Por favor, si usted tiene un martillo contundente, búsquelo ya. Si en su casa además tiene un arma de fuego, con el debido martillo déle déle y déle. Termine con el arma. Pronto, hágalo por su familia y por usted. Ni se le ocurra hacerle caso a la exministra Bullrich

Por  Rodolfo Braceli

     Sucedió el martes 23 de marzo, en la ciudad de Colorado, Estados Unidos. Un saludable joven de 21 años, entró a un supermercado con un fusil de asalto AR-15 y, sin más, empezó a los tiros. Mató a diez personas; sus edades iban de los 20 a los 65 años.

    Algo parecido ocurrió en otro tiroteo, en Georgia, la semana pasada. Ocho muertos. En Estados Unidos las matanzas masivas se han naturalizado. La tenencia de armas es una costumbre fomentada constitucionalmente. El año pasado, por ejemplo, se adquirieron (se sumaron a la habidas) 23 millones de pistolas y rifles. La Asociación Nacional del Rifle defiende con furia las leyes que permiten la propiedad individual de armas. El Partido Republicano (y algunos Demócratas) son partidarios de estas leyes. El debate sobre el control de armas para uso familiar está en una perpetua ciénaga. El expresidente Barak Obama, calificó de “cobardes” a los políticos que se resisten a aprobar medidas para reforzar el control de armas. Argumentó: Estados Unidos “ya no puede permitirse que estas matanzas masivas sean algo normal”.                          

    ¿Y qué tiene que ver la ex ministra Bullrich con estas carnicerías entre ciudadanos civiles norteamericanos? Hagamos memoria. Hace un par de años esta señora (que sin disimulo aspira a presidir la nación Argentina) declaró lo más campante: “El que quiere estar armado, que ande armado” Y redondeó: “La Argentina es un país libre”. Permiso, en uso de esa libertad digo que los dichos de la señora Bullrich entristecen y espeluznan. Las sombras de Bolsonaro y de Trump se asoman, la inspiran. Madrenuestra. Madremía, ¡qué manera alevosa de sembrar futuros votos!              

    Retomo reflexiones frecuentes en esta columna. Vayamos a Estados Unidos, el país imperial que (por ahora) presume de ser la primera potencia del mundo. Usa las banderas de la “libertad” y la “democracia” como excusa para sembrar misilazos allí donde hay petróleo. Propongo que nos detengamos una vez más en el episodio de cierto niño que nació en el 2012. Se hizo famoso a los 4 años de edad. Resulta que un día iba en el asiento trasero del auto que manejaba su mamá. Vio un revólver debajo del asiento, lo alzó y le dio un balazo por la espalda. Pobrecita. Lo hizo sin querer. Que mala leche, ¿no?

    Era un arma para uso familiar. Por eso de entrada pedí: si la lectora o el lector tiene armas en su casa, agarre pronto un martillo y déle y no deje de darle, hasta desfigurarlas. No seamos necios, no seamos pelotudes: las armas convocan a la muerte.

    Una experiencia ejemplar.   Hacia el 2001 viajé a Mendoza para reportear el “Plan Canje de Armas”, plan más valorado en otras provincias y países que en Mendoza. El plan consistía en esto: quien entregaba un arma de fuego para ser destruida, recibía un vale para comprar alimentos. En las escuelas a su vez se canjeaban juguetes bélicos por retoños de árboles. La preciosa noticia fue ninguneada, pronto se traspapeló.

   Momento de recordar: ¿Sabíamos que en Estados Unidos, por accidentes con armas de fuego de uso “hogareño”, cada dos años mueren tantos norteamericanos como en toda la guerra de Vietnam? Con el Plan Canje se aplastaban las armas con una prensa. ¿Y después? En la Facultad de Artes la luminosa Eliana Molinelli propuso que esas armas mutaran “en memoria y en esculturas”. Perdón, ¿dónde están esas esculturas ejemplares?

    El caso es que la propuesta del “desarme” provoca, en muchos, crispación y amenazante violencia: “¡Quedaremos inermes!”, argumentan. Alguna vez escribí que la inseguridad se combate con trabajo y pan y no con pólvora. Titulé: “¿Alfabetización o tortura?” Un profesor de Villa Urquiza me corrigió con educada indignación: “Alfabetización ¡y tortura!”

   Que el civilizado profesor y tantas gentes prolijas de mi siempre extrañada Mendoza me disculpen: combatir la muerte con más muerte es correr hacia el abismo. A la Muerte ganémosle generando Vida. Mejor que el olor a pólvora en casa, el olor a pan. (Pero ojo al piojo: el pan de cada día, para todos y todas. Para todes. ¡Que vida el pan inclusivo!)

    Las armas en casa autorizan a matar y autorizan a ser matado. Por lo demás, a las armas en casa no las carga el diablo, las cargan ciertos humanes que argumentan a propósito del aborto: “¡La Vida es sagrada!” Quienes claman por picana y Pena Capital justifican fervorosamente las armas en casa; como defensa, dicen.

