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Economía argentina: incertidumbre y hartazgo

La intempestiva renuncia del ministro de Economía Martín Guzmán, y el escenificado contexto de su difusión pública (en medio de un masivo acto de Cristina Kirchner para recordar a Juan Perón), pusieron al país -otra vez- al borde del abismo

08/07/2022 12:30


La intempestiva renuncia del ministro de Economía Martín Guzmán, y el escenificado contexto de su difusión pública (en medio de un masivo acto de Cristina Kirchner para recordar a Juan Perón), pusieron al país -otra vez- al borde del abismo.

De ahí en más, todo lo que sucedió fue una comedia (negra) de enredos, rumores, tensiones, silencios y especulaciones que arrastraron, aún más, la imagen del gobierno de Alberto Fernández y retrotrajeron los peores fantasmas de la inestabilidad institucional en Argentina.

Es que un Presidente debilitado por el constante esmerilado de su propio frente electoral, pero principalmente por la vicepresidenta en su rol de jefa política, ha agigantado sus errores y ha expuesto cada uno de ellos o sus dilaciones, la divergencia de opiniones, a un sinfín de ataques y controversias que más que de la oposición, provienen del mismo oficialismo.

En ese clima, y sin demasiados indicadores macroeconómicos positivos, la salida de Guzmán era una suerte de final anunciado, toda vez que su objetivo principal fue encarar la restructuración de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que aunque demorada en exceso según algunos especialistas, logró concretar pero sin el acompañamiento del kirchnerismo duro. No está de más recordar que esa rúbrica provocó la renuncia del entonces jefe de la bancada de Diputados del Frente de Todos (FdT), Máximo Kirchner, así como su voto negativo y de sus seguidores en el Congreso.

Desde ese momento, y polémica por la segmentación de tarifas mediante, la suerte de Guzmán estaba echada. Mucho más si la creciente agenda de apariciones públicas de Cristina siempre con nuevas críticas sobre lo que según ella no hace pero debería hacer su gobierno, se transformó en un trépano a los cimientos que sostenían al ministro, y con ello, al propio Presidente.

El kirchnerismo no es ingenuo y sabe el valor de cada palabra y de cada gesto. Y sus acciones son siempre con certera intencionalidad. Así también actuó en este tiempo cobrándose de una sus víctimas, ahora ex ministros, para intentar torcer el rumbo de un gobierno con el que parece tener muy poco en común pese a haber sido su propia creación.

Lo cierto es que tal vez como pocas veces, el peronismo se encuentra ahora en medio de una pavorosa doble crisis: la interna, estrictamente política sobre el rumbo y el control de las decisiones; y la económica, al comprobar que su relato sobre la eficiencia en beneficio del pueblo se derrumba ante el constante y obsceno crecimiento de la pobreza y la inflación.

Tal vez ese límite roto en la paciencia de Cristina suponga la redefinición de un gobierno maltratado desde sus inconsistencias en la pandemia: las excesivas restricciones que agudizaron el derrumbe económico hasta los papelones éticos que incluyeron el vacunatorio VIP y las fiestas en Olivos.

Las diatribas posteriores para acordar un nombre en lugar de Guzmán abrieron especulaciones sobre el futuro del resto del gabinete, pero también de la propia convergencia de gobierno ante la evidente incomodidad de sus socios principales. No sólo Cristina y Alberto, sino también el enigmático Sergio Massa.

Las consecuencias inmediatas con la sucesión de Silvina Batakis ya definida fueron la disparada del dólar, la caída de los bonos y acciones argentinas y una carrera de precios más veloz aún de la que traía en los últimos meses. Al punto que otra vez la palabra “hiperinflación” se volvió a escuchar de la boca de los economistas. La poca confianza que andaba dando vueltas se terminó de esfumar.

Más allá de los reacomodamientos producidos o por producirse, la sociedad argentina volvió a experimentar la amarga sensación del tiempo perdido. O en todo caso, la del país detenido en sus inconsistencias, siempre incapaz de resolver sus problemas; al contrario, agudizarlos.

Una incertidumbre plena de hartazgo en la que no sólo nos sentimos más pobres, sino también más infelices por efecto de la reiteración de fracasos que hacen que, en el camino, el horizonte aparezca cada vez más lejano y oscuro.