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Alejandro Rodríguez, veterano de guerra: “Nunca nos dijeron que íbamos a Malvinas”

Con sólo 19 años, este estudiante de la Escuela de Suboficiales de la Armada peleó contra los ingleses en Malvinas y hoy, a más de cuatro décadas, vive para contar su tremenda historia.

Redacción
02/04/2024 08:29
Alejandro Rodríguez
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Hoy se cumplen 42 años de la Guerra de Malvinas que tanto nos duele a los argentinos. Hay muchas formas de homenajear a sus protagonistas. Nosotros elegimos una síntesis de la entrevista en Radio Jornada a Alejandro Rodríguez, quien en 1982 contaba con apenas 19 años y cursaba segundo año de la Escuela de Suboficiales de la Armada.

En el programa Lado A, Alejandro contó cómo vivió aquel infierno, desde la incertidumbre del viaje hasta el desenlace como prisionero de guerra herido en batalla, integrando un grupo de 38 jóvenes que pelearon de igual a igual contra 300 ingleses, sin comida, ni ropa seca ni médicos cercanos.

Lado A: ¿Dónde estabas el 2 de abril de 1982?

Alejandro Rodríguez: Estaba en Buenos Aires y terminé en Malvinas casi por casualidad. Tenía un año de instrucción en la Escuela de Suboficiales. Estaba de franco y volví el domingo después del 2 de abril. Jamás me imaginé que íbamos a ir. Llegué, me puse el uniforme, nos sacaban fotos y nos dieron un bolsón porta equipo, un fusil, una mochila y toda la indumentaria que uno lleva como para ir a un ejercicio. Nunca nos dijeron que íbamos a Malvinas. Después nos empezaron a destinar. Me tocó el Regimiento 8 de Infantería, en Comodoro Rivadavia.El 13 de abril a la noche nos avisaron que cruzaríamos a Malvinas.

Lado A: En aquel tiempo no se preveía una guerra, había euforia por recuperar las Malvinas, pero ¿qué veían Uds.?

AR: El miedo lo sufrimos allá, una vez que empezaron los bombardeos. Ahí nos dimos cuenta, nos cayó la ficha de que estaban en guerra. Cuando yo llegué al regimiento era todo euforia, toda alegría. Yo quería ir, no me imaginaba una guerra. Cuando viajamos, nos dijeron que teníamos que estar a las 8 de la mañana y todos estuvimos a las 6. Pero salimos a la tarde y cuando llegamos no veíamos nada.

Lado A: ¿Llegaron de noche?

AR: Sí. Tuvimos que armar las carpas a tientas, no podíamos prender luces porque delatábamos la posición. Éramos 38 hombres. Al otro día nos dirigimos al lugar donde finalmente combatimos, en Darwin y Ganso Verde, lugar denominado Boca House, detrás del regimiento 2. Atrás nuestro había un helipuerto. Nuestra misión era darle seguridad y evitar un posible desembarco.

Lado A: ¿Cómo fue cambiar a un estado de guerra, defender a tu país?

AR: Tener un fusil en las manos y saber que con esa arma podés quitar una vida es una responsabilidad y a su vez es como que no te das cuenta. Veo los pibes ahora de 19 o 20 y se ven tan jovencitos… Yo a su edad tenía un fusil en las manos. Al tercer o cuarto día ya habíamos cambiado de posiciones varias veces; cada vez escaseaba más la comida, con permanentes lluvias y nieve. Los pozos se llenaban de agua y nos acostumbramos al agua fría. El 1 de mayo, a las 6 de la mañana, nos dieron una alerta roja. A las 9, como no pasaba nada, salí del pozo a buscar agua. Vi que venían dos Sea Harrier (aviones ingleses) con intenciones de bombardear el helipuerto. Cuando cayeron las bombas, creo que tomamos conciencia de dónde estábamos y los riesgos. A partir de ahí empezaron, sobre todo en las noches, los bombardeos. 

Lado A: ¿Cuánto tiempo duró eso?

AR: Hasta el 28 de mayo, que entramos en combate. Todas las noches era bombardeo y miedo. No a la muerte, pero tenía a mis viejos y sé que mi vieja sufría.

Lado A: En un punto mejor que no se hayan enterado

AR: Yo tenía un tío militar que estaba en Buenos Aires. Él se comunicaba con un radio operador de Malvinas y le pedía información. Murió un Alejandro Rodríguez y él le dio la noticia a mis viejos de que había muerto en combate. Me dieron por muerto. Pero en los días previos yo tenía miedo por mis viejos.

Lado A: ¿A qué te aferrabas para contener el miedo? 

AR: Fundamentalmente a Dios. Dejaba todo en manos de él. Yo no estaba arrepentido de estar ahí. Me sentía feliz con una responsabilidad, más allá de los malos momentos. Cuando nos bombardeaban contábamos hasta 8 segundos, hasta que explotaban. Ahí salíamos de la posición y le decíamos “¡Mejorá la puntería!”. Eso nos hacía mantener la moral en alto. Entre el frío que hacía, la ropa mojada, tiritábamos, pero más por miedo que por frío. Así estuvimos hasta que entramos en combate.

