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Martina Chapanay

Mucho se cuenta y poco se sabe de esta mujer que fue emblema de los pobres de su tiempo y  sigue siendo destinataria de las devociones populares. Hay pocos documentos que confirmen su vida y muchos relatos que agrandan su mito.

Domingo, 15 de Setiembre de 2019
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Domingo, 15 de Setiembre de 2019 | Mucho se cuenta y poco se sabe de esta mujer que fue emblema de los pobres de su tiempo y  sigue siendo destinataria de las devociones populares. Hay pocos documentos que confirmen su vida y muchos relatos que agrandan su mito.

En Martina, como en la vida de otros  bandoleros del ayer, la realidad se confunde con la leyenda. No podemos, los mendocinos, atribuirnos la pertenencia de esta mujer, aunque haya vivido en las lagunas de Guanacache, aunque muchos de sus días hayan copiado el paisaje de los laguneros. Es más bien sanjuanina y no por nada en San Juan está enterrada. Sin embargo su influencia en nuestra Mendoza continúa hasta nuestros días. Hay en Mendoza escuelas, bibliotecas, calles y hasta premios con su nombre. Hasta un distrito del departamento de San Martin tiene el mismo apellido de la Martina.
Dicen que fue la hija única de Ambrosio Chapanay, cacique de las comunidades Huarpes, que nació alrededor del 1800 y que no tuvo hermanos. El apellido Chapanay es derivación del milcallac: chapac - nay, "zona de pantanos".  Su madre, Mercedes González, de raigambre sanjuanina, murió cuando Martina era muy pequeña. Dicen que, en tales circunstancias, su padre la entregó a Clara Sánchez, de la ciudad de San Juan, quien la educó con mucho rigor. Un día Martina, ya adolescente, se cansó de tantas exigencias, encerró en la casa a toda la familia que la albergaba, y escapó hacia sus tierras natales. A partir de entonces creció sola y con graves privaciones. Tal vez esa situación de indefensión, la llevó a manejar diestramente el chuchillo, a montar como los hombres mejores jinetes y a aprender a soportar los rigores del desierto desnudo. Dicen que manejaba las boleadoras con enorme destreza, que era certera con el lazo, baqueana en los terrenos traidores, buena cazadora y nadadora. Dicen que era mujer muy bella, de cabello oscuro y lacio, de tez morena. Caminaba con pasos cortos, airosos y seguros. Su fisonomía era melancólica. A pesar de que su apostura desbordaba energía había en su rostro un hálito de delicada femineidad. Su carácter taciturno, a veces alegre, solía transformarse en agresivo cuando algo o alguien la contradecía.
Al elegir la vida del monte comenzó a usar la vestimenta de los paisanos del lugar. A partir de ese momento, Martina vivió con los huarpes y se transformó en bandolera. Con un grupo de gauchos que la seguía, asaltaba a los viajeros y a los arreos de ganado, repartiendo lo que robaba entre los más pobres.
Dicen fue chasqui del ejército de los Andes, pero es un decir que no ha podido ser comprobado.
Dicen que su hombre fue Cruz Cuero, un bandido que durante años asoló la región y que se unió a las montoneras de Facundo Quiroga. Dicen también que Cuero murió en Tucumán, en la terrible batalla de La Ciudadela que enfrentó a los federales de Quiroga con las fuerzas unitarias que comandaba Gregorio Araoz de La Madrid. Entonces Martina quedó al frente de su grupo.
Cuando supo de la muerte de Quiroga en Barranca Yaco, decidió regresar a las lagunas de Guanacache, tal vez buscando algo de paz, pero lo que encontró en sus pagos natales la rebeló aún más: muchos de los miembros de ese pueblo habían sido asesinados por los blancos, muchos habían sido reclutados por las fuerzas en pugna y los menos, los sobrevivientes, habían huido hacia las montañas. Su rabia la transformó en una furia vengadora, fue entonces la bandolera terrible. Todo el oeste argentino escuchó hablar de sus correrías. Era el año 1835 en el sangriento calendario del país.
Dicen que al poco tiempo se unió a las huestes del gobernador  sanjuanino, el general Nazario Benavídez "El caudillo manso". Martina participó heroicamente en el combate de Angaco y el de La Chacrita. Su labor mereció el elogio de los suyos y agrandó su leyenda. Cuando lo asesinaron a Benavídez, Martina volvió a asumir la dirección de su grupo de bandoleros, hasta que otra vez su sentido de patria la llevó a formar parte de las tropas de Vicente Peñaloza, "El Chacho", en su desesperada defensa de las tierras riojanas. Dicen que  lo siguió hasta que Pablo Irrazabal lo asesinó brutalmente en Olta.
Dicen que La Martina, con el tiempo habría obtenido un indulto y un cargo de Sargento Mayor en la policía de San Juan. Allí fue donde se encontró otra vez con Irrazabal que trabajaba para el gobierno sanjuanino. Dicen que Martina  retó a duelo al asesino de "El Chacho", pero que este no se realizó porque Irrazábal entró en trance por el miedo y pidió la baja.
Dicen que pasó sus últimos años siempre sirviendo, como podía, a su amor por la patria chica y a su ilusión por la patria grande, que siempre le salió al frente, facón en mano a los hechos de injusticia contra el pobrerío. Dicen que la gente humilde de entonces la incluía en sus ruegos para pedirle una vida, aunque sea un día, mejor..
Dicen que murió viejita, en 1887, en sus lagunas y acompañadas por dos perros. Sobre su tumba pusieron una laja blanca, sin inscripciones, "Porque todo el mundo sabe quién está enterrada aquí". Su tumba, en Mogna, San Juan, es centro de devoción, visitada por cientos de peregrinos. Como todos los bandoleros que defendieron a su pueblo la Martina está destinada a no morir jamás.

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