   A propósito de la defensa. Memoriemos hechos conocidos: enero del 2009, Tupungato. Un chico apodado Chupetín, 14, discute con Franco, de 12. Este le ocasiona un corte en una mano. Chupetín busca la escopeta “familiar”, recortada, calibre 16, y le quema el corazón a Franco. El 17 de marzo del 2015 Walter Roja, de 13, juguetea con el arma de su padre, gendarme; se atraviesa la cabeza. Esto pasó en Uspallata. Tupungato y Uspallata quedan en Mendoza ¿no?

   ¿Recordamos la tragedia de la escuela de Patagones? ¿Recordamos aquel adolescentes que en la avenida Cabildo de Buenos Aires empezó a los tiros sin mirar a quién? ¿Recordamos aquel ex militar que, persiguiendo a dos motochorros, disparó y mató a un hombre casualmente?

    Sigamos con la imprescindible memoria: un joven en una quinta de Buenos Aires escucha ruidos en medio de la noche. Rápido toma su arma, gatilla, derrumba al bulto. Después, linterna en mano, ve que el bulto es su madre. Era.

   Madrugada de Mayo de 2014. En una casa de Carlos Tejedor un joven nota movimientos en su jardín. Corre la cortina. Le dispara a una sombra. La sombra tenía 81 años. También es su madre. Era.

   En el barrio La Esther, de Ituzaingo, el cabo de la bonaerense Gustavo Gaglardi, 27 años, en la noche cerrada advierte movimientos en su patio. Busca su arma, dispara sobre una sombra acuclillada. La sombra es su hijo de 4 años. Era.

   En la localidad de Carrasco, esquina Potosí y Schoroeder, el señor Alonso sufre un robo con el agregado del maltrato a su familia. Decide comprar un arma. Vive en estado de alerta. Cuatro semanas después nota que alguien anda a oscuras en el living. Le apunta, gatilla. Enciende la luz y alcanza a ver la mirada de su hija, Federica Alonso, de 24 años. Esa será su mirada quieta, final. 

   Enero del 2008: en Tucumán una nena de 10 años juega con el revólver de su padre, se le cae al piso, suelta una bala, la bala penetra en su frente.

   Julio de 2005, Rosario: un chico de 5 años va a la casa de su tío. Su primo de 8 juega con un arma. Dispara. El balazo lo recibe el de 5, en la cabeza.
   Febrero de 1986: Alejandra, 17, con un arma que está de adorno, simula disparar sobre su hermano. Pero el disparo sale y mata a Gabriel, de 14. Gabriel era el hijo del guitarrista Cacho Tirao, Alejandra es la hija.

    Los casos se suman y se multiplican. Y desembocan en la paranoia, tan sembrada estos años por los medios (des)comunicadores. Lo peor del caso es que la paranoia se ha convertido en ideología; de derecha, por supuesto. Esto explica el advenimiento de seres derechos y humanos impresentables, como los Trump, o los Bolsonaro. La paranoia es un gran rebusque electoral. Y si no, ¿cómo se explica esto de perpetrar frases como: “El que quiera andar armado, que ande armado”? No le copiemos a los brasileros, ni a los yanquis histéricos. Estos son, por ahora, la primera potencia mundial. Pero son, además, lejos, el país más paranoico del mundo. Todo el tiempo nos llegan noticias pavorosas: adolescentes que entran en universidades y en escuelas y en supermercados y hieren y matan a por docenas.

   Suponiendo… suponiendo que Dios exista, ella, la bala, le roba atribuciones al Dios que decimos venerar. A ella, la bala, le pasa como a la piedra: es inocente. Damas y caballeros: la piedra nunca tendrá la culpa de la pedrada. Ni la bala la culpa del balazo.

   Por eso, en la casa mejor el olor a pan que el olor a pólvora.

   Completemos el relato referido a aquel nene de 4 años: en el estado de Florida, iba –dijimos– con su madre. Ella manejaba, él iba en asiento tracero. El nene encontró un arma debajo del asiento. ¡Qué bonita! La alzó y disparó en la espalda de su madre. Pero ella pudo continuar; al llegar a un móvil policial, denunció que “alguien” la había atacado. La policía revisó el vehículo y enseguida dictaminó que el arma era de ella y el dedito que apretó el gatillo, el de su amado hijito. Ella se llama Jamie Gils y sigue viviendo. Jamie Gils es una famosa activista defensora del uso de armas en los hogares. Por supuesto, es adherente de la próspera Asociación Nacional del Rifle. Para decirlo con terminología jurídica: Jamie está viva de pedo. Su hijito del alma, si tuviese edad para votar, ¿a quién habría elegido en las últimas elecciones presidenciales?

    (Bravo. Usted adivinó. Y vos también, adivinaste).

     Espeluznante moraleja: Algo así como un permiso para hacer justicia por mano propia. Permiso para matar y, madremía, permiso para ser matado. “El que quiere estar armado, que ande armado”.

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