NOTA EDITORIAL

Los gobiernos del mundo se enfrentan al gravísimo problema de elegir entre víctimas de la pandemia o de la recesión económica.

Son esos los signos que distinguen a quienes luchan contra la crisis, quienes se comprometen para superarla, frente a quienes quieren utilizarla para sus intereses.

Estamos actuando y enfrentando un fenómeno nuevo, transversal, global, que no confronta a naciones o personas, sino que es invisible y compartido por todos los habitantes del planeta.

En momentos como éste, las instituciones públicas son nuestro instrumento más poderoso como sociedad y quizá el único de los que tienen menos recursos. No podemos permitirnos sustituirlas ni renunciar a ellas. Y estas instituciones públicas son lideradas por la política.

Una larga tradición, que viene desde Aristóteles, nos invita a considerar al hombre como animal político. Nacemos en una sociedad política y en ella tenemos que desenvolver nuestras actividades, de cualquier tipo que sean.

La política es un arte y una ciencia muy compleja y muy difícil. Por eso una de las fortunas más importantes que puede tener un país es contar con políticos de altura y gran visión.

Por su etimología lo político es lo que se refiere a la polis, es decir, a la organización, estructuración y conducción de una comunidad. Según esto, la política es la actividad que se ocupa de organizar, jerarquizar y gobernar a una comunidad de personas.

Ante la pandemia del coronavirus la decisión y el manejo político del presidente de la república, del jefe de gobierno porteño y de los gobernadores ha sido acertada.

Un último sondeo que hicieron las consultoras D’Alessio IROL – Berensztein, sobre marzo y que incluyó un relevamiento online, nacional, de 1.126 casos, le da una alta imagen a Alberto Fernández, a varios ministros de su gabinete y también a Rodríguez Larreta.

Pero en nuestro país se vuelve a abrir la grieta.  Se supone que ante un enemigo común los pueblos se galvanizan, hacen un paréntesis a sus conflictos cotidianos y marchan juntos para enfrentar a la pandemia.

Lejos de fortalecer el liderazgo político de los mandatarios, la crisis ha provocado en nuestro país una aceleración del inquietante salvajismo en los ámbitos políticos y en las redes sociales.

Ha aparecido el odio, la confrontación absurda. Son pocos dirigentes y seguidores, pero las redes los acrecientan en su fan destructivo.

Y es muy doloroso que le pase a nuestra sociedad frente a la crisis de la pandemia y lo que se viene con ella.

Una sociedad democrática no existe sin diálogo, que hace posibles los disensos pero también, y de manera sobresaliente, los acuerdos y consensos. Por eso es necesario también un aporte constructivo de la oposición; deben tener una actitud responsable haciéndose cargo de su parte en la gobernabilidad.

La muerte por virus llegó a nosotros y está rondando sin preguntar a qué fracción política perteneces, ni que idea económica tienes, ni si eres rico o pobre, hombre o mujer, niño o niña.

La historia no ofrece ejemplos de soluciones estables para los problemas inmediatos que no estén insertas en una gran proyecto unificador de voluntades. Los pueblos sólo avanzan impulsados por una conciencia común de desafío: no habría una cultura democrática sólida en la Argentina si no fuera común a todos. El diálogo constituye una empresa difícil, pero es tan urgente como indispensable. La reconciliación y el diálogo deben ser introducidos en la vida social para llevar con menos peso la pesada cruz de la pandemia.