Oscar Conti, no era conocido por nadie. Nadie sabía que hacía, ni que pensaba, ni con quién, ni dónde. Decidió ser dibujante y ponerse un seudónimo. Se acordó de cuando era niño. Sus amigos le decían Oscarcito. En su casa no. Quería dibujar y sus dibujos necesitaban tener mucho espacio blanco entonces no podía firmar con tantas letras. Decidió acortar el diminutivo y allí decidió: Oski.

Por Emilio Vera Da Souza, especial para Diario Jornada.

Nació en Buenos Aires, a los 14 años del siglo y fue unos de los más destacados dibujantes argentinos, dedicado al humor y conocido en buena parte de los lugares en donde aprecian el buen gusto.

Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, mientras realizaba dibujos publicitarios para pagarse los estudios y luego estudió escenografía.
El seudónimo lo comenzó a usar porque no estaba muy conforme con lo que hacía y eso le generaba un poco de vergüenza.

Trabajó en Vea y lea, Cabalgata, El hogar, Clarín y otras publicaciones. Pero donde alcanzó su mayor desarrollo y conocimiento por parte del público fue en Rico Tipo, en la que publicó su único personaje, páginas de chistes gráficos y lo que hizo la diferencia fue que ilustró textos de César Bruto.

Bruto escribía un insert dentro de la revista llamado “Versos y notisias”, de aristas delirantes, que salía ilustrado por las famosas “fotoskis”, dibujos que ilustran las notas a la manera en que los periódicos hacen con las fotos.

Editó y dibujó su revista: Los cuadernos de Oski. Realizó varios viajes a Europa, y trabajó principalmente en Francia e Italia. En ambos países realizó ilustraciones para libros y diseños publicitarios.

Ya en la década del ’70, trabajó en Satiricón, en la que de nuevo se vinculó a César Bruto para sus Brutos consejos para gobernantes. Con César Bruto también realizaron, a pedido de un laboratorio, unos Cuadernos de Medicina. De estos cuadernos surgió la idea de hacer El medicinal Brutoski ilustrado, recetas muy antiguas ilustradas a la manera que sólo él sabía.

Oski sentía pasión por los libros antiguos y la conjunción de éstos con sus ilustraciones generaba resultados humorísticamente sorprendentes. En esa línea están: Vera Historia de Indias (1958), Primera Fundación de Buenos Aires, llevada al cine en 1959 por Fernando Birri, Vera historia del deporte (1973) y las publicadas después de su muerte: El descubrimiento de América (1992) y Comentarios a las tablas médicas de Salerno (1999).

Colaboró con muchas publicaciones de izquierda, entre ellas L’Unitá, Paese Sera y Vie nuove. Decidió vivir un tiempo en Cuba tras el triunfo de la revolución, e hizo otro tanto en Chile cuando asumió el gobierno de Unidad Popular, radicándose allí para trabajar en televisión y en la revista Cabro Chico.

Cuando volvió de Chile a Buenos Aires, en 1972, fue precisamente cuando colaboró en Satiricón, pero no soplaban buenos vientos para su mentalidad antirepresiva y en 1975 hizo su quinto viaje a Europa, esta vez a Barcelona, donde trabajó para la Editorial Lumen. De allí partió en 1976 a Roma y en 1979, enfermo, regresó a Buenos Aires, donde murió el 30 de octubre en una cama de hospital.

Con motivo del cumplimiento de sus cien años el Museo Nacional de Bellas Artes le realizó una muestra homenaje con una exposición individual con 75 obras del artista. La obra estuvo organizada y producida por el ilustrador REP.

La Vera Historia de Indias, es un ejemplo de la innovación que introduce Oski en las artes gráficas. Según palabras de Miguel Rep “su trazo minucioso, dibujos simples con fuertes contenidos documentales. Didactismo sin solemnidad. Fauna, flora, humanidades. La obra del Hombre abriéndose paso en la Naturaleza, con ferocidad, o dócilmente. Gentes que conquistan, gentes que se defienden, que corren, que comen, que miran, que se distraen”. 

La trayectoria gráfica de Oski es fácil de seguir en las publicaciones, a pesar de que no se conservan los originales de sus obras y costó mucho esfuerzo y tiempo recuperar sus dibujos dispersos. 

