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La bicicleta y la soledad

La noche, el invierno... la tristeza

21/08/2022 23:36

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

A veces, en los días más fríos, me da por recordar aquella frase de Galeano: «Soy mi cara en el viento, a contraviento, y soy el viento que me golpea la cara». Así pensaba yo, sumido en la oronda noche de un domingo sin porqué. Esperábamos con Johana el colectivo que nos devolviera a la ciudad, rodeados de una heladura feroz que por todas partes nos asediaba y hendía despaciosamente nuestras carnes.

«¡Qué soledad, qué nostalgia tremenda inspira el campo en los helados días invernales!», decía mi amada en una dolida exhalación. ¡Cierto, amor mío! ¡Cuánta nostalgia! Fue entonces cuando lo vi pasar renqueando por un costado de la calzada. Un hombre algo desastrado caminaba con paso triste, acompañado de un morral y una bicicleta que parecía encontrarse a segundos de caerse a pedazos. Al pasar dejó a su lado un doble peso de silencio; todo se conturbaba a su paso como si fuera un verdugo impiadoso o un mártir descarnado. Pero en verdad solo vagaba, vagaba dejando una estela de abandono y amargura, de tristeza fiera.

 

 

De pronto, recordé Ladrón de bicicletas, esa magnífica película de la posguerra italiana. ¡Ya en el lejano mundo bicolor se emparejaba el mentado vehículo con la condición del lastimero! ¡Una bicicleta lo es todo y todo puede ser tan poco! (Viene a ocurrir que vuelvo a encontrarme las palabras: «Tan poco», ¡¿cómo puede lo poco ser tanto?!).

No nos miró siquiera y pasó como encandilado por alguna ceguera; sus ojos rasgando algún vacío. Imaginé que tan solo faltaba que un perro esmirriado le siguiera el paso cadencioso olisqueando aquí y allá, rebuscando en los ocasionales desperdicios. ¡Era una imagen tan cliché, tan prototípica!  Parecía nada más que un montaje. ¿Acaso alguien había ordenado los actuantes? ¡¿Cómo era posible que, frente a nosotros, se desplegara una escena tan clara?! Por eso no es de extrañar que haya pensado que quizá fue la Vida quien quiso decirnos algo al oído.

He de confesarles… Hay veces en las que llego a meditar con decidida seriedad en que Dios ubica a individuos que no son tales. Si se quiere, entidades, mensajeros (alguno podría adecuadamente llamarlos ángeles, atendiendo cuidadosamente la raíz del sustantivo) que se encuentran allí para recordarnos alguna cosa. Uno tiene la feliz sensación de que se trata de visiones y no de almas desgarradas; que son hitos que nos indican una dirección nueva: el detenimiento. Uno llega a pensar que no puede existir tal desamparo y que eso que uno mira es un reproche hacia la propia indiferencia; una voz (curiosa la manera de hacerse oír) que nos recuerda nuestra parte en el conjunto, nuestra responsabilidad por el deterioro del mundo. Una voz de sirena que nos arranca del mástil de la cómoda y soporífera vida.

 

 

¡Cuidado! Su servidor jamás ha declarado que no existe la ignominia y la asolación (¡y acaso lo contrario!). No dudo siquiera por un segundo en la existencia de la pena y el desconsuelo, pero sí digo en todo momento que no son un destino en sí mismos y que de alguna manera estamos llamados hacia parajes más elevados. Tan solo he dicho que por momentos llego a pensar que algunas de esas situaciones que me sorprenden y sustraen de lo cotidiano son el signo de un deber y, sobre todo, de un mandato: no adormecerme; mirarlo todo con tocadora mirada.

Ustedes lo saben, quienes escribimos debemos ser primero, antes que nada, excelentes observadores. Quien escribe da cuenta y razón de sus avistamientos (y sabemos lo bastante que mirar también se mira con el corazón). Hemos de ser testigos incesantes y escribientes irrenunciables; tenemos la tarea de canalizar y fijar los diversos arreboles de la realidad. Y por esto que puede parecer que uno mirando no hace gran cosa y que tan solo se trata de un pasatiempo voyerista, ¡pero nada! Que yo, gracias a ese designio, he podido traerles al hombre sinuoso y su caminar vencido, que vengo aquí a alumbrarlo para que podamos desentrañar juntamente el raro misterio de por qué a la soledad más rotunda, fría y lacerante se le da por pasear en bicicleta, a un lado del camino, los domingos por la noche.