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Un día de lloviznas

Hoy ha amanecido nublado; algunas lluvias ocasionales cubrieron tímidamente la ciudad, pero afortunadamente el cielo continuó cerrado, decididamente oculto.

11/12/2021 21:29

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

Cada vez noto con más claridad el aserto del buen ginebrino que fue (¿o es?) Frédéric Amiel. Allá por octubre de 1852, nos decía:

«Cada paisaje es un estado del alma, y quien lea en ambos quedará maravillado al encontrar semejanza en todos los pormenores.»

No puede ser más cierto. Hoy me encuentro lábil, vago… me siento como presa de una atmósfera enrarecida que me reclama, me exige, pero a un mismo tiempo me libera con desdén… y yo quedo como flotante, sin saber qué hacer. Y ocurre que no es tan extraño como puede parecer, ya que también el cielo amenazó escampar algunas veces, permaneciendo luego con esa insulsa cortina blanquecina que daba la misma sensación de indeterminación que yo he manifestado.

 

 

Si volvemos a la cita de Amiel, establecemos algo seguro: cada paisaje —su noción también abarca al clima— es un estado que, en igual proporciones, acontece dentro de nosotros. ¡Pero cuidado! No ha dicho, mi buen amigo, que acaso cuando los estados son intermedios, inspiran irresolución y —por lo mismo— ostensible inquietud. Hoy ha llovido durante largo tiempo, pero con esa llovizna penosamente cadenciosa y finísima, que hace a uno desesperar. Y es que uno desespera porque no es tal lluvia; es como si no se decidiera a llover. Entonces de inmediato ocurre que mi sentimiento no se decide a manifestarse; no sabe, en rigor, qué demonios debe hacer.

Quizá lleguen a preguntarse si es preciso que el entorno exprese vivamente un sentimiento al que debiéramos corresponder, pero no es eso lo que me encuentro diciendo. Es claro que no se trata más que de un símbolo; el clima, el ambiente, no es más que un representante. Es un significante, nosotros somos los significados, y consecuentemente, los representados. Por lo mismo, me encuentro diciendo que puede despertar en nosotros un sentimiento específico y no que tenga que hacerlo.

 

 

Pues bien, yo he sentido una extrañeza incesante que me ha sumido en un peculiar estado de ánimo. ¡Qué irritación me ocasiona esa desvaída lluvia que se lamenta bajo un cielo tan soso! Porque no es como en otras latitudes en las que el cielo, al cubrirse, se impone con tremenda fuerza y es uno quien, al someterse, exclama: «Pues bien, ¡¿qué se le va a hacer?! Habrá que llevar paraguas; tendré que llamar un taxi; deberé salir más temprano», etcétera. No, aquí nos ocurre que debemos permanecer atentos a la veleidosa actitud del tiempo, que no se cristaliza y no parece querer hacerlo alguna vez.

Esto que digo es importante en verdad, porque también sugiere que de alguna manera sí somos cautivos de nuestras circunstancias (¡y pensar que tanto tiempo me opuse a Ortega y Gasset); estamos a merced del mundo que nos rodea y nos excede, ¡y de nada sirve escudarnos en nuestros fastuosos edificios, ya que no podemos aislarnos del mundo! Por más de que nos cubramos con la mullida y apacible vida hogareña, seguimos bajo un mismo cielo que nos somete a su voluntad ineludible. Basta mirar por la ventana, para que todo el afuera se inmiscuya como si hubiéramos dejado la puerta abierta a los intrusos (pero… ¿quién es el intruso de quién?).

 

 

Empero, al iniciar estas palabras —ya ven que hoy me encuentro como difuso— les comentaba que para mí era una cosa afortunada eso del cielo y su cerrazón. Y es bueno porque, al no encontrar suficiente espacio, al cerrarse el horizonte, uno refracta y se ve obligado a escudriñarse, a ingresar en sus secretos dominios. ¿Esto por qué? Es claro, porque cuando el ambiente se hostiliza, nos obliga al recogimiento, y recogerse es una inestimable manera de estar acompañado; es una inestimable ocasión de aproximarse. Uno, las más de las veces, permanece como exiliado de sí, y es quizá razón por la cual, al encontrarse, se despiertan tantas inconsistencias e inquietudes; que uno se encuentre como vago, como incierto. Sin embargo, no puede haber oportunidad más venturosa, ya que el peor pecado que podemos permitirnos es estar demasiado tiempo fuera de nosotros, ¡y tanto! que lleguemos a olvidarnos… Porque si hay algo cierto, algo que no varía según el tiempo, es que del olvido de sí mismo nunca pero nunca se vuelve.

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.