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De una Europa guerrera al Pacto de Adhesión de Milei

Europa se prepara para una insensata guerra que ella misma promueve, y calla frente a la masacre en Gaza. Aquí, Milei invita a un pacto donde él pone los temas, toma a los gobernadores como rehenes que subordinen a legisladores, y hace la transacción del dinero a las provincias a cambio de ley Ómnibus y apoyos legislativos.                                                                                     

Redacción
02/03/2024 22:38

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

Quienes hemos trabajado textos de Enrique Dussel, el gran pensador mendocino fallecido hace pocos meses, sabemos cómo enseñó los males del eurocentrismo: concebir el mundo sólo desde las ideas y nociones promovidas en la historia europea, tomada como si fuera historia universal. Ni todo comenzó en Grecia, ni nosotros tuvimos una Antigüedad o una Edad Media, ni las culturas maya o inca tienen que pensarse desde modelos de la modernidad occidental.

  Lo cierto es que Europa sigue presentándose como cuna del pensamiento y la cultura mundiales, pero su comportamiento geopolítico está a años luz de esa pretensión. Con inflación y problemas energéticos producidos a partir de su ciega adhesión a Estados Unidos ha perdido autonomía, a la vez que ha hecho gastos enormes en una guerra -la de Ucrania- que va hacia la derrota evidente, que cualquiera podía adivinar ya desde hace mucho tiempo a pesar de la pesada propaganda triunfalista.

Enrique Dussel

  La endeblez europea ha llegado a aceptar -caso Alemania- que le bombardeen los gasoductos sin protestar ni investigar, ya que todo indica que lo hizo Estados Unidos. En base a ello no sólo no reclamó, sino que agradeció a la potencia del Norte: ahora compra el gas licuado estadounidense, a un precio mucho mayor. Qué gran negocio.

  Estados Unidos toma las decisiones y hace ganancia con lo energético y con las armas: pero es Europa quien pone el cuerpo y el territorio. Si hay más guerra, será en el viejo continente. Lo cierto es que la guerra en Ucrania ocurrió a partir del golpe de Estado de 2014, promovido por Estados Unidos para contar con autoridades antirrusas. De allí vino el avance de la OTAN sobre las fronteras del país gobernado por Putin, y la esperable reacción de Rusia para repeler a la organización atlántica que -hay que decirlo- no es más que una colateral de la política exterior de los Estados Unidos.

  Ucrania está perdiendo la guerra, y en estos días ya es muy visible: se acabaron las mentiras de prensa que tapaban la verdad. Europa sigue con sus inútiles planes de sanciones: pero lo que es peor, lanza ahora una estratégica decisión de dedicar alto presupuesto a la fabricación de armas y municiones.

  Es que se ha supuesto que Rusia podría atacar a alguno de sus países. A partir de su propio invento, viene la “reacción”: hay que armarse hasta los dientes para la posible guerra contra Rusia. Poco importa que ese país no tenga fuerzas ni intención para lanzar tal presunta guerra: von der Leyen agitará el fantasma del ataque ruso hasta el punto irresponsable de Macron, que habló de enviar tropas europeas a Ucrania.

  Está visto: Estados Unidos no quiere aceptar la derrota ucraniana, y lanza a la posible guerra a una Europa extraviada y sin liderazgos. Más crisis económica, más tensión cotidiana, más gasto militar y -sobre todo- el peligro de entrar en una guerra que -Rusia, acorralada, lo ha anunciado- podría ser fatalmente nuclear.

  Mientras, la vergüenza de que esa misma Europa calle frente a la interminable ofensiva israelí contra los habitantes de Gaza, no deja de sorprender. En estos días el ejército israelí disparó contra pobladores que recibían ayuda humanitaria: mató a 100, dejó 700 heridos. Es una matanza escandalosa: en nombre de la “legítima defensa” se responde a un ataque de unas horas con bombardeos que llevan más de 120 días; y a la muerte de 1200 personas, con la muerte de más de 30.000 civiles, muchos de ellos niños.  