Ente los numerosos viajes que realizó podemos nombrar los que hizo a Perú, Chile, Italia, Francia, Cuba, Venezuela, México, España. En la política, Oski es un dibujante comprometido. Su compromiso político apoyó causas como la Revolución cubana o la de la Unidad Popular chilena. Asimismo, publicó en revistas de izquierda italianas. Fue un dibujante culto y libertario, que dedica su obra al pueblo. El documental de 1972, “Pulpomomios a la chilena”, es un ejemplo de ello. 

La influencia de Oski se manifiesta en la obra de varios de sus colegas, a pesar de que sus grandes series como la Historia del Deporte, el Fuero Juzgo, el Fausto, el Ars Amandi, los relativos a la Historia de Indias y las Tablas de Salerno no tienen continuadores. 

Oski, fue mucho más que un dibujante de caricaturas. Afincado en revistas de circulación popular deslumbró a lectores y colegas con desacatados dibujos de trazos imprevisibles donde supo explorar como nadie las sinrazones que abundan en la historia humana.

Con Carlos Warnes, alias César Bruto, formaron una dupla genial. Textos e ilustraciones acometían desopilantes narraciones, atravesadas por el disparate de un surrealismo a la criolla.

Oski podía aparecer alternativamente como antropólogo, botánico, sexólogo, cronista de Indias o retratista de fonda, y todos estos ropajes le quedaban bien porque se mimetizaba para parodiar las disciplinas con humor cáustico e hiperbólico. Iconoclasta, punzante en sus observaciones del devenir cotidiano, se inventó un túnel del tiempo por donde discurrió a piacere por siglos y siglos.

En sus caricaturas abunda la voluntad por ir al microscópico detalle. Oski obliga a pensar, compromete en su aventura, nos hace copilotos de una historia sin fin que gira en círculos. Sus criaturas lucen deformadas pero son dueñas de una extraña belleza, están aureoladas por una pureza prehistórica que las torna amables aunque alguna viñeta remita a la conquista de América, como muestra su increíble saga Vera Historia de Indias.

Las damas y caballeros oskianos andan saltando por los almanaques y a veces se olvidan de sacarse la armadura o el miriñaque cuando se tienen que subir a un bondi porteño.

También son destacables sus “intervenciones” de naipes y signos del Zodíaco, sus “covers” de clásicos como el Martín Fierro, sus delirantes ilustraciones de los pecados capitales y la sátira expresionista a la medicina medieval de la que hace gala en Comentarios a las tablas médicas de Salerno.

El genio de los pajaritos sin alas
En la última entrevista a Oski, publicada de manera póstuma en la revista Humor en 1979, Juan Sasturain le preguntó por sus pajaritos sin alas, siempre presentes en su trabajo. “Ese pajarito, por ejemplo, ¿a dónde va?”, preguntó Sasturain, señalando uno de sus dibujos. “¡Qué sé yo dónde va! —respondió Oski—. ¡Al carajo va!”.

Oski era tan famoso por sus arrebatos como admirado entre sus pares, para quienes sin dudas se trataba de un maestro indiscutible. Contemporáneo de la edad de oro del humor gráfico argentino con sus trabajos junto a César Bruto y su personaje Amarroto —que salían en la revista Rico Tipo—, Oscar Conti fue también el ilustrador de la Vera historia de Indias, del Ars Amandi y de la Vera historia del deporte, entre otras tantas obras maestras.

Arabescos sobre los textos sagrados

Por Umberto Eco

Oski es conocido mayormente, no sólo en Sudamérica sino también en Europa, como un sabroso dibujante de viñetas humorísticas. Pero esta definición es ya restrictiva, ya que sólo por momentos Oski se permite el dibujo con diálogo, la tira cómica propiamente dicha, y cuando lo hace se vuelve sospechoso de “clasicismo”, a tal punto sus personajes evocan artísticamente un universo que es más el del primer Steinberg cuando en los años ’40 elaboraba “Bertoldo” que el trazo más esencial del dibujante contemporáneo. Porque el estilo de Oski es florido, barroco, se adapta mejor al paseo del caballero con sombrero de copa (pero también sobre patines con rueditas) por un paisaje de frondosa vegetación tropical o en un salón lleno de cosas hermosas de pésimo gusto, que a los fines –que conozco– del apunte contemporáneo de costumbres, a la sátira política con personajes reconocibles, a la evocación de la cotidianidad alienada.Cuando analizamos sus viñetas, descubrimos que Oski les dedica más tiempo y malicia de las que aconsejaría el carácter efímero del destino del producto.

