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El ruido, la ciudad y el silencio

¡Exactamente! ¡No podía haber cosa más oportuna! ¡Acaba de ocurrir! Ni bien me he dispuesto a la plasmación de estas líneas cuando un vehículo lanzó su detestable aullido. Prendido a la bocina, que parece como salida del mismo infierno, un fervoroso conductor hizo su descargo como si acaso todos fuésemos culpables de alguna cosa. ¡¿A qué viene tanto alboroto?!

28/11/2021 00:15

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

 

Con mi padre solía conversar acerca del extraño —por decir poco— fenómeno citadino. En verdad tocábamos más de un aspecto de las urbes, pero era cosa común decantar más tarde o más temprano en el hecho de la insoportable sonoridad que habita las ciudades. No era inusual que, ni bien nos sentábamos para degustar algún café, un descocado conductor atravesara la calle a toda velocidad con un estrépito endemoniado. Papá quedaba algún rato atendiendo la estela infernal que el sujeto dejaba a su paso y, acto seguido, meneaba la cabeza con resignación. ¡¿A qué viene tanto escándalo?!

 

 

Desde pequeño he mantenido la idea de que la gente que soporta mansamente el ruido escandaloso, o incluso aquella gente que disfruta generarlo, debe encontrarse en una no menos ruidosa existencia. Pasaba largos ratos observando a algunos compañeros que, mientras se encontraban frente a la computadora con visible calma, propalaban con sus auriculares una música imposible a todo volumen. ¡¿Cómo podían soportar ese furioso y punzante bullicio?! Fue siempre un misterio para mí, aunque mi presunción parecía entonces más evidente: no lo soportaban, ya se encontraban en él.

Ustedes disculpen, sé que sueno —como tantas veces— algo rudo, pero mi pensamiento no alberga animosidad alguna, es más bien un entramado lógico de razones. Como el pez que no sufre su elemento, antes al contrario, lo precisa, así imagino yo a todas esas personas que no saben escuchar el silencio, y que todavía menos procuran cultivarlo. No se trata de que pretenden inquietar a sus semejantes, ellos se encuentran inquietos desde mucho antes. ¿O se trata acaso de que prefieren no saber muy bien dónde se encuentran? Y pregunto esto porque para semejante orientación es preciso permanecer bien atentos, atentos todo lo posible sin perder detalle, ¡viviendo al detalle incluso! Pero no... tienen como una sed de sonoridad.

 

 

Sin dudas el silencio es una verdadera fuente de conocimiento, y lo es en tanto resulta también una fuente de descubrimiento —y ambas cosas son concomitantes—. Recuerdo que, cuando era pequeño, mi madre muchas veces me decía:  «¡Sh! ¡Despacito, que el papá está escribiendo!». Y claro, para escudriñar en la geografía del pensamiento es preciso el recogimiento y tal cosa nos viene imposible si a cada momento se entrometen en ella guitarras, cantos, gritos, bocinas, frenadas, etcétera. Y ahora que soy yo quien escribe, debo soportar, aquí en mi altillo, cada pocos minutos, una motocicleta que pasa como un relámpago horizontal; los conductores que atizan la bocina con furia; los gritos de aquellos que se trenzan en disputas… en fin. Y yo, de un respingo, sacudo mi cabeza como si despertara de un bello sueño, alzo la vista y, luego de algunos minutos de confusión, con el mayor cuidado del que soy capaz intento regresar nuevamente a aquel sitio del que tan violentamente me arrancaron.

 

 

También pienso, aunque sea algo que preciso tratar en otra columna, que las ciudades son una exteriorización de lo que habita dentro de nosotros, por eso en verdad no me resulta del todo extraño que seamos tan proclives a esta bulla terrible. Somos un crisol de urgencias —y, como ya he dicho en otra oportunidad, una sucursal viviente de atención al público—, que nos obliga a encontrarnos en todo sitio y a todas horas, sin descanso; que debemos cumplir la temible agenda de los nuevos tiempos; que la tecnología avanza y nosotros le perdemos el paso… ¡Es claro! ¡¿Cómo hacer audible la queja si todos, encaramándonos a esa ridícula babel, nos ahogamos unos a otros?! ¡Y pues, generando más escándalo!

¿O será que el ruido es más bien cómodo; que quizá no se trate de no poder escuchar sino de que no lo queremos? No lo sé… simplemente ocurre que hoy, como tantas veces, si existiera el mando del volumen universal, quisiera bajarlo unos puntos, y por qué no silenciarlo. Porque quizá nos estemos perdiendo algo importante. Y no sería descabellado imaginarlo, ya que, para escuchar completamente, para escuchar todo lo posible no hay cosa mejor que el más perfecto silencio.

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.