Por Rodolfo Braceli
Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Los argentinos preferimos conmemorar las muertes antes que los nacimientos. Lo reconozco: suelo incurrir en ese vicio nacional. Por ejemplo ahora, que me detengo en el 4 de julio de 1992: aquel día murió Astor Piazzolla. Venía de una especie de agonía de casi dos años. Ante el 28 aniversario, como de costumbre estos días incurrimos en la comodidad de titular diciendo “28 años sin Piazzolla”. Si me permiten, en este 2020 escribo: al carajo con el nostalgioso “sin”.

   Si es cierto que Astor cada día compone mejor, seamos coherentes: digamos 28 años más “con” Piazzolla.

   Para recordar al músico tanguero más atrevido del mundo, ahora compartiré algunos  párrafos del capítulo que le dediqué en mi libro Argentinos en la cornisa.

   Era un Animal. No encuentro otra palabra mejor para definirlo. Piazzolla era un animal en el más pleno sentido de la palabra. Siempre en carne viva, el tipo era pura sed. Sed con hambre. Al verlo destripar su fuelle uno suspendía la respiración.

   Lo conocí en 1972, en la noche dedicada al tango en el Colón. Yo estaba ahí, merodeando, para contar el detrás de la escena. En esa gala histórica actuaron Troilo, Salgan, Federico, Goyeneche, el Sexteto Mayor. Piazzolla con su quinteto se presentaba en la última parte. Ya en la previa del mega recital fue sembrando un clima explosivo. El recital se extendía más allá de las tres horas y él, devorado por la impaciencia, iba, venía, bichaba detrás del escenario, puteaba y reputeaba en voz alta. Antonio Carrizo –el presentador–, le repetía “Calmate, Astor, que todo llega… Piazzolla le contestaba: “La putaqueloparió: ¡o me meto al escenario con mis músicos o me voy a la mierda! Y Carrizo: “Calma, Astor, calma…”

   Lo seguí a Piazzolla. De pronto lo perdí entre bambalinas. Pero lo busqué hasta que lo encontré sentado en un banquito en un rincón, en la penumbra. Me le acerqué en silencio, se había alzado los pantalones hasta las rodillas y se rascaba con desesperación. Advertí que tenía una pierna más flaquita y me acordé de mi viejo, que padeció polio a sus 20 años, cuando la enfermedad no tenía nombre. Le dije:

–Mi papá tiene una pierna como usted.

–Entonces tu viejo quedó falsa escuadra.

–No. Camina perfecto. Se curó haciéndole caso a un médico naturista alemán que le recetó gimnasia y baños de agua fría en pleno invierno. Ahora lo de la pierna ni se le nota.

–A mí tampoco se me nota. Pero esta noche, voy a empezar a renguear.

–¿Por qué dice eso?

–Porque de tanto esperar cada güevo me pesa diez kilos… ¡los tengo por el piso!

–Tocar en el Colón lo pone nervioso.

–Preguntale a mis güevos qué opino del Colón.

–Astor, ¿por qué se rasca así?¿Pulgas tal vez?

–Otra que pulgas. Arañas, ¡arañas pollito! Dejame solo pibe, por favor.

   (Me aparté unos metros, pero sin dejar de relojearlo. Siguió rascándose con desesperación, murmuraba. A cada tanto se salivaba las manos, las restregaba en las pantorrillas y volvía a rascarse. Le soplé a Carrizo que Piazzolla estaba al borde del estadillo. Carrizo titubeó, amagó acercársele, pero guardó distancia, y me dijo: “No, mejor dejémoslo que se rasque.”

   Pasaron veinte, cuarenta minutos más: en el escenario era el turno del Polaco Goyeneche. Piazzolla entró al camarín de Troilo… Yo, detrás, a orejear. Ya con Pichuco, Astor siguió con las puteadas. Pichuco, beatífico, lo miraba y decía bajito Y bue… y bue... Entonces Piazzolla le propuso:

–Gordo, hay que hacerlo de una vez por todas.

–¿Hacer qué, gato?

–Hay que terminar con los cantores. Tenemos que estar sólo los músicos, ¡no tienen un carajo que hacer los cantores aquí!

–Y bue… y bue…

   Pasó una década. Invierno de 1982, mi segundo encuentro con Piazzolla. La Capilla (una ex iglesia ortodoxa) se convirtió en sala de espectáculos con la supervisión de Lino Patalano. Como yo tenía algo que ver con la mutación de la iglesia en teatro, pude frecuentar a Piazzolla durante su serie de recitales. Había que verlo en los ensayos: apoyaba el pie en un cubo negro y soltaba su vértigo. Difícil contener su adrenalina. La noche del debut, después del aplauso final, el violinista Suárez Paz ya en el camarín se derrumbó extenuado. Hermenegildo Sábat estaba allí, con las pupilas más grandes que sus ojos. Suárez Paz alzó la mirada y le dijo: Para tocar con Piazzolla hay que estar completamente loco.

   Por aquellos años Astor ya había tenido sus infartos. Verlo desplegar tanta vehemencia, nos hacía decir: “Este hombre va a reventar en el escenario”. Teníamos varios números de teléfonos de emergencia médica, porque la bestia siempre toca como si el mundo se acabara en el próximo minuto. Esta frase, la dijo Sábat o Suárez Paz. Una semana después del estreno me animé a conversar con Piazzolla.

–Viendo todo lo que usted mete cuando toca, se ve que el corazón le quedó diez puntos.

–Si a mi corazón lo tuviese siete puntos lo tiro a la basura.

–Usted no se mide en el escenario.

–Ni cuando salgo a pescar. No la voy con los pescaditos para la cacerola: voy por tiburones o nada.

–Anoche, cuando se mandó con “Escualo”, López Ruiz por poco suelta el bajo para abrazarlo.

–Ese no suelta el bajo ni aunque la sala se incendie.

–Justamente, el escenario era como un incendio.

–Si no hay incendio no hay música.

–¿Qué tema lo sacude especialmente?

–Mirá, si un tema no me sacude “especialmente” yo ni me cambio los calzoncillos para venir… Pero te confieso: cuando estoy con La última curda tengo que andar con  cuidado, porque me cago encima.

–¿Puede definir con tres palabras a Troilo?

–Con una: tango.

–¿Cómo tocaba Troilo y cómo toca usted?

–El gordo acariciaba las teclas. Yo me saco ampollas: le meto los dedos hasta las tripas al bandoneón. A mí me dicen gato, pero el gato era él. El gordo con la música te hablaba despacito, al oído. Yo no bajo del alarido.

–Usted, con el bandoneón, ¿qué vendría a ser?

–Un perro buldog. No, mejor un tigre. Un tigre que hace una semana que no come.

–Se suele decir que su música es un orgasmo.

–Un orgasmo infinito. Un orgasmo que nunca se acaba.

–¿Se imagina retirado de esto?

–Mirá, en cuanto yo me vea jovato, no me corto las uñas más.

¿Para?

–Ja. Para rascarme las venas por el lado de adentro. Antes que venga por mí el guadañazo final quiero sacarme de las venas hasta la última gota de música. Al cajón no me meten si antes no me arañé hasta la última gota de música.

   Posdata. A Piazzolla una trombosis lo tumbó; agonizó casi dos años. Ni por puta se quería morir. A los ojos de los demás era un vegetal… No se moría, seguro, porque le restaba en las venas alguna muy escondida gota de música. Y la estaba buscando, hasta que la encontró. Astor, animal para todo. Con él, la muerte debió esperar. Con él, la vida no se la llevó de arriba.

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