La sospecha de que Oski no es un viñetista queda demostrada cuando hojeamos sus folletos destinados a ilustrar manuales deportivos, textos medievales, zodíacos de naipes, páginas de historia patria, crónicas renacentistas. Donde Oski no es el dibujante que añade alguna viñeta al texto original: ese procedimiento sería por lo menos ofensivo, desde el momento que justifican la existencia de sus vagabundeos gráfico y fantástico por territorios misteriosos, habitados por fieras inexistentes, o que si han existido se desrealizan bajo su lápiz, señores en frac subidos a velocípedos inverosímiles, conquistadores y médicos de los antiguos tratados de escuela salernitana. Y sin embargo, no traiciona los textos; los extraña, pero no los niega, porque curiosamente Oski traduce en imágenes todo lo que el texto dice. Sólo que exagera, toma demasiado al pie de la letra y con minucias de manual técnico, o bien interpreta en clave grotesca, transforma la gravedad en arrogancia, lo extraño en anormal, desnuda casi las posibilidades de la comicidad inconsciente contenidas en el texto.

Así descubrimos su secreto: en el plano del dibujo, recita una vez más la comedia argentina de la imaginación sin normas y filologizante (oxímoron insostenible), la de los Borges y los Cortázar; inventa (glosando datos de bibliotecas) bestiarios fantásticos, reproduce bibliotecas de Babel en miniatura, en una palabra, juega con la cultura y toma la cultura prestada para tratarla sin respeto (aunque con una atención alerta a sus misterios).
Hablamos de miniatura: y Oski es en efecto un monje enloquecido que hace arabescos sobre los textos sagrados, pero no como los quiere el padre prior. Está de parte del diablo, aspira a serlo. Se comprende entonces por qué sólo en sus obras “de caballete” revela su vocación medievalizante y simbólica (pero Oski no es ni Satanás ni Lucifer, es un Astarotte, un demonio molesto, que trompetea con su culo en los congresos de los archivistas paleógrafos). Aquí Oski se desencadena en colores, en collages, en la reconstrucción minuciosa de paisajes, en la inserción de objetos hallados que parecen inventados.
Juegos de naipes y altares, dos momentos de una religiosidad a contrapelo que cultiva sin sentido de la gracia, porque sus personajes están siempre deformados por el más tremendo de los pecados originales: no saber contenerse, serios como son, se ríen. Sólo que los tonos de antigua miniatura los absuelven y los consagran a la pintura.
En esta falsificación de la página del misal, del folio amarillento, del tapiz, Oski trasciende la dimensión de la viñeta y elabora un tesoro medieval propio, su alcoba de maravillas enloquece de colorido.
Umberto Eco, Milán, 1974.


