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El cielo de los crédulos

Extensa se haría esta columna si me propusiera yo aclarar aquí el por qué de lo que anhelo comentarles, pero no dispongo de suficiente espacio (¿no lo sugiero acaso muchas veces?). Con esto digo que deberán tener confianza en mí o deberán investigar rigurosamente por su cuenta

09/05/2022 12:28

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

Todavía espumaba la cerveza y yo contemplaba el vaivén de su mirada, oculta tras una tímida cortina de lágrimas. Hablaba con una emoción que podía notarse si uno prestaba una atención delicada, y así ocurría. Era la primera cerveza íntima desde la llegada de mi amigo, quien se encuentra de regreso por un breve lapso. ¡Hacía ya casi tres años que no veía su rostro vivo! Hablamos mucho de poco, como suelo preferir; abundamos con claro amor en las vidas que llevamos a cuestas.

Como todo aquel que ha buscado su destino en lejanos parajes, el retorno es siempre desconcertante; uno no sabe qué suelo se encuentra pisando porque —y con jocoso tono heracliteísta— el suelo y uno han cambiado. La reservada fotografía que uno llevó consigo se ve poco menos que engañosa a la hora del regreso: algo se encuentra fuera de sitio… todo ha mudado su naturaleza. Ese anclaje al mundo propio, ganado a fuerza de cotidianidad, ya no existe; uno se ha librado de la sujeción del ambiente y, variando el paso, se ha perdido por vergeles inexplorados.

 

 

Él se reprochaba, congojado, haber sido «un idiota». Al ver hoy con su límpida mirada ese que fue ayer, no podía dar crédito al hecho de haber sido «tan crédulo». Yo continuaba observando sus ojos bailarines que en nada se posaban, que se andaban buscando (¡qué interesantes resultan las expresiones del cuerpo cuando el espíritu se revuelve!), y me enternecía. Me enternecía porque yo he sido un poco él; también me fui y regresé, y también he sido un desengañado. Recordé entonces que hace tiempo me había propuesto escribir algo acerca de la credulidad.

Particularmente, fui víctima de un execrable, de un inadjetivable sujeto. Me engañó y manipuló por al menos trece años. ¡Imagínense qué terror se apoderó de mí cuando descubrí la treta! El proceso de rehabilitación estuvo cubierto de hiedras con espinas, y en cada rozamiento una retahíla de «estúpido, imbécil, ¡crédulo!» me hería los flancos. Pero, en aquel entonces, todavía ignoraba la verdad que no hace mucho he descubierto; ignoraba yo que todo aquel que cree con absoluta entrega no puede nunca ser considerado un imbécil y que, en cualquier caso, ser crédulo no es un insulto.

 

 

Extensa se haría esta columna si me propusiera yo aclarar aquí el por qué de lo que anhelo comentarles, pero no dispongo de suficiente espacio (¿no lo sugiero acaso muchas veces?). Con esto digo que deberán tener confianza en mí o deberán investigar rigurosamente por su cuenta. Me refiero, claro, a que vivir es querer y que ese querer es un creer. Vivimos lanzados hacia el futuro, ese futuro que no conocemos pero esperamos alcanzar, ese futuro que buscamos porque lo hemos supuesto. Por lo tanto, quien más cree en el mañana más vive, aunque acaso viva en error.

Esto se aclara todavía. Si, por sincera entrega, por amor a la vida (por amar) uno se deja en manos de otro, no hace ni más ni menos que un altísimo voto de confianza. Esa ingenuidad —que ‘ingenuidad’ es pureza— acusa tan buena voluntad que, mucho más allá de la suerte del sujeto, ya se ha granjeado alguna porción de eternidad; digo, ya ha justificado en alguna medida su paso por el mundo, porque dio sin esperar. Se entregó con abnegación, esto es: se dejó en las manos del destino. Y, si acaso vivir es creer vivir, no existe cosa mayor que vivir creyendo.

No, no piensen que soy tautológico. Si la vida es en alguna medida una proyección, acaso corra mejor suerte quien más ilusión ponga en su futuro, y si esa persona imagina tanto que llega a vivir un sueño, ¿quién podría cuestionar su realidad si viviéndola la siente? Pues acaso creer no sea otra cosa que crear. Y yo sé que podría estar confundiéndolos, o puede parecer que soy yo quien se confunde, pero les ruego —como tantas veces, ¡y ahora más que nunca!—: ténganme confianza.

Lo que digo con todo este palabrerío es que el reproche autoinfligido de los desengañados es las más de las veces indebido. Nadie debería achacarse ser demasiado creyente, porque vivir es esperar el mañana y la única anticipación posible es creerlo, creer que llegue a existir. Pueden decir de los crédulos lo que sea, pero, como he dicho, si de algo estoy seguro es de que ya se han ganado una porción de cielo.

¡Sí, yo creo en ellos!