La carrera espacial ya no es entre países, ahora es entre multimillonarios; los tipos hacen picadas entre ellos. El capitalismo, autodenominado “neoliberalismo”, rompió bolsa

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

    Se fue de madre, y de padre, el mentado neoliberalismo. El pasado 20 de julio el ser humano más rico del planeta, Jeff Bezos, se dio el gustazo de satisfacerse un antojo. En un cohete –del cual es propietario– viajó al espacio exterior. Joder. Pocos días antes otro enorme ricachón, Richard Branson, concretó un viaje semejante. De los dos, Bezos ganó en esta pulseada, concretó un viaje de 11 minutos desde un lanzamiento en el oeste de Texas. Y llegó más alto. Un poquito. Da escalofríos asomarse a las cifras que significaron estos dos antojos.

    Con cinismo el señor Bezos, un ser humano que sin duda tiene atrofiado el músculo de la sensibilidad, tras su retorno y aterrizaje en una cápsula que flotó dulcemente suspendida sobre tres paracaídas tuvo palabras de reconocimiento para los pilares esenciales de su descomunal empresa. Dijo el señor Bezos: “Quiero agradecer a todos mis empleados y clientes de Amazon porque ellos pagaron mi viaje”. ¡Grande señor Bezos! La senadora norteamericana (del partido Demócrata) no lo dejó pasar, ella dijo: “Así es, los trabajadores de Amazon pagaron su viaje. Lo pagaron con salarios más bajos, con la ruptura de sindicatos, padeciendo un lugar de trabajo frenético e inhumano y conductores de reparto sin seguro médico en plena pandemia. Y los clientes están pagando su aventura con Amazon abusando de su poder de mercado que arrasa con las pequeñas empresas”.

    Estamos anegados de cifras escandalosas, mientras tanto medio mundo se retuerce en la miseria. Forbes informa, por ejemplo, que Jeff Bezos lidera una fortuna de 177.000 millones de dólares. Un millón de dólares 177 mil veces. Impensable. Hay más: los humanos y humanas más ricos del planeta en el último año pandémico se volvieron más alevosamente ricos: elevaron sus fortunas unos 640.000 dólares. Informa Forbes que la riqueza de esta gente aumenta sin interrupciones. Aumenta a un ritmo de 2.500 millones de dólares por día. Joder.

    Punto y aparte. Démonos un resuello. La cantidad de superpoderosos se concentraba hace un par de años en 43 per-so-nas. A mediados de este 2021 “la misma cantidad de fortuna” está en manos de sólo 26 apellidos. Esos 26 apellidos –¡atención!– embolsan más dólares que las 3.800 mi-llo-nes de personas más pobres del planeta tan violado.

    ¿Cómo definir, cómo calificar, cómo nombrar este abismo escandaloso? Decir que se trata de fortunas pornográficas es menos que poco. El capitalismo, que se autodenomina dulcemente neoliberalismo, usando a la democracia como condón todo el tiempo está desnucando la capacidad de asombro.      

     Reanudo conceptos vertidos en esta columna hace más de una década. Por esto, ¿soy reiterativo? Reiterativa es la realidad. La hambruna, al compás del neoliberalismo, recrudece en este mundo. En este. Mientras tanto, damas y caballeros, un par de docenas de seres a las que no podemos calificar de monstruos (porque son seres humanos) exhiben acciones difíciles de concebir. Ahí tenemos esa carrera espacial entre Bezos y Branson. Este par de bienparidos se ve que están muy, pero muy aburridos: no saben cómo carajo distraerse; ¿será que no encuentran manera de gastar el dinero, es decir, la guita? Será por eso que últimamente se ponen  a hacer picadas espaciales. ¿Tenía razón don Borges cuando decía que ser rico era mucho más difícil que ser pobre?

   A las cifras las cargan mujeres y hombres, niños y ancianos que sufren la asesinación silenciosa mediante el hambre. Sufren de a uno, de a una, en carne y en vida propias. Según las entidades de la ONU que hacen el seguimiento del hambre en el planeta “en la última década los niveles de hambruna no sólo no han decrecido, han aumentado violentamente.” Más del 11 por ciento de la población mundial hoy tiene hambre. Estamos hablando de más de 870 millones de humanos. Atención: Un niño de menos de 10 años muere cada 7 segundos. Atención: Cada 4 minutos otro niño se queda ciego por falta de vitamina A. En fin, datos, cifras, encarnadas en seres humanos que no tienen retorno.

   Mientras esto sucede, la primera potencia mundial aumenta su presupuesto para armas y supera la inversión de los otros siete países juntos, que la secundan. Si cotejamos las cifras entre hambre y armamentismo concluimos –otra vez– con que ¿vivimos? una realidad humanamente escandalosa, ¡pornográfica!

   Nunca es tarde para reflexionar, para despabilarnos. No estaría demás recordarnos que somos habitantes de este planeta, ¡de este!, y que el mundo no se termina en el umbral de nuestra casita taaaan enrejada. Qué jodido y qué jodedor eso de refugiarnos en ser sólo activos indiferentes, prolijos habitantes digestivos. En esto se explica el creciente éxito de la antipolítica, que últimamente se traduce en la renovación del odio.