SUS ADMIRADORES Y COLEGAS LE ESCRIBEN AL MAESTRO DE LAS LÍNEAS

Oski, de rigurosa joda

Por Juan Sasturain


A mediados de 1979 se organizó una Bienal del Humor y la Historieta en Córdoba. No era la primera y también habría otras después. Pero fue la única que se realizó durante la dictadura. Y fue muy grande e importante, sobre todo por su carácter internacional. Llegaron muchos y buenos de afuera. Viejos conocidos como Pratt y Ongaro, yanquis famosos –Joe Kubert, entre otros– y sobre todo el increíble Jean Giraud, Moebius, que comenzaba a ser uno de los monstruos de la historieta contemporánea y andaba en zapatillas, liviano y de anteojitos. Esa Bienal fue todo un acontecimiento.
Para algunos de nosotros, colados ahí como periodistas, fue la oportunidad de estar cerca, también, de artistas argentinos que estaban afuera y que vinieron invitados. Entre todos ellos, me di el gusto y me permití la emoción de conocer a un señor veterano –tenía sólo 65 años, pienso ahora–- que usaba melenita canosa y anteojos grandes, algo enconvado para no parecer tan grandote y dar frágil. Era Oski, vivía por entonces en Milán y yo –como muchos– lo admiraba desde siempre.
Recuerdo haberme juntado con Sanyú y el Lolo Amengual –dibujantes que andaban por ahí y se sumaron a mi grabador– para arrinconarlo y sacarle un reportaje con tirabuzón. Oski era parco y ladino, cachador. Se tiraba a menos con sabiduría, trivializaba sus logros, contaba sin atisbos de solemnidad su trayectoria como una serie de equívocos y tropiezos. Hablaba como dibujaba, con la misma capacidad de deslumbramiento y rara seducción, traviesa ingenuidad.
Esa entrevista es lo más valioso que me traje de Córdoba, pero no el único recuerdo de Oski. Lo más lindo pasó en un almuerzo en patota de invitados, prolongado en típica sobremesa, acaso la del último día. Lugar común de cierre, estaban en el lugar las soberbias autoridades provinciales y no faltó el mangazo habitual a los artistas de “un dibujito” para la mujer del milico gobernador de turno de cuyo nombre no quiero acordarme.
Oski, taciturno y mañoso, sin apuro ni fastidio aparentes, pareció empeñado largo rato, ante la expectativa creada a su alrededor, en dibujar lo que describía como “la sombra del tornillo”, un ejercicio sutil que omite la materialidad del objeto y se limita a dibujar las sombras de la rosca. Pasado largo rato, Oski desechó con un gesto de contrariedad los infructuosos ejercicios que había estado realizando y, tras decir “no me sale”, rompió el papel y dio por terminado el intento. No hubo ni dibujito ni disculpa.
Fue una auténtica gastada.
De regreso en Buenos Aires, publiqué el reportaje en Medios y Comunicación –de lo poco que se dejaba ver y oír por entonces– y apenas después, participando de ciertas herméticas “jornadas de arte impreso” junto a Oscar Steimberg, me enteré de que Oski se había muerto. Así nomás: una complicación boluda en el post-operatorio de una intervención no demasiado grave, me dijeron. Era el 30 de octubre de 1979.
Hermenegildo Sábat –quien lo conocía– lo admiraba, incluso; pero mientras el rumano era pariente cercano de Klee, Oski era –siempre recuerdo ese vínculo– “sobrino nieto de Durero”. Exactamente así.

Aquel ocasional reportaje cordobés que concedió, cobró de pronto un sentido extra. Así, tras su muerte, volvió a publicarse como homenaje en la revista Humo(R) –Andrés Cascioli estaba armando por entonces una exposición de Oski–, con unas hermosísimas fotos que le había hecho Eduardo Grossman y que son las mejores de todas las que andan por ahí.
Oski fue un genio. De los pocos que hemos producido en este país de tantos buenos dibujantes y humoristas. Hay unanimidad en este juicio de valor. Y hay una dificultad casi unánime también para definir los rasgos de su genialidad: hay que verlo, detenerse en detalles y mecanismos.
Simple en apariencia, sus formas expresivas siempre son complejas. Y cada uno lo disfruta a su manera, desde lugares diferentes de complicidad. A mi papá, por ejemplo, siempre le gustaron sus chistes unitarios en Rico Tipo –de mozos, de bomberos, de borrachos– y repetía tiras de Amarroto: “¿Qué hace con los trajes viejos?”. “Los uso.” Yo me quedo con el ilustrador.
De sus contemporáneos, tiene afinidades muy claras con el primer Landrú –los dos arrancaron a principios de los ’40 como bichos raros en el contexto del costumbrismo generalizado– y son impensables sin Steinberg. Pero lo de Oski es más abstracto e indirecto que la provocación por el absurdo de Landrú: de la sociología a la metafísica.