Lado A: ¿Cómo viste a los soldados y a la oficialidad?

AR: Desde un principio hubo mucha camaradería. Teníamos un subteniente muy joven. Cuando llegamos a Malvinas y empezamos a pasar todos por lo mismo, éramos todos iguales. Todos éramos soldados.

Lado A: ¿Cómo fuiste herido?

AR: El 27 de mayo los ingleses desembarcan en San Carlos y avanzan hacia Darwin y Ganso Verde. Se encuentran primero con el regimiento 12, combaten durante la noche. Después de que toman esa posición empiezan a avanzar, pero éramos sólo 38, nuestras posiciones no se veían desde los satélites. O sea que para ellos fue una sorpresa encontrarnos. Esperamos hasta que abrieron fuego y respondimos. Teníamos una ametralladora Mack, nos estábamos quedando sin municiones, ya era prácticamente el mediodía, habíamos combatido toda la mañana. A nosotros nos atacaron dos batallones de paracaidistas, tropa de élite,aproximadamente 300 hombres. A mi derecha, a 15 metros tenía la ametralladora, que tenía un techo. En un momento veo que explota el techo y que sale un compañero lleno de humo y cae al piso. Le avisé a mi jefe que iba a buscar la ametralladora. Me decía que me quedara. Yo tenía que intentarlo. Delante mío había un montículo de piedra y vi un chispazo. Sentí un golpe en la cara, como arena en la boca y algo caliente en la nuca. Lo que tenía en la boca eran tres piezas dentales que perdí. El chispazo fue un proyectil que pegó en la cara; ingresó en el pómulo, me fracturó el maxilar y salió por la nuca, eso fue la sangre que sentía caliente. Con la adrenalina del momento no sentí dolor. Seguí arrastrándome. Al llegar a la ametralladora había compañeros prácticamente sepultados por el barro. Como pude tomé una cinta y me volví. Cuando llegué al puesto había cinco compañeros heridos. Uno me agarró de la solapa, me hizo entrar a la posición, sacamos los proyectiles que teníamos y ya no quedaba nada, sólo la pistola del jefe, con un cargador de 8 disparos. Tiramos y se terminó todo. Nos quedamos ahí hasta que llegaron.

Lado A: Y los tomaron prisioneros…

AR: A los heridos, los ingleses nos pusieron morfina. Tenían médicos en primera línea. Nosotros teníamos uno en Ganso Verde y otro en la zona de Darwin, en el hospital de campaña. Me atendieron, me pusieron una venda en la cara, que tenía hinchada; el ojo izquierdo cerrado, sentía un zumbido agudo, no escuchaba. Me pasaba la mano porque no sabía si tenía todavía mi cara. Lo único que veía era sangre. En ese momento dijimos “bueno, acá termina todo”. Y era como una especie de alivio también.

Lado A: De ahí a la rendición pasaron 15 días…

AR: Sí. Ya estábamos en el buque hospital.

Lado A: ¿Cómo los atendieron ahí?

AR: Excelente. Sólo éramos 2 argentinos. Los demás eran soldados ingleses heridos. Uno llevaba la bronca, la adrenalina alta pero ellos era como que el trabajo había terminado. Nos traían revistas de chicas; nos ofrecían cigarrillos. El muchacho de al lado mío había perdido una pierna y no tenía ningún rencor, siendo que yo podría haberlo herido.

Lado A: ¿Cómo fue el regreso con esa sensación de derrota?

AR: Fue la parte más dura. Nos dieron la espalda. Los mandos, la gente, porque no sabía. Y llegamos casi ocultos. Yo tuve la suerte de que me atendieron los ingleses. En el buque hospital Uganda, estuve 5 días. Era de la Cruz Roja internacional pero hablaban todos en inglés. 

Lado A: Cómo fue el reencuentro con los viejos, que te creían muerto?

AR: Cuando llegué a la Base Naval Puerto Belgrano, mandé una carta a mis viejos. Les dije que estaba internado. Me contaron que iban saliendo de casa para pedir una misa en la parroquia y llegó el cartero. Me contaban que se abrazaron. Empezó a salir la gente del barrio. Fue un lloradero. A todo esto me pasaron al hospital de Campo de Mayo. Ahí fue mi vieja, que era una mujer muy fuerte. Si sufría, no lo demostraba. Me dieron el alta, en septiembre.

Lado A: ¿Por qué creés que pudiste seguir con tu vida siendo que muchos compañeros tuyos no pudieron?

AR: Yo no me podía sacar de la cabeza los bombardeos, las caras de mis compañeros, la ametralladora. Perdí a muchos que se suicidaron, que no pudieron con la presión. A mí incluso me cuesta, pero me hizo mucho bien empezar a hablar de Malvinas. La persona que me ayudó fue alguien que no fue a Malvinas. Un profesor de historia que me llevó a dar una charla a un colegio y me di cuenta que hablando descargaba. Era como que me sentía más liviano, como que me sacaba una mochila. Me pedía que me planteara objetivos inmediatos para tener la mente ocupada. Me hizo bien hablar de Malvinas.

 

 

 

 

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