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Un ensayo hacia el asombro

Asombrarse para saber

17/05/2022 11:34

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

El cielo de ayer, mayormente cubierto, todavía se mostraba impreciso, vacilante. Hoy, su faz ha amanecido decididamente caliginosa; se cubrió con el espeso manto de las nubes para aclararlo todo. ¡Así es! Las nubes trajeron la claridad, y no fue sino entonces cuando logré asir este descubrimiento.

Me encontraba a pocos pasos de ingresar a Plaza España, cuando lo vi; llamó mi atención como un rayo: un árbol delicioso, con su copa que semejaba una flamígera cabellera, se abría paso ante mí y lo llenaba todo. Casi de súbito, me encontré con la poderosa afirmación de los colores, todo rutilaba con punzante voluntad; los colores se clavaban en mi mirada.

Detuve mi marcha y comencé a mirar alrededor. Por unos minutos, todo pareció detener su andar. Veía a mis vecinos moverse como cuerpos fantasmales, como cuerpos desmemoriados que habían olvidado sus sombras; caminaban ingrávidos sobre los caminos serpenteantes de la plaza, ¡qué maravillosa ensoñación! ¿Pero era una ensoñación? Recordé entonces a Chesterton y esa su indecible concepción del mundo cuando asegurara que «las cosas se ven bien cuando se ven por vez primera», y que para eso «se necesita cierta ingenuidad infantil». ¡Y así era! Allí me encontraba yo: como en el alumbramiento del mundo.

 

 

Sin embargo, no pude dejar de meditar en que todo esto me había venido en un momento de cierta oscuridad, o, por mejor decir, cierto ocultamiento; el sol había desaparecido por completo y todo cobraba mayor vigor, ¡tal cosa no podía ser azarosa! De pronto, una palabra se me hizo presente: «asombro». ¿No era acaso la filosofía quien había hecho uso del concepto desde la antigüedad? Pues bien, preciso es decir que la radicación de la palabra es algo moderna y que adquiere en nuestra lengua una proporción inestimable; es una construcción propia del español. No existe algo como el asombro para los griegos, al menos no en la manera que signifique «acercarse a la sombra» o «ponerse debajo de la sombra».

Aminoremos el paso. Aztecas (Tonatiuh), mayas (Kinich Ahau), incas (Inti), egipcios (Ra), griegos (Helios y Apolo)… Cada pueblo de la antigüedad situó al sol como deidad, y en cada una de sus culturas puede observarse claramente de qué manera lo estimaban como regente, como dador de vida y como símbolo de la verdad. La luz solar fue siempre signo de prosperidad y certeza. Tanto es así, que en la propia tradición judeocristiana puede leerse, en Éxodo 33:20, la voz de Dios decir que «No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre y vivirá». Y casi por inspiración recuerdo los rezos musulmanes y judíos en los que se debe cubrir el rostro… ¡Pero basta ya! Tan solo quería llamar su atención, debía detenerme en esto para ir al punto. No me es posible ahondar más allá de lo dicho en este párrafo, todo gracias a que excede mis posibilidades y las de este artículo tan solo referencial.

 

 

A la vez que meditaba sobre la potencia abrumadora de la realidad —en el preciso momento en que todo se ensombrecía—, me resultaba claro un equívoco ya muy asimilado. Poco se considera que la luz, cuando es intensísima, nos ciega (por eso que el paralelismo con el sol viene muy a cuento). ¿No es acaso el paso cauteloso el que permite describir con mayor justeza el terreno? ¿Acaso no es cerca del equilibrio cuando nos es posible distinguir con mayor precisión las variaciones del ambiente? ¿No gana en sabor el alimento a medida que pierde temperatura? Cuando las cosas se extreman el discernimiento se vuelve defectuoso, pues, ¿quién notaría el aumento de lúmenes cuando la luz es total, lo mismo que notaría mayor ensombrecimiento en la noche cerrada? ¡No, no y mil veces no! La graduación tan solo es posible en un estado intermedio, en una posición rayana al comedimiento.

¡Esto es cardinal! Para acercarnos a la verdad debemos, en alguna medida, extraviar las nociones ya tan asumidas sobre nuestra circunstancia y despejar nuestra mirada, pero es un ejercicio que tan solo puede darse sirviéndonos del asombro; para mirar de nuevo debemos mirar con cautela y tibia luz.

¿Quién nos ha metido en la cabeza la idea de que por mucho alumbrar vemos mejor? Pues no hay que olvidarse tampoco de aquel antiguo personaje, Ícaro el volador, que por acercarse demasiado al astro mayor acabó precipitado hacia el vacío… Quizá la verdad se encuentre a la vera de sombríos parajes.

¡Debemos asombrarnos!