La veta loca de Landrú se apoya en el material que le dan la sociedad y la política: Landrú escribe y dibuja –aunque no copie– mirando el diario y con el oído finísimo puesto en la mesa con mantel de una confitería de Barrio Norte. Comenta y delira con lo que ve. La veta loca de Oski, en cambio, se apoya en la Historia y las Artes. Oski dibuja y no escribe (de eso se ocupaba su ladero César Bruto), sale menos, se queda más en el estudio leyendo los textos que le interesan –de la Biblia al Kama Sutra; del reglamento de boxeo a los manuales de urbanidad o las Crónicas de la Conquista– y mirando los cuadros que le interesan. Después dibuja, comenta gráficamente, versiona, inventa en esa fisura. Las conclusiones decantan solas: nunca es explícito. Landrú siempre lo es.
Los dibujantes de las generaciones siguientes lo homenajearon, se sirvieron de sus soluciones más rotundas. Copi y Caloi, cada uno a su manera, incurrieron en variantes de sus pajaritos sin alas. Todos se acordaron de él, rindieron tributo a su inteligencia y sutileza expresiva cuando se fue para quedarse. Pude en su momento escuchar a Breccia o Warnes, sus amigos de muchos años, hablar de Oski como si ese “viejo malo” e indomable estuviera al pie del tablero y la ironía. Y es que sigue ahí, todavía.

Juan Sasturain

Chile sin sol

Por Guillermo Saccomanno

Me acuerdo que en la última bienal de la historieta de Córdoba, durante la dictadura, el Negro Fontanarrosa decía que no era una muestra sino una encerrona, que ya nos tenían a todos ahí. El viejo Breccia y Oski estaban sentados a una mesa larga con vino, adonde se acercaba el público a pedir dibujos. Entonces una mujer chilena le pidió a Oski un dibujo y él hizo una especie de cordillera. Ella le preguntó si era Chile, cuando él le dijo que sí, que era Chile, la mujer le señaló que al dibujo le faltaba el sol. Pero Oski le respondió que no podía hacer el sol. Era claro que no podía por la dictadura de Pinochet.
Creo que es el gran padre de muchos, es el gran maestro de todos los dibujantes argentinos, y lo que es interesante en el caso de Oski es cómo puso al dibujo en función de una crítica cultural, como en la Vera historia de Indias, o cómo se toma en joda la medicina o el deporte, y lo hace de manera absolutamente sacrílega, y es ahí donde abrocha lo que hacía con César Bruto, Carlos Warnes, esa experiencia de lenguaje que irritaría a cualquier Congreso de la Lengua. En términos de la ilustración y el dibujo es el equivalente a Breccia: lo que hizo Breccia violentando el margen de los géneros, Oski lo hizo con el dibujo. Es el padre de Quino y el abuelo de Rep.

Bajo la superficie

Por Carlos Trillo

Oski era un tipo maravilloso, un humorista de un refinamiento inolvidable. Al principio era un descendiente de Saúl Steinberg, pero se separó rápidamente de esta influencia; mientras Steinberg avanzaba hacia lo figurativo, Oski se volvía más representativo de una realidad que él veía con ojos muy particulares. Era un humorista de situaciones, y no de chistes; además ostentaba una precisión que asustaba porque te mostraba una escena de la conquista americana y no podías dejar de suponer que había sido así, con los gatos famélicos que corrían por debajo de la mesa. Era un fino observador que iba más allá de la superficie de las cosas. El humor con los objetos lo hizo menos conocido como humorista, porque nunca practicó con facilidad y felicidad el chiste, que no es lo mejor de su obra.
Una de las cosas más grandes que hizo fue la dupla con César Bruto en la revista Rico Tipo, en las secciones Versos & Notisias (sic) y Gran diario de todo lo miércoles (sic), con las viejas conventilleras de la cuadra y un restaurante en donde envenenaban a los parroquianos con “la albóndiga enbrujada”. En esa sección de Versos & Notisias salió una de las grandes joyas del humor argentino. Ellos contaban en tres cuadritos con epígrafe toda la historia del Quijote, para gente que no quería leerlo. Oski era un tipo de una enorme cultura. Estábamos preparando una historieta, que la iban a dibujar entre él y Alberto Breccia, pero Oski murió. Habíamos elegido un cuento de Poe, La caída de la Casa Usher; a Oski le tocaba dibujar todo lo que estaba vivo, a Breccia todo lo que estaba muerto.

