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Mi padre hacia la vida definitiva

La obligada vida del más allá

05/08/2022 18:11

 

Por Alé Julián Sosa, Primer Aniversario de la partida de Jorge Sosa

«Piensa cuando escribas, ya que escribir es tu acción, en el público universal». Así me hablaría mi querido maestro si aún viviera; así me hubiera hablado si yo fuera aquel que le escribiera con pasión desbordante y acuciante sobre su camino y futuro. Pero, aunque no me las diera ex profeso, llevo sus palabras prendidas como oropeles suntuosos que me revisten y me anuncian.

Acontece, mis respetados y apreciados lectores, que es el primer aniversario de la muerte de mi padre. Es por eso que la frase y todo reparo nacen de una firme convicción: yo no quiero detenerme en «mi padre para Mendoza», sino que más bien quisiera hablarnos del hecho universal de la pérdida de nuestra vida… 

 

 

¿Ha sonado mal? A mí acaba de resultarme extraño. Sería yo mismo el primero en espetar un: «¡¿A qué ha venido este niñato envanecido a dictarnos lecciones tan pretenciosas?!». Pero no es tal cosa lo que ocurre. Yo, tanto como cada uno, no soy más que un circunstancial, inerme y desheredado espectador: miro la muerte acontecer como cada uno a quien todavía no acontece la muerte. Así fue que vi yo a mi padre en su lecho último; dejado del mundo.

Noté, ¡con qué claridad!, el grosero error de nuestros tiempos de creer que la vida no es más que una construcción histórica, modulada por algún que otro viento cultural; esas hórridas presunciones de que somos un resumidero de injertos imprecisables que nos forman contingente y aleatoriamente. En fin: puerilidades propias del siglo. Yo recomendaría con asumida solemnidad que cada persona mire al cuerpo yerto que ante sí se presenta despojado de alma y me diga si acaso lo que animaba el cuerpo, ¡el ánima!, era nada más que un sencillo ensamble de piezas ajustadas.

Nunca antes me había pasado aquello de mirar a mi padre y no verlo. Una leve sonrisa subrayaba tímidamente su faz, un sosiego indescriptible que le otorgaba una rara suficiencia. Parecía haber cerrado los asuntos, pero no se parecía a sí mismo. Concedo en que los gestos eran los suyos, pero él… ¡¿Quién era?! O mejor dicho: ¡¿Qué fue?! Porque a todas luces podía verse que papá ya había abandonado el recinto, dejando una pesada sombra como obsecuente entrega a los lívidos y metálicos salones de las salas de emergencias.

 

 

Nunca antes había sentido un asombro tan radical. Papá no estaba por ninguna parte y a su vez… Papá no se anunciaba, ¡todavía rosáceo su semblante y no! ¡Es por eso que la cháchara secular tanto me irrita! Mi padre no estaba y eso era un sello eterno sobre mi pensamiento, un portal ausente. ¡¿Quién ensambló esas sus piezas tan quebradizas?! ¡¿Quién enredó su madeja así tan a la mala que una sola puntada distraída la deshizo por completo?! ¡¿Y acaso se trataba de una madeja huera; madeja sin centro?! ¡¿Y a mí vienen a hablarme de que la vida esto y aquello, y la cultura y su historia, y demás añagazas?! ¡Claro! ¡Y por eso que hablo yo también! (Pero yo hablo con prenda de muerte).

Hubo un desasimiento milagroso, un evento fulminante y total… Recuerdo ahora, intentando alcanzar las palabras adecuadas, que papá dijo alguna vez que, al nacer yo, nunca me vio entrar; pues digo yo ahora que nunca lo vi salir. Según puede observarse, hay un no saber pleno de sentido al inicio y al final de la vida; una hondonada de común pertenencia que ha inspirado siempre las más variadas y estimables cosmogonías. Hay un dominio trascendente que nos instala y nos arranca; somos puestos en el mundo y somos proyectados. Papá se ha ido más allá del tiempo.

Quien quiera pensar que la muerte solo inspira pavor y que el pavor es la cátedra para la mística de los hombres, ha cerrado su corazón. Sería preciso decirle que jamás el miedo ha hecho ver a nadie y que ¡justamente! la muerte es un suceso que debe apreciarse con asombro día a día, año a año, hasta la muerte misma, para comprender con despejo y de una vez por todas que no existe la muerte, sino la espera. Papá aguarda, aguarda con holganza. Ya no hay lo que lo hiciera sufrir, nada que alcance a morderlo como fuera.

Papá ha alcanzado de una vez la vida, porque llegó al continente mismo.

Papá vive al fin, porque ya no existe nada que tenga por perder.