  La máscara humanitaria de eso que se autodenomina “comunidad internacional” se ha caído groseramente, al permitir esta interminable retaliación disfrazada de autodefensa. La solución de los dos Estados, repetida desde diversos países, sólo puede operar si se exige el inmediato cese del fuego, y se pone sanciones contra una acción militar desmedida y sin visos de cierre.

  Pero Europa ha renunciado a su viejo rol de producción de pensamiento y de crítica. Mientras se prepara para un enfrentamiento con Rusia que este último país no quiere ni busca, cierra los ojos ante el horror humanitario contra los palestinos.

Es bueno, sólo me pega con la mano

   Alguna vez un niño -en tiempos en que se asumía las paternidades violentas como si fueran “normales”- comentaba en reunión de amigos: “Mi papá es bueno, sólo me pega con la mano”. Y lo decía seriamente, convencido. No le pegaba con un cinturón, ni con algún objeto contundente: sólo con la mano.

  Parecida situación parece darse con los gobernadores tras el discurso presidencial de la noche del 1 de marzo. Un presidente subido sobre un promontorio de 30 cm de altura para impresionar mejor -ello escondido convenientemente detrás de la tarima- lanzó que “no tengo confianza en ustedes”, les facturó que “son parte de la casta”, y les lanzó la amenaza de que “si quieran conflicto, conflicto tendrán”. Como se ve, no hubo excesivo apego a la afabilidad y el buen trato.

  Pero como esta vez no los llamó “ratas” o “coimeros” (se ve que los asesores presidenciales no encontraron conducente relanzar esos epítetos en estas circunstancias), parece que los gobernadores se han sentido como el chico al que se golpea, pero sólo con la mano. Están contentos: los trataron mal, pero pudo ser peor.

  La reacción de los más derechistas es ejemplar: Macri, De Loredo, Tetaz, exageraron luego en los encendidos elogios a la supuesta voluntad dialoguista manifestada por el presidente. Sí, el mismo que clickeó el tweet del gobernador Torres con rasgos de síndrome de down, e incluso otros tweets aún más impresentables.

  Es que el negocio que hacen con Milei los que quieren ajustar al país a toda costa y emprender reformas al servicio del gran capital, es ganancia perfecta. Ellos son los “buenos policías”, y Milei será el malo. Este hará -ya lo está haciendo sin anestesia- el recorte salvaje del gasto, y producirá hambre, desocupación y miseria. Ellos aplauden: Milei se encarga, y cuando llegue el momento le soltarán la mano. “Fue él quien lo hizo, no nosotros”. Pero las reformas ya estarán vigentes. Eso explica la actitud sumisa de De Loredo y compañía: mientras el presidente se burló del radicalismo a través de una llamativa referencia al gobernador Morales -¿desde cuándo se opone Milei a la represión?-, referentes como el cordobés y Tetaz fueron de inmediato a apoyar, tratando de parecer levemente críticos con una remota referencia a que Milei no ha incluido la temática educativa (pero sin decir que ha eliminado el Fondo conpensatorio, el FONID y el ministerio mismo de educación, además de pretender cerrar a las últimas universidades fundadas por ley del Congreso nacional).

Milei: del garrote al Pacto de adhesión

  El presidente inició su discurso pretendiendo denostar la herencia recibida. Como hace habitualmente, “no le dan los números”. Los usa como si estuviera en un set de televisión, y lanza afirmaciones inconsistentes. Volvió con la supuesta “inflación del 17000%” que nunca existió ni pudo llegar a existir. Es que es “inflación acumulada”, se ufanó, como dando clases de matemáticas. Pero la filosofía de la ciencia bien muestra que los números se subordinan a los buenos criterios: una cifra vale tanto como el razonamiento que orienta el haberla presentado. Si la inflación anterior -que era la mitad de la que va llevando el gobierno en sus primeros dos meses- llevaba al 17000%, habría que pensar que la de Milei puede llevarnos al 30000%. En fin: un desquicio del pensamiento. No puede tomarse en serio esa clase de declaraciones, aunque mucha gente desinformada la tomará por buena. Y es a eso que apunta la declaración.

