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¿Cuándo somos nosotros?

Aparecerse de incógnito... conocerse

06/09/2022 23:55

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

No han sido pocas las veces en las que he sentido cierta duplicidad. Léase esto que digo como si les dijera que sufro un desdoblamiento, pero uno más bien inconsciente. Yo paso desapercibido de mí mismo, pero ando trabajando… mejor dicho, un yo otro anda trabajando de puntillas a mis espaldas.

Esta sintomatología me ocurre desde que tengo memoria, y puedo asegurarles que, aunque lejos de un diagnóstico preciso, no falto a la verdad. Es todavía más claro cuando paso largos periodos de tiempo ofuscado por una obligación ineludible y más tarde me veo brioso y lleno de dádivas —frutos pulposos—, como si acaso hubiera labrado las eras de mis pensamientos.

Vean esto que digo. A veces voy a dar con que he comprendido cabalmente las palabras de algún eminente pensador, ¡incluso llego a tener diáfanas ideas!, pero me vienen en momentos de relativo letargo en los cuales dejo caer mi cuerpo estorbo y suelto la mandíbula —la boca triste— como un viajero perdido; no llego a quedar del todo embotado que, ¡zas!, me aguija una idea intrusa. Por eso que alguna vez escribiera: «¿Quién trabaja dentro de mí cuando declinan mis fuerzas?».

El hecho es que, de alguna manera, vivo doblemente y esto me lleva a considerar que implica un doble agotamiento. Entonces recuerdo al bueno de Byung-Chul Han con quien, valga decirlo, no concuerdo en todo, pero por eso que lo recuerdo y también a su Sociedad del cansancio, ese bello y acertado ensayito en el que nos canta que la sociedad de control ya no ejerce su coerción desde afuera: ahora la llevamos propia, dentro de nosotros. Hurgando nuestras entrañas va drenando nuestras fuerzas un autocontrol furibundo y una exigencia de rendimiento endógenos. Nosotros somos los agentes del sometimiento; hemos aprendido tan a la letra eso de ser eficientes que hemos devenido en capataces insensibles (que no sienten ni se sienten).

 

 

Es cierto, no deja de resultar en algo satisfactorio eso de recibir la ayuda del otro extraño que soy; quiero decir, es reconfortante saber que mientras uno vigila incesantemente el discurrir de la vida que siempre se le escurre, cuente a su vez con un benefactor que llega en su reemplazo al momento exacto. Pero no puede ser un ejercicio sano, y es de esperar que más tarde o más temprano la convivencia resulte insoportable…

Al punto me llega una exclamación (¿ya ven lo que les digo?): «¡Quisiera conocerme!». Sin embargo, ocurre que, desde cierta perspectiva, ya no logro saber quién le habla a quién y tampoco si mis palabras son movidas por un genuino sentimiento de curiosidad o por una nueva treta de mi faceta productiva. ¡¿Cómo puedo estar tan seguro de no querer conocerme para mejor exprimirme?! Si me ha sido posible permanecer tanto tiempo a merced de mí mismo, ¡¿cómo puedo saber que todo esto no es más que otro intento por someterme, otro vil engaño para mantenerme controlado?!

Aunque podemos darnos el permiso de verlo de otra manera. Quizá uno, en los momentos del salvataje imprevisto, no viene hacia sí, sino que la Vida le viene. Quizá encuentra que más bien se trata de una porción de la existencia que ha dejado relegada por mantenerse ocupado en minucias. Quizá no sea más que eso a lo que Merton llamaba «contemplación», un encuentro con la fibra misma de la Vida que rebosa de artilugios y beneficencia. Así, iré  a buscar en mis estantes…

Si uno revisa levemente las obras de Merton puede encontrar algo como esto: «La contemplación es la más alta expresión de la vida intelectual y espiritual del hombre. Es esa misma vida, plenamente despierta, plenamente activa, plenamente consciente de que está viva. Es portento espiritual». Si uno lee cuidadosamente, despaciosamente, irá encontrando en esto más de un grado de sentido.

 

 

Tal vez ese otro que me siento no sea más que un verdadero yo que posa de incógnito hasta que la sofocación por mi vida cotidiana afloja a tal punto mis fuerzas que no tengo más remedio que permitir su capitaneo… y por eso que quizá se trate de la versión más fiel de mí mismo, ya que emerge cuando las armas y las defensas reposan. Tal vez…

Es por todo esto que me he propuesto no dejar pasar la próxima oportunidad. El día de mañana, cuando me venza la rutina nuevamente, procuraré estar atento aun al borde mismo del sueño para mirarlo de frente y preguntarle:
«¿Quién soy yo?».