La situación es grave. La población ha demorado en darse cuenta, pero finalmente la gran mayoría asume que corre peligro, que hay que extremar cuidados, que hay que apelar a la vacuna apenas se pueda

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

Mueren personas conocidas. Se enferman otras en cantidad creciente. Ya hay temor a salir, a ir al trabajo, a hacer compras, a sentarse en un bar. Y a concurrir a la iglesia, a la escuela, a la esquina incluso.

  Así estamos. Con las instalaciones sanitarias al límite, con casos de búsqueda desesperada de camas durante horas. Esto no es juego. No es cuestión de si creo en el virus o no creo en su existencia: el virus no hace esas preguntas. Avanza y contagia, ahora con diversas cepas nuevas con mayor peligrosidad, que ya se esparcen por el país.

  Obvio que si se hubiera querido tomar medidas más restrictivas, la sociedad no las hubiera soportado: hay cansancio, tras meses de inevitables limitaciones. Pero hay que hacerse cargo de las consecuencias: sin distanciamiento o confinamiento, no hay modo de parar la peste.

  Mientras, en la política se viven desenfoques insólitos. Aquellos para quienes su lugar en las elecciones importa más que la salud pública, despliegan sus estrategias junto a sus aliados mediáticos: así, Bullrich (que no es ella sola, es su sector político) convocaba públicamente a manifestaciones contra los cuidados, incluso fue a una en que se usó bolsas negras para imitar cadáveres. Después, desde allí se decía que la vacuna Sputnik era veneno: resultó la más codiciada a nivel mundial. Después, dicen que las vacunas son pocas –esas contra las que manifestaban y despotricaban días antes-. Es curioso: los gobiernos provinciales podían comprar (caso Gerardo Morales), intentaron hacerlo, fracasaron: hoy es dura la riña mundial por el tema. Conseguir vacunas no es moco de pavo. Argentina ya obtuvo más de 10 millones, y está en el lote del 10% de países que más vacunas ha obtenido en todo el mundo. 

  Por supuesto, eso no significa que uno no quisiera ir más rápido: pero estamos a la altura de Alemania o de España, para nada peor que esos países a los que solemos admirar. Y hay muchos más contagios en países vecinos como Chile o Uruguay, que el mismo Macri se había encargado de decirnos que era un ejemplo en que debíamos mirarnos.

  Ahora tenemos el feroz lobby en favor de Pfizer. Una conocida locutora de la tv puso cara de tonta para decir que “no sabemos qué ocurrió con Pfizer”: que si se hubiera negociado bien con ellos, nos sobrarían vacunas. Es falso: esa empresa les ha fallado a todos, y ni Chile ni Uruguay han recibido una cantidad respetable de vacunas, siempre lejos de las que habían contratado. Porcentajes mínimos. Pero además, se sabe muy bien qué pasó, y dos días antes de que la periodista fingiera perplejidad, nada menos que el New York Times dejó claro que Pfizer había propuesto a muchos países condiciones leoninas e inaceptables. Pretendía que si las vacunas fallaban no sólo ellos no se hacían cargo, sino el Estado del caso (el argentino, para nosotros) tenía que pagar a los perjudicados que hicieran juicio. ¿Cómo? Con bienes del país: tierras, agua, hasta instalaciones militares. Y, nada menos, los dineros del Banco Central. ¿Qué tal?

  Así y todo, se ha vuelto a hablar con Pfizer a ver si puede acordarse un mejor plan, dentro de la decisión del gobierno de EE.UU. de mejorar su actuación desastrosa en Latinoamérica durante la pandemia. EE.UU. retiene las unidades de Aztraseneca que son del convenio entre Argentina y México, quitándonos vacunas, mientras desde China y Rusia llegan los cargamentos que nos permiten ir inmunizándonos. De tal modo, la geopolítica de EE.UU. está sufriendo un duro golpe autoinfligido, y quizá esté dispuesta desde ahora a corregirlo. Desde ese panorama, se ha reabierto negociaciones con el gobierno argentino, de resultado necesariamente incierto.

  Mientras, vivimos la locura de una discusión sobre la presencialidad educativa que no puede ser más absurda. Por un lado, Rguez. Larreta eliminó el programa Conectar Igualdad, y dejó a los niños porteños sin computadoras. Por otro, ha bajado en 30% el presupuesto educativo. Y ahora dice que muere por la educación, y hasta desobedece un fallo judicial con ese pretexto. Pero lo que está en juego es la salud, es vida o muerte: hay padres que no envían sus chicos a la escuela.

  Es como discutir, en medio de un incendio, si la leche es importante para la dieta. Todos sabemos que sí. Pero si la casa se incendia, poco sentido tendría ponerse a discutir si nos metemos entre las llamas para salvar la botella de leche. El problema es el incendio. Y acá el problema es la pandemia.

  Hay nuevas medidas sanitarias: ojalá se las tome con seriedad por la población, y por los gobiernos de provincias y municipios. No está el horno para bollos, ni la situación para juegos electorales: hay que salvar la vida de padres, hermanos, hijos, nietos, parejas. Salvar todo lo que se pueda, sabiendo que hay un margen de pérdidas irremediables. No nos equivoquemos, que no tengamos que arrepentirnos luego de no haber hecho lo suficiente.-