  Luego el presidente habló de leyes contra la casta. Obligar a periodicidad de los mandatos en los sindicatos, por ej. Varias de esas iniciativas pueden ser compartibles. No todas: es desmedida y absurda la idea de que el funcionario que emitiera moneda, debiera ser juzgado como autor de “crimen contra la humanidad”. Eso sólo cabe en los manuales de ultraliberalismo que el presidente frecuenta.

  Había un núcleo de aplaudidores que interrumpía con pasión real o fingida el discurso, dando vivas y gritos que parecieron pre-programados. También aplaudían ministros y legisladores de LLA, qué otra cosa podía esperarse. Y de una manera notoria, las cámaras televisivas fueron manejadas de tal modo, que jamás enfocaron a la oposición. Ni siquiera a la amigable. Si vemos la grabación, notaremos que fue un Congreso donde sólo estaba la estrecha delegación del oficialismo. Todos los demás…¡¡fuera de la imagen pública!!

  El discurso presidencial apuntó a mostrar la superioridad moral del primer magistrado y de quienes piensan como él. Sólo ellos son desinteresados, sólo ellos están en la política para acabar con la política. A diferencia de “la casta”, ellos pasan por esa “organización criminal” que sería el Estado (¿?) sólo para liquidarlo. Es decir: ellos trabajan para el Mercado tomado como un absoluto, y eliminan cualquier vestigio de derechos o de garantías que ese Estado pudiera cobijar.

  El discurso fue en dirección a mostrar desprecio por las oposiciones políticas, en tanto son parte del juego por el poder del Estado. Desconfianza hacia ellas, que además “buscan el conflicto”. Y delineó claramente la idea: los opositores no quieren el diálogo, en tanto rechazan algunas postulaciones del gobierno.

  O sea, digamos: el gobierno está dispuesto a dialogar, siempre que se apruebe lo que el gobierno quiere. La oposición mostrará disposición, sólo si acepta las posturas del gobierno. Eso sí: dialogar y que otras posturas se impongan sería inaceptable, pues buenas posturas son sólo las del gobierno y son las que votó la población (aunque, claro, a los legisladores opositores también los votó la población).

  Y allí apareció la llamada “generosa” de Milei al Pacto de mayo en Córdoba. Con una insólita precondición: ¡¡que voten la ley Ómnibus!! Nada menos. Nadie sabe cuál boceto de esa ley: el primero, el último, el del medio de las negociaciones. Primero que se rindan a que impongamos la ley que no votaron antes, y luego charlaremos.

  Pero charlaremos sobre puntos que el mismo gobierno ya ha rediseñado, y que fueron expuestos ayer. Algunos los comparte la “oposición amigable”: otros no, algunos seguro que a medias. Lo cierto es que queda claro que el gobierno piensa en un nuevo pacto con las provincias -para lo cual seguirá aumentando impuestos, contra lo que dicta su ideología- a cambio de que los gobernadores subordinen a los legisladores en el Congreso, y se vote allí lo que el gobierno quiere. Lo que se dice un diálogo sincero y abierto.

   Esta estrecha noción de diálogo es la que periodistas oficialistas y supuestos opositores como Ritondo salen a alabar, fingiendo entusiasmo ante la inesperada “apertura”. Contaron para ello con el coro semigrotesco de la derecha del radicalismo, lejos del cual se paró nuevamente Manes con reconocible dignidad.

  Pullaro y Llaryora, por su parte, supieron dosificar sus elogios. Si bien se alegraron de la menguada convocatoria, advirtieron al pasar que “hay que discutir” y que “para mayo falta mucho”. Una de cal y otra de arena.

  Es que el presidente se asume como economista -y según el locutor como “doctor”, si bien desconocemos que haya hecho estudios de doctorado-, pero en su discurso sólo caben expresiones como “ajuste” y “déficit cero”. Sobre los precios, sobre la gente común, sobre los pobres, sobre la angustia de la población, sobre la golpeada clase media, ni una palabra. Sobre producción, sobre desarrollo, cero referencia. La economía sería apenas dejar que el mercado funcione, y todo lo demás vendría solo. Pero por ahora lo que viene son la carestía y la miseria crecientes.

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