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Bregar por la tolerancia

No dañar; no dañarse... aunque nos dañen

16/10/2022 23:13


Por Alé Julián Sosa, Especial para Jornada

Hace algo más de una hora, concluí una conversación sobre la tolerancia y es hasta ahora que les escribo que no logro salir de cierto… estupor. Ocurre que la tolerancia es material de muy difícil trato, es harto huidizo. Principalmente, esto ocurre porque al ser un concepto tan amplio es muy proclive a la deformación oportuna, tendenciosa, aprovechada.

«Tolerancia» nos llega del latín transitivo tolero y, como todavía la usamos hoy, la palabra significa cargar, soportar, llevar, pero también sufrir; de aquí la tolerātio que puede definirse como «capacidad para el sufrimiento». Por eso que a uno le vienen a la memoria las tantas alusiones estoicas que, hace ya algunos años, veía tan interesantes e inspiradoras; esas expresiones de un, por ejemplo, Séneca:

«Marchítase la virtud si no tiene adversario, y conócese cuán grande es y las fuerzas que tiene cuando el sufrimiento muestra su valor».

¡A que es bello! Y, pese a lo que podamos decir, no falta a la verdad. Sin embargo… Sí, queridos lectores, ¡sin embargo! Porque ocurre que, luego de bucear detenidamente por las robustas y hasta altisonantes aguas de los estoicos, a uno como que le falta algo, o mejor: cierto regusto acibarado en los labios. Queda en los labios de uno, digo, cierta amargura.

 

 

Siempre he creído, casi como el buen Kierkegaard y sus categorías o —como yo diría— sus elevaciones, que uno, si se obstina con fruición en dirección a la verdad, sufre un corrimiento de sus ideas en la siguiente dirección: Primero, el nihilismo; luego, el absurdismo; posteriormente, el agnosticismo; más tarde, el estoicismo, y a la postre, alguna religión de los altos frisos de la historia. Digámoslo así: seguimos una dirección ascendente; vamos siempre más allá de-. O, por mejor decir, por haber hecho eclosión en nuestra naturaleza la búsqueda de una Verdad —así con mayúsculas—, nunca dejaremos de ir en su procura; estaremos presos de una ambición que por su mismo resorte es inagotable. Nada es capaz de colmar un ansia que no puede contenerse.

Perdonen mi digresión. Con ese quizá algo embriagado párrafo anterior solo quería arrojar una pregunta: ¡¿A santo de qué declararíamos con los estoicos que debemos resistir los embates del destino y demás… sofismas?! Porque tal parece que en esa premisa conclusiva se nos esconde algo; pretenden escondernos algo (o prentenden escondérselo, ya que las más de las veces engañamos por defecto y de incógnito). ¡Lo sé! Alguno argüirá que «por la virtud», pero la virtud, yo pregunto, ¡¿a santo de qué?! Y luego resulta que a santo de nada y porque sí; la prevalencia obcecada que luego degenera en cerrazón y mala voluntad.

Debe encontrarse una verdadera razón para soportar, para tolerar los embates del mundo en el que vivimos, ese mundo que se estrella con nuestra cotidianidad casi obligadamente y sin aviso. Debemos encontrar sustento para la aparente calamidad de ser instalados en un mundo ajeno (porque se mueve siempre sin nosotros) y amenazante.

 

 

Creo que, en caso de no lograr devenir religioso de algún modo, sería imperioso bregar —¡y sobre todo siendo religioso!— por dar respuesta a la tan acuciante pregunta: «¿Por qué ser tolerantes?». Ya que está claro que debemos serlo, pero todavía no damos con una razón que logre sentirse en nuestros corazones. De allí que, si se busca con el corazón, quizá se encuentre una realidad impensada y siemprenueva que arroje otras respuestas y a la vez nuevas preguntas. De cualquier modo, es un trabajo de una actualización constante, porque a cada paso nos saldrá un atropello imprevisto y nosotros deberemos administrar la nueva experiencia lo mejor que podamos.

Lo sé, no ayudo demasiado. Tal vez no haga más que añadir mi tan asumida confusión al respecto como lo hiciera el bueno de Platón en su Eutifrón; es posible que no haga más que eso… Porque han de saber que no me siento capaz de cantarles la tolerancia irrestricta así como así, ya que también dudo de mi mismo y de mis intenciones. No lo sé… debemos ser tolerantes, pero no entiendo cómo acercarles los argumentos suficientes. ¡¿Acaso soy yo tolerante?! Mis dudas no se detienen, ¡también yo tengo dudas al respecto!

Quizá… ser tolerantes con la misma duda sea un excelente comienzo para lograr la tolerancia. ¡Claro! ¡Abandonar las certezas y el despotismo!

¡¿Acaso el mal no empieza por estar muy seguro de sí mismo?!