte de la motoneurona, esto es, de las neuronas que regulan todo el movimiento muscular del organismo hasta su total extinción. Pero no afecta la sensibilidad. O sea, uno percibe el progreso de los síntomas con su secuela de dolor y daño.

Tampoco se altera la facultad cognitiva, permitiendo al paciente saber, entender y sobre todo sentir lo que está pasando en su cuerpo, hacia dónde se direcciona y el estado en el que, en el mejor de los casos, se llega al final.

Nací de padre y madre judíos; me siento muy orgulloso de serlo, de mi inalterable identidad y respetuoso de nuestras tradiciones que me definen. Pero no soy creyente ni cuestiono a quienes sí lo son.

Pienso que la iniciación de mi existencia no se debió a voluntad divina ni la finalización de la misma deba esperar designio alguno.

Amo la vida y quiero seguir en ella todo el tiempo que corresponda según los valores humanos del aquí y ahora, en los que sí creo y que le han dado contenido a mi ser y determinaron mi conducta y pensamiento.

Creo en el derecho y en la justicia como ordenadores de la conducta humana y esa confianza, nacida al influjo del ejemplo paterno, orientó mi interés para formarme como Abogado. Y rescato desde la primera materia con que empecé mi carrera, Derecho Romano, en la que aprendí que hace casi dos milenios, un gran jurista llamado Ulpiano estableció tres reglas en las que consiste el Derecho, que han permanecido invariables en el tiempo y entre ellas particularmente una resume adecuadamente lo que creo y por eso ahora reclamo: Dar a cada uno lo suyo.

Lo mío que pretendo de la sociedad a la que pertenezco es que se me reconozca y otorgue en esta instancia de mi vida, el ejercicio del derecho inalienable y personalísimo a la libertad para decidir, cuando llegue el momento, a terminar con una existencia tan atroz como innecesaria frente a una enfermedad irreversible e incurable, evitando así lo que constituye una afrenta a los principios en los que he basado mi vida, entre otros, la dignidad.

De nada sirve y por el contrario agravia a la condición humana que a mí y otros que como yo cuando llegue a un estado de caquexia en que la vida ya no es tal, reducido al dolor permanente y sin esperanza alguna de alivio ni mejoría, se mantenga inútilmente esa situación.

En ese caso se nos condena a muerte... en vida.

Es hora que nuestra sociedad enfrente el dilema acerca de cómo proceder en casos como el planteado y una de dos:

- O se asume de una buena vez la solución mediante el dictado de una ley de eutanasia restringida sólo a los casos que cumplan los requisitos como han establecido países como España, Bélgica, Holanda, Canadá, Nueva Zelanda, Colombia, Luxemburgo y varios de los Estados Unidos, los que con diferencia de matices, requieren que se trate de una enfermedad incurable, que se encuentre en estado terminal, que la vida haya dejado de ser digna como consecuencia de la enfermedad y que se preste conformidad clara, completa, informada y precisa.

- O por el contrario se persiste en procrastinar, mirando para otro lado, negándose hipócritamente a considerar, debatir y definir el tratamiento del tema, dando largas al asunto para no herir susceptibilidades sin valorar el sufrimiento de los que padecen lo indecible y claman por liberarse”.

Lo dicho.

Más que claro y contundente testimonio que nos dejó para que de una vez por todas la sociedad se plantee la necesidad de al menos abrir el debate sobre el tema. Una discusión encarada con madurez, conocimientos y sensibilidad pensando en aquellos casos en donde ya no tienen una esperanza cierta en su futuro.