Ya no quedan, ni para la foto de los turistas, pero durante mucho tiempo el mateo fue protagonista diario del andar de nuestras ciudades

A fines del siglo XX eran cientos en nuestra capital. Eran los taxis de entonces. También se los llamó “victorias” y aquí, más cuyanamente, su conductor fue por siempre “el cochero”, inmortalizado por la cueca del irrepetible Hilario Cuadros: “Cochero ‘e plaza”, porque estaban en las plazas sus paradas.

El mateo fue medio de transporte excluyente.

Los tranvías primero, los taxis incipientes y el nacimiento de los ómnibus urbanos terminaron con ellos. Muchos estaban adornados con filetes históricos e inscripciones populares. Podían ser tirados por uno o dos caballos. El nombre mateo (usado en Buenos Aires) proviene de la obra que con este título escribió Armando Discépolo en 1923.

En realidad “cochero” es el conductor. Este singular hombre es aquel que se lo veía en toda noche o madrugada, siempre afable, un tanto compinche, dispuesto a indicar dónde hay una imperdible peña o fiesta, incluso con la gentileza suficiente para acompañar al ocasional pasajero a dar una serenata, para lo cual amablemente bajará la “capota” de su coche. No solo juntaba kilómetros de calles, también juntaba toneladas de anécdotas que dejaban sus pasajeros en el mullido asiento de atrás.

Hace ya algunos años, e inspirado en la cueca de Hilario, Jorge Sosa escribió esta poesía:

Yo tuve ocasión de ser su pasajero,
mi vida era pequeña y andaba por la plaza
desparramando el tiempo de los juegos.
El paraba en la esquina, ya entonces era abuelo
una barba canosa, descuidada y aguda
lo apuntaba hacia el suelo.
Como nubes celestes de cada madrugada
por sus ojos andaba rondando el mismo sueño
que juntara en las noches por llevar las tonadas
de algún serenatero.

Cochero ¿Cuánto me cobra hasta la Calle Larga?
El carro era un destrozo que no sé por qué causa
seguía resistiendo;
tal vez por el cariño, tal vez por el recuerdo,
tal vez porque esperaba morirse con el viejo.

Cochero ¿Cuánto me cobra hasta El Algarrobal?
Por contraste el caballo era color de nieve;
lo tiene mi recuerdo trotando el empedrado
entre nubes de aliento
allá en las despiadadas mañanas del invierno.
Un día, yo tuve ocasión de ser su pasajero;
me subí por las ganas de pisar su pescante,
de sentarme en el brillo de su asiento;
por las ganas pequeñas que tenemos de niños
de ver cómo se mueven las cosas desde adentro.
Al volver a la plaza, preguntó mi temor de unas pocas monedas

¿Cuánto salió la vuelta, don Antonio?
Y él contesto: – Me sobra con un beso.
Como suele ser siempre, mi infancia y su vejez
perdieron con el tiempo.
¡Don Antonio! ¿habrá plazas en el cielo?
Aunque…, hablando de distancia
por volver hasta la vida
¿cuánto me cobra cochero?

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