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La noche que elegí la belleza

En mi columna anterior les manifesté la intención de hablar acerca de la percepción de la belleza y aquí he comenzado con la tarea. No sin algún despiste ocasional, mantuve la idea rondando mis pensamientos y fue ayer que di por fin con la clave para dar curso a la temática.

23/10/2021 22:00

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

 

Fue a mis tempranos diecisiete años. El evento era la despedida de soltero del hermano de un muchacho que, por aquellos tiempos, era un gran amigo. La cosa se desenvolvía sin mayores sobresaltos —si no recuerdo mal, en el Club Petroleros YPF—, hasta que uno de los presentes —que, por otra parte, no eran demasiados— dijo: —Ahí llegan las chicas. Dos mujeres no acababan de llegar y casi de súbito ya se encontraban semidesnudas bailando para el «homenajeado». Yo debo decirles, lectores míos, que no debe extrañar que deje aquí asentado que nunca fui muy afín a ese tipo de prácticas, ¡incluso lo contrario! Pero es imaginable que no haya dicho gran cosa y que, pasivamente, haya presenciado todo el espectáculo

Yo debo decirles, lectores míos, que no debe extrañar que deje aquí asentado que nunca fui muy afín a ese tipo de hábitos, ¡incluso lo contrario! Pero es imaginable que no haya dicho gran cosa y que, pasivamente, haya presenciado todo el espectáculo.

Al cabo de unos minutos, uno arrojó la sentencia: ¡Bueno! ¡¿Quién va?!... ¡¡Ya tenemos a uno!! —vociferaba, mientras sujetaba al novio; a lo que este último respondió: —¡No, no! ¡Yo no, chicos!.. Que vaya otro. Y de inmediato el tipo posó con cierta pereza su mirada sobre los presentes. —Alé, ¡andá vos!y yo asumí sin inmutarme aquel destino mío.

Acompañé a la muchacha hasta uno de los baños. Los ojos pardos de... digamos que María —todavía sembrada en mi memoria— me miraban con algún dejo de sorna. —Bueno… ¿adónde querés hacerlo? Tirate en el piso y yo me pongo arriba.

Permanecí como entumecido por algunos instantes, hasta que pude responderle: —No, mirá… No hace falta, no quiero nada. En realidad acepté venir, pero no fue para esto. Su semblante tornó en uno de gran sorpresa. ¿Pero cómo «no querés»? Yo lo tengo que hacer igual, vine para esto —sin embargo, yo permanecí en mi posición.

Hablamos acerca de su vida y de la mía. Que yo no quería debutar de tal forma; que nunca me gustaron ese tipo de prácticas; que veía la situación como algo penoso. Ella me contó que tuvo que venir de Misiones para ayudar a un hermano con sus estudios y que, en verdad, si por ella fuera elegiría otro destino. También dijo que yo no era «de por acá», porque, al parecer, era la primera vez que alguien buscaba en ella tan solo el sabor de sus palabras.

 

 

Demoramos el regreso algún tiempo, para que parezca que todo había ocurrido como era de esperarse, y sin dudas hubiera sido un mejor escenario cualquier otro y no un baño público desolado, manchado por la mortecina luz de un listón. María mascaba su chicle y cada pocos minutos algunas palabras se deslizaban con suavidad huyendo de la moledura feroz (y pensaba yo en todos aquellos rumbos destinados al aplastamiento), pero algo ocurría y es, de alguna manera, inexplicable. Algo de lo bello aconteció allí, más allá de la patética experiencia.

Día a día escucho a mis semejantes rechazar con dureza las condiciones de la vida. La mayoría esgrime abundantes razones para descreer de la bondad y de lo bello; más de uno conozco que ante la posibilidad de lo excelso entremezcla la noción de que en este mundo nuestro acontecen cosas desfavorables y abominables, y que, por lo tanto, no vale la pena el goce si existe la mínima porción de crueldad. ¡Pero es que de tal cosa se trata! No niego lo abominable de la vida, y con estas palabras no busco justificar los vicios de nosotros los humanos, pero sí busco que leamos entre líneas. Lo bello se encuentra tan próximo a la vileza que las más de las veces se requiere un talento sobresaliente para identificarla.

Esa noche, la prostituta se fue intocada. Fui yo quien decidió privarla de un tacto sin objeto, pero esto no arregló su vida, como tampoco la mía. Habremos de seguir, los dos, nuestros trágicos rumbos (trágicos por inevitables), pero aquella noche ocurrió que nos encontramos, fuimos próximos desde nuestros mundos distantes; fuimos cerca en un mundo de lejos… Pero yo quisiera hablarles todavía de la percepción de la belleza, aunque no puedo más que aconsejarles la detención y que, si tienen la oportunidad, se aproximen a ella y le hablen… que miren a los ojos pardos de una muchacha, digamos que María.

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.