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Carta a mi Argentina

Cuna de dolor y ausencias

08/07/2022 16:29

 

Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

No puedo decir con verdad que alguna vez pensé en escribirte. Quizá, sí pueda decir que he pensado en escribir en vos, o desde vos, que llegado el caso viene a ser una misma y sola cosa. Alguna vez, coqueteé con la idea de jamás volver a verte, pero al cabo de un tiempo (no mucho incluso) acabé por persuadirme de lo contrario. Sin embargo, me he ido, ¡claro que lo he hecho! Y te he visto de lejos… ¡Ah, cuánto me solazaba yo en la distancia, viéndote ardida como siempre! De lejos, yo me sentía como ignífugo; que, de lejos, ese calor tuyo tan insoportable, calor de urgencias y abyecciones, ¡calor de algún círculo infernal!, se notaba escaso y pueril. Chispas, tal vez, de entorpecidos engranajes; pero no quemabas… no quemabas. Y yo me regodeaba en un rictus de alegría (pero doloroso y mancillado); solo, luciendo una acibarada risa de revancha. ¿Quién no se ha creído mejor desde un exiliado reposo? Pero… ¡¿no es acaso el más fiero signo de la culpa?! Así yo, que ahora presumo del regreso.

¡Yo te veo, querida cuna maltratada; ahora en tu suelo! Suelo cansado y yermo; pasado mentido y nebuloso… ¡¿Qué forma es la tuya, Argentina?! Te pienso y te prefiguro, aunque ninguna imagen te resulta al cabo. ¡¿Cómo haré yo para encarnarte en mi pensamiento, así tan desvencijada?! ¡¿Y podría recomponerte?! ¡¿Podrías acaso?! Yo casi te construyo anegada en una sima, rajadura infeliz de tu suerte... allí, tan penando.

¡¿Limosnas?! ¡Así es! Te imagino suplicante y del todo abandonada a la mendicidad, ¡pero me encuentro las palabras!, y es también que te veo presa de la mendacidad. Mentirosa e innoble… ¡¿Qué te has hecho, Argentina?! ¿Qué sos? ¡¿Y quién yo, que te hago en parte?! ¿Qué cosa te soy?

 

 

…«desvaríos», algo que bien podrías pensar. ¡No! Acaso un lloro de amor ajado. ¡Has devastado ese mi amor tan niño! ¡Cómo quisiera yo encontrarte en alguna parte, no ya tanto evocarte en vano! Me clavaron en vos como un guijarro a un campo de muerte; soy yo un adorno mustio de tu faz mustia. Veo declinar los días como porque sí. ¿Total? «Será mañana, hijo; ¡mañana será cuando!». ¡Yo he visto a mi padre caer de bruces en tu espalda, patria maldita! 

¡Ah, te hablaba mi padre! Tal cosa recuerdo. ¡Cuánto te habrá dicho aquel hombre corazón de pueblo! Mi padre, corazón de flor. Te hablaba día a día, arrebujando sus palabras en tus pies, y vos… ¡al cobertizo y ya! ¡Afuera, afuera! ¡Que te rebotaban las palabras llenas! ¿Hay oídos en tu cuerpo informe, Argentina? ¿Alguien, cuando dice, te habla? Muda de realidad y basta, siempre basta. Llena de tanto viento.

Hace años que medito delicadamente en los tantos espíritus que se lloraron por sus pueblos. Whitman, Exupéry, Camus, Hesse, ¡nombres tan altos quisieron engrosar las filas de los ejércitos! ¿Cómo pueden, varones tan delicados, aprestarse al frente de batalla? ¡Algo ha de haber! ¡Alguna verdad acaso! Yo, de alguna manera tampoco, ¡no puedo permitirme el desaire! No puedo encajarme el sudario de la indiferencia. Yo me necesito en tus filas… Vas como cayéndote siempre y yo, como por embrujo, me yergo; me planto. Y hasta puedo decir que de cierto me he vuelto insensible a las llamas de tu hoguera. ¡Ay, mi Argentina, ya no llorás siquiera y el fuego te abarca por el talle!

 

 

No sé qué decir y es por eso que mis palabras dan traspiés. La confusión es cosa tan real que se me llega hasta las letras; se me cae sola y acampa a la espera del sentido… pero no es dueña de sí misma. Yo no lo soy tampoco. ¡Y es que no soy dueño si no lo somos juntos, si no nos enseñoreamos! ¡A mí me fijaron en vos para ser juntos y no para cejar en la tarea! ¡Pero necesito mucho que me respondas! Hoy, que tan cansados mis semejantes… necesito que vuelvas tu mirada y me digas, que nos digas: ¡¿Vivís todavía?!

Argentina mía: ¡¿Respirás acaso?! ¡¿Volverás en ti?!

No soy tan solo yo quien necesita una respuesta, tampoco el único que precisa certezas. Este pedido desesperado —esta ensoñación arrebatada—, son las últimas ascuas que puedo granjearme, el último enardecimiento posible. Si has de volver, si quisieras intentarlo una vez más… si acaso un suspiro te resta, por favor: hacémelo saber.

Prometo difundir la noticia con el último empuje de mi sangre.