Por Roberto Follari, Especial para Jornada.

La pandemia ha obligado al incremento exponencial del uso de plataformas virtuales para fines personales, laborales y educativos. Y al poco tiempo, encontramos a los que hacen de la necesidad, una virtud. Qué maravilloso trabajar sin tener que trasladarse, qué bueno educar por vías adicionales y que llegan muy lejos: aparece aquello que lleva a decir que una crisis es siempre una oportunidad. Pero sin dudas que las cosas son menos simples, y que debemos reflexionar con cuidado al respecto.

Lo primero es superar el obstáculo por el cual se cree que lo virtual es “artificial”, mientras el cara a cara sería “natural”. Como ha dicho el sociólogo Castells, estudioso de lo que él mismo llamó “sociedad-red”, la virtualidad no existe en un trasmundo sino aquí mismo, es parte de la realidad. Por eso él habla de “virtualidad real”. Y gracias a la virtualidad podemos hablar con amigos, hijos, hermanos, que están a miles de kilómetros de distancia, viéndonos los rasgos, mirándonos mutuamente. No es un ver falsedades: el otro está allí, la pantalla reproduce su presencia ante mis ojos.

No es problema el artificio, pero sí hay otros. No es menor el del negocio monumental de las empresas multinacionales ligadas a lo virtual, que están haciendo su agosto y facturando a gran escala.

Pero ello nos es, por ahora, inevitable. Otras multinacionales, de cadenas hoteleras o de empresas aéreas, están en cambio sufriendo pérdidas importantes. La pandemia favorece algunos rubros comerciales y contribuye a hundir muchos otros.

Cuando comenzó la expansión del virus, grandes intelectuales del mundo decidieron reflexionar la situación. El inicial resultado fue decepcionante: investigaron poco, y cada uno encontró en el nuevo fenómeno exactamente lo mismo que ya antes venía diciendo. Así, el famoso Zizek dijo que advendría el comunismo gracias al virus, disparate del cual sus rectificaciones posteriores no lo salvaron demasiado.  El italiano Agamben nos remitió al estado de excepción por el encierro colectivo, colaborando a las lúgubres confusiones de los anticuarentena. Y el coreano/alemán Byung Chul Han insistió sobre la vigilancia electrónica, con los nuevos dispositivos de control sobre nuestras personas por vía de los aparatos celulares y las computadoras.

Hay otras consecuencias de la pandemia que son positivas, por ejemplo la solidaridad colectiva y la necesaria participación económica del Estado. Pero sin dudas que la vigilancia electrónica se vuelve masiva e incontrolable con los nuevos mecanismos. No es que ya no lo fuera desde antes: pero ahora nuestra presencia en plataformas múltiples lleva al extremo de que existan grabaciones de lo que alguien dice como profesor, así como de lo que habla con sus amigos y familiares. Los archivos de las grandes compañías virtuales pueden reproducir nuestra vida mejor que nosotros mismos, utilizar y vender nuestros datos, saber dónde estamos en cada momento, escrutar nuestras conversaciones y mensajes. Las peores prevenciones de libros como “Un mundo feliz” y “1984” parecen estar cumpliéndose.

La vigilancia generalizada, para colmo expuesta cuando en Argentina se ventilan casos de espionaje ilegal y múltiple realizados los anteriores cuatro años, es un punto a iluminar. Habrá que legislar al respecto, hay que poner el asunto en discusión a nivel tanto nacional como planetario. Nuestras vidas no pueden estar al arbitrio del manejo técnico de unos pocos, ubicados casi todos en el Norte poderoso del mundo.

Aclaremos: es cierto que los trabajos y la educación pueden beneficiarse de cierto uso limitado de lo virtual. Pero -en cambio- es completamente falso que lo virtual vaya a reemplazar a toda forma de encuentro y de actividad presencial. La fantasía de des-socializar totalmente la vida, está presente en los cerebros de las derechas ideológicas mundiales. Un mundo sin reuniones, sin agrupaciones colectivas, sin manifestaciones, sería ideal para reforzar el poder casi absoluto del capital, la dictadura del dinero. Escuelas sin alumnos, universidades vacías, fábricas deshabitadas, son el sueño anhelado del neoliberalismo.

Pero no ha de suceder. Como se afirmaba en un film, tomando lo que antes había dicho el legendario Tanguito, “el amor es más fuerte”. Nadie nos robará la primavera, los cuerpos, el directo calor del otro, el sabor inmediato de la amistad, del amor, del sexo y la política. La utopía virtualista no pasará: todavía necesitamos intensamente del contacto de piel, del entrañable abismo de los abrazos y las lágrimas.- 

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