Una línea cuidadosa

Por Roberto Fontanarrosa

Oski era un tipo muy cercano al deporte, creo que había jugado al rugby. El contaba siempre que cuando vivió en Chile la policía le había requisado la casa porque los vecinos estaban asustados; escuchaban un ruido molesto, como si fuera una imprenta clandestina. Pero era Oski, que se había comprado una bicicleta fija y se la pasaba pedaleando. El Negro Caloi dice que casi todos nosotros, los dibujantes, tratamos que las figuras humanas o animales tengan gracia, pero que no hacemos lo mismo con una silla, una mesa o con otro tipo de objetos.
Lo significativo en Oski es que sus figuras inanimadas también resultaban muy graciosas. Siempre me causaron mucha extrañeza sus dibujos porque son muy expresivos y, sin embargo, no le hacía pupilas a los ojos, que es una de las partes más importantes, pero no sé cómo carajo había adoptado esa característica sin perder la expresión. Era un tipo que nos miraba al Negro Crist y a mí y decía: “Puta que se ganan fácil la vida estos”. Oski era un dibujante de línea lenta, cuidadosa, aunque con sus figuras lograba hacer pensar que era un dibujo muy espontáneo, sin lápiz abajo, no tenía una impronta rápida. Me gustaba como persona, era gracioso, un viejo malo: a la gente que no quería la hacía mierda. Era muy ácido e irónico.


La rima gráfica

Por Pablo De Santis

Cuando ilustraba un texto, Oski decía que hacía “versiones”; un término que corresponde a la escritura y no a la ilustración y que no es casual, porque en Oski hay algo de escritura: los trazos fingidamente torpes y a la vez minuciosos, la presencia de líneas en el dibujo (las olas del mar, los surcos de la tierra), el gusto por las rimas gráficas (esas formas que se repiten y que dan coherencia a su mundo). Oski trabajó casi siempre sobre textos anteriores (la Vera historia de Indias, la Vera historia del deporte, los Comentarios a las tablas médicas de Salerno), e inclusive cuando hizo su única tira (Amarroto, para Rico Tipo) ésta era su versión de un tipo de humor del que estaba a años luz: el humor de los “tipos”, donde un mismo personaje repetía en distintas circunstancias idéntico comportamiento, como Fallutelli, Fúlmine o El otro yo del Dr. Merengue.
Hay un reportaje fantástico de Juan Sasturain, donde Oski recuerda que uno de sus primeros trabajos consistía en hacer láminas educativas, y que él quería dibujar algo al estilo Salinas, con su perfección y detalles, y que le salían mal las cosas, sobre todo las patas de los caballos. En su Vera historia del deporte, Oski trabajó con un texto menos cruel que el de los cronistas de Indias o el de los antiguos métodos curativos de Salerno; y por eso parece doble el heroísmo de estos deportistas al ejecutar hazañas con esas piernas tan flacas y con esos brazos finitos que quieren ser letras.

Lejos de Disney

Por Miguel Rep

Hay, por lo menos, dos maneras de presentar a alguien que uno admira. Una es habiéndolo conocido. La otra es no habiendo tenido esa suerte. Con Oski (Oscar Conti, Bs. As. 1914-1979) me toca esta última posibilidad. Esta lamentable falta de trato, definitivo, lejos de invitarme a un prólogo objetivo, me lleva a ser lo más subjetivo posible. Porque subjetivo es el arte.
A mí Oski se me impregnó de costado. Nunca lo copié como quien dice pongo el libro ahí y lo copio. No. Pero se me metió sin ruido, sin pasiones. Como una religión en plena infancia. Y nunca logré salir de allí. Ni quiero. Para mí Oski es un abuelo mítico, de esos que mueren antes de uno nacer. Sé que si el Maestro no hubiera existido, yo estaría recreando la línea Disney, esclavo de la formita, del trazo prolijo y perfecto, de las redondeles demagógicas.Y no fui el único, claro. Lo vemos en Landrú, en Sendra y hasta en la letra Q de la firma de Quino: es idéntica a la O de Oski.
Vera historia del deporte. Esto que tenemos entre manos es donde el genio se defiende solo, por los siglos de los siglos. Amenlo.

  • Fragmento del prólogo de Vera historia del deporte.