Mendoza te cuenta MITOS Domingo, 4 de Agosto de 2019

Timoteo

Las minas de Paramillo están plenas de leyendas, curiosidades y páginas cargadas con horror, con misterio y muerte.

Domingo, 4 de Agosto de 2019
Diario Jornada Diario Mendoza. Buscanos en Facebook, Twitter e Instagram

Domingo, 4 de Agosto de 2019 | Las minas de Paramillo están plenas de leyendas, curiosidades y páginas cargadas con horror, con misterio y muerte.

Ahora sólo quedan las ruinas de lo que fue una ciudad dedicada a sacar de la entraña de la tierra plomo, plata y zinc, y en muchas partes, la veta intacta, pero abandonada. Conocidas por huarpes y quechuas, comenzaron a trabajarse planificadamente, allá por el lejano 1762. Los jesuitas la administraron durante largo tiempo y en ese lugar encontraron una muerte esclava y lacerante, miles de los primitivos habitantes de Cuyo. Dicen, los lugareños, que de noche, aún se pueden escuchar los ayes lastimeros de los que allí murieron. Dicen también, que a comienzos del siglo pasado, un bandido de la zona del litoral, huyendo de la policía, encontró buen refugio en las minas, algo parecido a lo del Gaucho Cubillos, del que dimos informes en el número anterior. Nadie se acuerda del apellido del huidizo, sólo su nombre: Timoteo. Al parecer la policía local sabía de la existencia de Timoteo y también sabía de su pasado, pero como el hombre se comportaba bien, dejaron que durara en su refugio y en paz. Pero un día ocurrió el asesinato de un minero y los dedos acusadores, por antecedentes, apuntaron a Timoteo. Dicen que no había tenido nada que ver con esa muerte pero la policía lo fue a buscar. Entonces, Timoteo, se perdió ente el laberinto de túneles de la mina para no entregarse. La policía selló con vigilancia todas las salidas durante varios días pero Timoteo jamás apareció, hasta hoy. Entonces surgió la leyenda: "Timoteo dura como ánima adentro de las galerías. No es malo, solía gastarle bromas a los mineros. Entonces se perdían herramientas, había derrumbes sin explicación, los carritos transportadores se negaban a avanzar". Los lugareños, apiadado del infortunio de aquel hombre, solían dejarle por las noches, en las bocas de la mina, una vela encendida y un vaso de aguardiente. Invariablemente, por la mañana, el vaso aparecía vacío. Aún hoy, algunos, lo siguen haciendo. Cuando alguien pasa una noche, a cielo abierto, en las minas de Paramillo, en algún momento siente un aliento cálido, el aliento del Timoteo.

Seguí leyendo