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La bondad nunca es demasiada

Que la bondad siempre pervive

28/06/2022 22:39

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

Según mi buen amigo personal C. S. Lewis, a una época libertina siempre se le opone el puritanismo. Quiere decir, mi querido Jack, que el «puritanismo», que es lo mismo que decir «demasiado remilgo», sería una suerte de fingimiento que se sirve del temor. Vamos a aclararlo todavía. En resumidas cuentas, el británico nos dejó dicho que, en las épocas más desenfadadas —y que por lo mismo pretenden extender sus vicios hasta lo impensado—, la oposición a los excesos, o incluso la práctica del bien, suena a artimaña, y que en el mejor de los casos no es más que propia de los débiles y los idiotas.

Épocas semejantes hemos de atravesar ahora, porque yo mismo me he visto en la posición de decirme: «Alé, ¿no estarás siendo demasiado bueno?». ¡Demasiado bueno! ¡Vean ustedes qué desagradable inquietud! Ocurre que no sé bien en qué estadio uno ha dejado de ser simplemente «bueno» para pasar a serlo demasiado. ¿Importa acaso? Y ustedes quizá se pregunten qué sentido tiene considerar cosas semejantes, ¡pero es que lo tiene! Lo capital aquí reside en el hecho de estimar tal cosa posible, estimar que uno puede excederse en la bondad. Tal pregunta, queridos lectores míos, encierra una fatalidad, pues la sola naturaleza de la pregunta acusa que desde un comienzo no ha habido bondad, ya que la bondad jamás dudaría, ¡y tanto menos de sí misma! ¡Ya ven ustedes qué tanto debemos conceder con Lewis!

 

 

Hace pocos días, tuve una entrevista laboral, y aconteció que —mal que pueda haberme hecho— fui muy yo mismo; o, por decirlo de otra manera, me transparenté. Pero el caso es que considero una impiedad eso de ser excesivamente meticuloso para ofrecerse; digo, imaginar de qué manera sería más correcto presentarme y no el presentarme como soy (que es lo correcto). ¡Claro! Alguno de ustedes estará pensando que no se trata de tal cosa, sino de no ser ingenuos. ¡Pues bien! Permítanme recordarles, y es cosa que creo haber mencionado no hace mucho, que ingenuo (ingenuus) significa ser libre, pero acaso también ser puro, y que ser puro es ser limpio.

Si acaso fuera yo un limpio, ¡¿qué cosa tendría que reprocharme?! ¡Ah, pero se me reprocha! ¿Quién no dirá más temprano que tarde eso de «usted será todo lo limpio que quiera, pero no puede negar que hay siempre que mantener algo de suspicacia para su propio bien»? ¡Vaya cosa! «Para mi propio bien». Pero tanto me sucede aquello de pensar en la famosa admonición: «Con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido». ¡Ah, pero ya suena la terrible música! «¡Puritano, puritano! ¡Que esas son cristianerías!».

¡Cristianerías sean entonces! Tanto mejor para quien anda con paso dócil y mullido. ¡¿Qué cosa aprovecharía yo abriendo el fiero vórtice de la sospecha?! ¿No sería acaso tragado por sus histéricas fauces? No hay que olvidarse nunca de que aquel que desconfía se desconfía primero, y nada hay que sea peor que andar abandonado de uno mismo.

 

 

Todo esto es algo que incluso puede ponerse en términos económicos. Tiempo hace que a Sócrates le guerreaba aquel Calicles —esa antigua versión del decimonónico Nietzsche—, sosteniendo a capa y espada que peor es sufrir el mal que cometerlo, a lo que el buen ateniense respondería revirtiendo la fórmula: peor es cometerlo que sufrirlo. Veamos, el mal es cosa palmaria, sabido es que el mal es insoslayable, y es este el motivo suficiente para inclinarnos a añadirle nuestro bien, aunque creamos que con ello no hacemos gran cosa.

Y no se me escapa eso de que parezco estar haciendo el bueno por el solo hecho de evitar una posible reprimenda por evadir la advertencia aludida. Sin embargo, no se trata de eso; ni hago el bueno ni procuro evitar una condena. Tan solo creo que hay demasiada tozudez y una todavía más profunda inquina del mundo hacia el mundo, y yo no quiero ser otro que agregue su palada de tierra. Me prefiero con la pala en mano y desescombrando, desescombrando o preparando el terreno para los nuevos cimientos a fuerza de bondad y de confianza. No por miedo ni afectación, sino porque vendrán otros mañana; otros que merecen gustar la vida y creerla. Porque la vida vale la pena y vale la bondad, y porque la bondad prevalece…

¡¿Quién demonios recuerda a Calicles?!