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¿Ponerse en el lugar?

Los entresijos de la empatía

27/10/2022 00:08


Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

He venido a evidenciar una falacia. Más bien, diría que se trata de una expresión equívoca que devino en falacia. Es esa frase manida que tanto se usa para hacer las veces de «empatía», aquello de «ponerse en el lugar de-». Trataré de ser breve y justo, cosas que las más de las veces son imposibles juntas.

Primero, los pondré en contexto. Ocurre que, hace algunos días, me encontré envuelto en una conversación en la que abruptamente se soltó un «la policía es un asco». ¡Ay, Dios mío, cuánto me aberra escuchar una expresión semejante! Pero esperen un momento, ¡¿de quién escuché yo un aserto tal?! ¡De un burgués! ¡¿Existe alguien que sufra menos la policía?! (¡Ah, pido por favor que no se impacienten! Todo será aclarado a su tiempo).

Recalemos en Julián Marías. El bello español solía establecer que existe una diferencia esencial entre situación y condición. La «situación» es aquella realidad en la que estamos instalados y, por lo tanto, una de tipo temporal; la «condición», en cambio, es aquello que somos y que, por definición, es inmutable (claro, eso siempre y cuando adhiramos a la noción de que lo que nos compone es inmutable). Pues bien, que aclarado esto —espero— podrán ver el punto al que tienden estas palabras.

 

«Mr. Screen», del escultor Vincent Browne. Representa a un acomodador, esa especie de policía del cine.

 

Ocurre que «ponerse en el lugar de-» suena incierto y hasta incorrecto. Ponernos en el lugar sería ponernos en situación de- y lo que nosotros queremos, si hablamos de empatía, es sentir y pensar como un otro; por lo tanto, lo que nosotros deberíamos decir es «ponernos en fulano», «ponernos en fulana», casi tanto como rezan las Escrituras: «Esperar en Dios».

Bueno, sucede que lo que a mí ha llegado a exasperarme en esta oportunidad es eso de que alguien, por el solo hecho de vestirse como un oficial, es por algún extraño designio «un asco». ¡Vaya cosa, vaya cosa! ¡Y eso que uno evita a toda costa el juzgar al mundo por su empaque! Casi podríamos bautizar una nueva falacia, la falacia ad vestire. Ahora resulta que un simple uniforme reviste de sentido a la persona humana. ¡Tanto me indignan estas cosas, pacientísimos lectores!

En rigor, hace ya algunos años, escribí un levensayo que denominé «Ser policía» y es una suerte de panegírico a los oficiales. ¡Panegírico, sí! Porque entiendo bien, yo —que he intentado con toda la fuerza de mi espíritu aquello de ponerme en otro—, que los oficiales en más de un caso —si no en la mayoría— han buscado el hábito de policía por una verdadera sed de justicia; las más de las veces, lectores míos, los policías son hijos de la marginalidad y buscan la tan alabada justicia que por siempre les fue vedada.

¡Lo sé! Irá alguno a decirme ahora que lo que digo no es cosa nueva, ¡allá ustedes con el onanismo de la originalidad! ¿No soy yo original? Entonces leamos —escuchemos—, por favor, al bueno de Pasolini, por allá, a finales de los ‘60 (y perdón por tan extensa cita; cita que, no obstante, vale un Perú):

«Los policías son hijos de pobres. Vienen de las periferias, campesinas o urbanas. (...) Miren cómo los visten: como a payasos, con esa tela rústica que apesta a rancho, galpones y pueblo. Lo peor de todo es, por supuesto, el estado psicológico al que los reducen (por unas cuarenta liras al mes): sin sonreír ya nunca más, sin más amistad con el mundo, separados, excluidos (en una exclusión incomparable); humillados por su pérdida de calidad de hombres por la de policías (ser odiados lleva a odiar)».

 

 

¡Sí, Pasolini; declarado homosexual, hijo de la izquierda! ¡No poco ruido despertó con sus airadas alusiones! ¡Y airadas con razón! A la sazón de las protestas del movimiento estudiantil que la emprendió contra los oficiales de la policía. Movimiento estudiantil hijo de la burguesía; burguesía, hija del privilegio, contra los oficiales salidos del campo profundo.

Insto con decidida voluntad a todos aquellos coburgueses míos que sustraigan de su discurso cotidiano la invectiva contra la policía, ¡que dejen de una maldita vez de allanar la humanidad de sus semejantes por un simple mameluco azulado! ¡Que se pongan en sus semejantes y descubran lo tanto que se parecen por su sola condición de hombres!

¡Gran humanista aquel que ve hombres a través de las cosas; a través de los uniformes! ¡Hombres a través de los uniformes!

¡Hombres somos todos!