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El exprimidor y la verdad

Idear la realidad es matarla

19/07/2022 19:18

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

Hoy, me encuentro algo divertido, y quiero hacerles notar de primeras que es cosa infrecuente cuando debo escribir; digo, es infrecuente que llegue a encontrarme absorbido por un estado anímico semejante cuando me llega la hora de escribir. Esto… incluso es algo que me produce una gran curiosidad y que me ha brotado de forma espontánea. No había yo pensado en decirles algo semejante y ahora se me crece una duda. ¡Una duda terrible! ¡¿Soy demasiado serio al escribir?! ¡Qué pavorosa pregunta! Que serio es «grave» y grave «pesado»... ¡¿Soy demasiado pesado?! ¡Dios mío, qué terriblemente alumbradora puede llegar a ser la literatura! (¿Era yo quien anhelaba devenir escritor?).

En fin, el hecho es que pretendía poner de relieve algo que ya muchas veces he mencionado. Se trata del hecho de presumir la realidad, el terrible equívoco de pensar que hemos visto lo que veremos (y no, no estoy hablando precisamente de la fe, que en rigor trabaja con esta lógica que me parece acertadísima). Me refiero a eso de «dar por sentada la existencia», aquello de que no hay sorpresa alguna que espere por nosotros porque «ya conocemos de qué va la cosa». Esas futilidades —pecadillos furtivos— tan cotidianas que uno se dice a veces y que, ¡oh paradoja!, ya sabemos de qué van.

El caso es el siguiente. Hacía algunos días que con Johana no podíamos encontrar el cono de prensa —nombre que debo por entero a la elaboración de esta columna— de nuestro exprimidor; por mejor decir: el cosito que utilizan los exprimidores para quitar el jugo de la fruta; el artefacto sobre el cual uno gira la fruta. (Ya ven). Pues que el tan conocido adminículo blancuzco brillaba por su ausencia; no se encontraba por ninguna parte. ¡No había remedio, el maldito había desaparecido por completo!

 

 

Pasamos algunos días rebuscando en diversos sitios para encontrarlo, pero no obtuvimos resultados alentadores (y es preciso que remarque el hecho de vivir en un departamento más bien pequeño). Sin embargo, un servidor consideró que ya era bastante, que no podía haberse ido caminando hacia ningún sitio y que, si tal fuera el caso, debería haberlo alcanzado más pronto qué tarde, ¡que no le pueden crecer patas muy grandes a un objeto de diez centímetros de altura! Así las cosas, siguió sin aparecer.

Ocurrió, empero, que —en medio de un particular estado de entusiasmo— decidí revisar los cajones antes escrutados, convencido de que el maldito permanecía resguardado en alguna parte. ¡Y así fue! Volví a abrir el cajón de los cubiertos y, dando un vistazo rápido, lo vi. ¡Allí estaba el cosito rojo!

Yo terminaría aquí mis palabras si no fuera que, como bien hice notar algo más arriba, era «blancuzco» y no rojo; yo me encontraba buscando un artefacto blanco. Fue cuando me volví a Johana y le dije: «¡Amor! ¡¿Vos estabas buscando un exprimidor blanco?!», y ella me respondió algo sorprendida que «sí». 

Aclaración: Este fenómeno de la rara y muy recurrente simbiosis que tenemos Johana y yo en cuanto a nuestros pensamientos, no puede ser comentado aquí porque me llevaría demasiado tiempo dejarlo claro (y creo aun que yo mismo no lo tengo del todo claro luego de tantos años).

El caso, mis amables y pacientes lectores, es que nunca dimos con el aparatito, que nunca encontramos el cono de prensa porque lo pensábamos diferente. Sí, lo concebíamos otro y es por ese motivo que, al aparecerse rozagante frente a nosotros, no podíamos percibirlo. «Lo  blanco», aquel constructo, forjado por un vago pensamiento y un todavía más tonto recuerdo, nos hizo perder una porción evidente de la realidad.

 

 

Esto llevó a que me preguntara con —ahora sí— absoluta seriedad si acaso no ocurrirá cosa parecida con la verdad. Porque, ustedes habrán de perdonarme, pero yo no soy mucho de pensar aquello de que la verdad es propia de cada uno, y a otra cosa mariposa. ¡No y no! Sin embargo, quizá nunca lleguemos holgadamente hasta la verdad porque la pensamos otra, más parecida a nosotros que como a ella misma; y que quizá solo se trate de abrir bien los ojos… de estar muy atentos. Que no por mucho buscar mucho se encuentra, ¡y que lo de la verdad unívoca es posible! Al fin y al cabo, vivir se tata de posibilidades, de la posibilidad futura. Y no hay nunca que olvidar que la idea fija mata la posibilidad.

¡Lo que debe morir es el prejuicio!