   Parafraseando a nuestro Tejada Gómez decimos: a esta hora exactamente hay cientos de millones de humanos desesperados. Y la ONU no cesa de difundir cifras que espeluznan. Ya hace más de una década  que uno de cada ocho habitantes sufría de hambre crónica; esto sobre todo “en países en desarrollo”. Eufemismo con el que se nombra a los exhaustos países del tercer mundo. Países que lo único que poseen es deuda externa. Y muuuuucha miseria. Y muchíiiiiisima analfabetización. Analfabetización que garantiza la vigencia del trabajo esclavo. 

   ¿Hay más cifras? Sí, las hay: se calcula que unos 100 millones de niños menores de 5 años hoy acusan falta de peso. Hace una década ya 2,5 millones de niños morían cada año por desnutrición. Esas cifras engordaron: un 12,5 por ciento de la población mundial, casi 870 millones de personas, hoy por hoy, “a esta hora exactamente” tienen hambre todos los días, días enteros, día con sus noches.

   “Hambre siempre hubo”, argumentan cínicamente algunos biencomidos malparidos que enarbolan la “meritocracia”. Pero no tiene por qué ser cierto y fatal que el hambre es inevitable. Aunque lo convalide y enarbole con sus recetas ese neoliberalismo que muerde y mastica humanidad y que no hace mucho se ha expresado a través de tipos como Trump y Bolsonaro. Tipos con los que simpatizan, aquí, en esta patria, los cultores de la Mano Fuerte y de la antipolítica.

    Hace unos pocos años el neoliberalismo liderado por el imperio de los Estados Unidos, vivió la explosión de su Burbuja Financiera. Ese colosal apocalipsis financiero Estados Unidos lo disimuló invirtiendo millonadas de dólares para salvar, con el amparo de otra burbuja más grande, a los pulpos buitres, a los causantes de la hecatombe, a los superbanqueros. Con la mitad de la mitad de la mitad de dólares que la administración imperial puso en el salvamento de los buitres banqueros, se podría solucionar, ya, el hambre mundial. Y las enfermedades endémicas. Y el analfabetismo, de paso.

   ¿Más cifras? Sí, hay más: asistimos a la insoportable noticia que “la mitad de la comida producida en todo el mundo termina en la basura” (…) “casi 2000 millones de toneladas de alimentos son derrochadas cada año”. 

      El informe de “Global Food, Waste Not, Want Not” puntualiza que entre el 30 y el 50 por ciento de los 4.000 millones de toneladas de alimentos que se producen anualmente en el planeta nunca llegan a consumirse. Nunca. “La mitad de la comida comprada en Europa y Estados Unidos termina vencida, en la basura.”

     La cadena de desatinos de los civilizados bárbaros, continúa: unos 550.000 millones de metros cúbicos de agua (otro bien muy escaso en muchos países) se usan para cultivar productos que se pudren sin llegar al consumidor. 

    El cuadro de situación da para el insomnio: la población mundial supera largamente los 7.500 millones de personas y la ONU estima que ascenderá a los 9.500 millones para 2075. Y la grave crisis alimentaria se agudiza.

   La ecuación es insoportable: mientras por un lado hay más de 870 millones de seres humanos que se retuercen de hambre, por otro lado, de los 4000 millones de toneladas métricas de alimentos se tiran a la basura alrededor de 2000 millones, es decir, la mitad de la comida del mundo se pierde. La mitad.

   Para que tengamos conciencia: los que tienen hambre en el mundo, sumados, equivalen a 20 países como la Argentina. Démonos por enterados: mientras millones de niños mueren por desnutrición, la mitad de la comida mundial se pudre.

   El colmo de la absurdidad se completa con un planeta sembrado de misiles por ese neoliberalismo buitre y voraz y por ende, criminal. El presupuesto imperial del monicaco Trump superaba los 800.000 millones de dólares destinados “a la defensa”. Recordemos, como argumenta Manuel Vincent, que los misiles son como los yogur, tienen fecha de vencimiento. Y hay que usarlos sí o sí. Para darle buen uso y no despilfarrar misiles es que se hacen “guerras preventivas”, léase: genocidios preventivos.

   Posdata  

   Los ricos, desaforados, siguen enriqueciéndose. Unos pocos tienen cada vez más. El hambre se agrava por la analfabetización, analfabetización que, reiteramos, a su vez multiplica y consolida el trabajo esclavo. Pero no seamos tan quejosos, no podemos negar que hoy estamos muy “entretenidos”.  Ahora podemos distraernos viendo cómo un par de pelotaris aburridos juega a ver cuál de los dos hace un viaje espacial más alto. Mientras tanto volvamos a la cifra inconcebible: otros 24 apellidos –dos docenas– tienen más guita que 3.700 millones de seres que hoy no tienen su pan de cada día ni de cada noche.  Madremía, madretuya, madrenuestra. De pronto una radio lejana me trae la voz de Mercedes Sosa.  Nuestra Negra está cantando: “Ay, qué camino tan desparejo / la angustia cerca / y mi niño lejos!”

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