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¿Somos como los animales?

Desde el año 2019 viene hablándose con frecuencia sobre la llamada “cultura de la cancelación” (cancel culture), noción que ha tomado poderosa relevancia en los últimos tiempos, viéndose estimulada por la pandemia. Tal parece que las personas, durante el confinamiento, se han visto más prestas al escarnio sin el menor resquicio de culpa.

06/11/2021 22:24

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

 

Recuerdo haber comentado en la radio, hace pocas semanas, que el bueno de Javier Marías —hijo del reconocido filósofo Julián Marías—, había escrito un interesante artículo denominado Cuando la sociedad es el tirano. En el artículo Javier se muestra preocupado por la casi inmediata reacción de la gente cuando se adjudican la posición de expresar su disgusto y ejercer su juicio frente a cualquier situación que enciende los ánimos. Precisamente, hace pocos días fui yo la víctima de la exaltación de una oyente.

Trataba el caso del ahora famosísimo perro al que un grupo de muchachos dio de beber un trago de fernet. Mi posición era —y es— la siguiente: uno no debería elevar a los animales a la categoría de humanos; esto que digo se presenta ante mí como una obscena obviedad, pero para nuestros tiempos resulta todo lo contrario. El suceso mencionado es ocasión para que manifieste que atribuimos a los chuchos —que, por otra parte, me maravillan— una posición existencial que a las claras resulta irrisoria. Los animales no poseen, propiamente hablando, voluntad; no traman sus acciones en base a la prosecución de objetivos que involucren la responsabilidad y la moralidad, cosa que incluso ha sido tema de recientes investigaciones.

 

 

Podrán ustedes preguntarse qué caso tiene que los animales no posean los atributos más significativos de la voluntad, como si tal cosa no fuera suficiente, pero ocurre, gente apreciada, que es todo lo suficiente que se puede pretender, precisamente porque la determinación de lo correcto e incorrecto aquí vale todo. Somos los seres humanos los depositarios del bien, tanto como los depositarios del mal. El quid es este: la elección decidida que se orienta al bien es una potestad que tan solo nosotros podemos permitirnos, y es en realidad el fundamento principal que nos erige como comandantes de este planeta. Sin embargo, casi de súbito viene a mi pensamiento otra posibilidad... Estoy seguro de que más de una persona, llevada por sus emociones, se vería interpelada por mis palabras y sentiría un irrefrenable impulso por arremeter contra mí. Y tal cosa ocurrió cuando comenté el caso del perro en el aire de la radio. Una mujer visiblemente fastidiada, envió un mensaje increpándome por “minimizar el hecho” y por otros temas que no tiene sentido mencionar; pero sucede que lo hizo con gran desenfado ¡y lo peor de todo! aplicando una falacia, ya que en ningún momento minimicé el hecho, y sí —caso distinto— establecí mis parámetros y expresé en qué sitio del anaquel debía ordenarse (para mí, en uno de muy escasa altura).

 

 

¡Pero peor todavía! Lo que a mí me inquieta sobremanera es la hipocresía flagrante de la corrección política. Por un lado, se vituperan todo tipo de acciones, y por el otro, quedan sin atención hechos como la ingente cantidad de niños sometidos a “trabajar” —ya sea pidiendo monedas o vendiendo calcetines— por todas las calles del centro ¡y a cualquier hora!; o todos los otros niños que día a día veo adentrarse en la basura frente a la indolente mirada de la ciudad. Hay muchos casos, demasiados, pero cito aquí tan solo dos, como para que lleguemos a ver de qué manera nos implicamos en los acontecimientos (de qué manera nos acomodamos siempre en el sitio del mínimo esfuerzo). Yo no puedo decir que “me hayan cancelado” por mis comentarios, porque tal cosa jamás ocurrió, pero sí aseguro —y a las pruebas me remito— que en nuestros días cualquier persona no dudaría en perderme el respeto y atacarme con fiereza por un caso cualquiera, como si no fuese posible el disenso y el intercambio edificante, ¡o aún más! quizá se verían tentados a pedir un escrache público como ocurrió con los jóvenes del fernet… o vaya a saber qué más.

Todo porque los humanos hemos perdido nuestra categoría —nuestra dignidad— y hoy valemos menos que una moneda de cambio… Quizá porque nos hemos vuelto tan amantes de los animales que hemos comenzado a parecernos un poco a ellos.

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.