Hace tiempo que me da vueltas en la cabeza. Y pienso y repienso y vuelvo a pensar.Nosotros, los de este lado del mundo, que nos consideramos tan hijos de inmigrantes, tan europeos entre los sudacas. Por Emilio Vera Da Souza.

Nosotros tan blanquitos y tan prolijitos y con los papeles en regla, con dos pasaportes.

Nosotros, tan viajados y tan estudiados, siempre somos muy considerados entre nosotros. Tanto que nos pensamos infalibles, y lindos, y buenos y bellos. Y rubios, y esbeltos.Hace un tiempo, pero últimamente con más frecuencia, escucho más seguido en los lugares públicos, en los espacios comunes, en reuniones privadas y en las redes sociales, hablar despectivamente de otro o de otros y calificarlos sencillamente como “negros” cuando esa persona no le gusta a alguno.

Eso que hace “tal o cual” es de “negro”.Y si alguien se atreve a contradecir al descalificador, hace una pequeña aclaración, con la cual, piensa que salva la ropa. Cuando digo negro, me refiero a “negro de acá” –señalando su propia cabeza.O dicen: “Quiero decir negro, pero negro de alma”.

Debo confesar que ya es tan frecuente y tan a boca de jarro, que los que usan esos recursos descalificantes, ya me tienen cansado.

Me llenaron… estoy harto. Me acuerdo de Julio Castillo, de Roberto Fiat, de Rubén Rada, de David Blanco, de Horacio Fontova, de Alejandra Manino, de Oscar Gilberto Martínez, de Silvana Díaz, de Luis Espinoza y tantos, tantos, tantos otros negros pero tan negros, que llevan el Negro hasta en el nombre.

Me acuerdo de mi abuelo que se enamoró primero de una de cutis oscuro y luego de otra que también. Mi abuela era bastante negra. Yo lamento no tener ni su pelo ni su piel.

Quienes piensan que la pigmentación de la piel los hace diferentes están fritos. Con los avances de la ciencia, en estos días, no hay argumento posible para indicar que el color o la ausencia de color nos hace mejores o peores. Simplemente nos hace diferentes. Ni más o menos inteligentes, ni más piolas, ni más divertidos, ni más sanos, ni más cancheros. Distintos, diferentes, únicos.

Y como somos todos diferentes, para protegernos, la ley debe tratarnos por igual. A los de Missisippi, a los del Congo, a los de Tucumán, a los de Bolivia, de Brasil, de Jujuy, de Ugarteche, de Atacama, a los de la República Oriental del Uruguay, a los del Barrio San Martín, a los de Etiopía, o de China, o los de Bali. A las de Cuba, o de la calle 42, a los del otro lado de la Costanera, o los del lado de enfrente, a los del pasillo del fondo, o los que andan manejando camiones, o trabajan de albañiles o las trabajadoras sexuales. A mis hijas, a las hijas de mi amigo Domingo, o los del Gustavo. A los que trabajan en el Circo, en la Feria, en la Pizzería Don Evaristo.

Las minorías raciales no pueden ser descalificadas con ningún motivo. Y pareciera que por allí se quieren colar algunos intolerantes, algunos ignorantes, algunos poco solidarios, algunos que usan bastante la discriminación como argumento y la sinrazón como lo cotidiano. Incluso los que nos tienen que cuidar porque trabajan de eso. Mi colega Ricardo “Patán” Ragendorfer, uno de los que más sabe sobre policías y delitos dice: “el gatillo fácil es el único delito que comete la policía, sin fines de lucro”.

Mi amigo Antonio Morescalchi, hacedor de vinos rubio y florentino que viaja por todo el mundo, dice: “¿Qué es el terrorismo? En una escala global, es una pequeña fuerza tratando de tener un gran impacto. Su objetivo es crecer hasta el punto de convertirse en una bola de nieve… tenemos que estar atentos… Si nos inclinamos hacia el racismo ayudamos al terrorismo”, concluye Antonio.

Luis Espinoza, asesinado en Tucumán por una banda de criminales policiales.

Tratar a los pobres, a los distintos, a los inmigrantes, a los extranjeros, a los discapacitados, a las diferentes, a los menesterosos, a los que andan por el mundo buscando un lugar tranquilo para vivir, de “negros” y despreciarlos por eso, no es sólo una señal de ignorancia, sino que también es un reflejo del miedo. Y yo desde este pequeño lugar que ocupo, me niego a vivir con miedo y entre los que no soportan lo diferente.

Yo soy de acá, como todos tengo historia y tengo raíces, pero soy de acá. Amo este lugar, pero no por el paisaje, amo esta tierra por la gente. Y qué casualidad, que les veo las caras a esta gente, y veo todos los colores, aunque no veo sus almas. Ni siquiera sé si las personas tienen algo llamado alma, ajeno a su ser. Pienso que somos una unidad cada uno. Pensamiento, cuerpo, espíritu, genes, historia, sentidos y sentimientos. Y no veo diferencias por pigmentos.

Pienso y quiero creer que todos merecemos la posibilidad de ser respetados como seres únicos y defendernos como un complejo de seres en unidad. No hay negros malos, rubios buenos, amarillos inteligentes o rojos repugnantes.

Y si no, pregunten a los niños. Ellos no saben de fronteras ni razas ni diferencias anatómicas.