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Así dio luz el Nuevo cancionero

Por Jorge Sosa

Viernes, 19 de Julio de 2019
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Viernes, 19 de Julio de 2019 | Por Jorge Sosa

Eran jóvenes, pero además, de origen humilde. Varios de ellos habían sido pobres de toda pobreza, sin un madero cerca que les propiciara salvarse del naufragio. Eran jóvenes de sentir de pueblo, pero además artistas, la poesía, la música, el baile, las buenas artes de las imágenes en acuarela, bullían a su alrededor. Eran jóvenes pobres artistas, pero además pensaban.

Era la época de un país sostenido a guitarras, las nobles guitarras del pueblo puro, y las guitarras de gobiernos que engañaban con promesas. El canto nacional habitaba en cada casa, en cada casa había una guitarra. Era el momento de proponer algo nuevo.

Se reunían en la casa tapera que el Armando supo sostener poniéndole caldos al esfuerzo en Luzuriaga, en donde encontraron una pieza refugio Oscar Mathus y una flaquita morocha venida por amor del Tucumán, Mercedes Sosa. Llegaba casi todas las noches Ángel Bustelo a proveerlos con alimentos pero sin ofender, y seguramente, infaltablemente, algún lambrusco
de aliento largo para que el canto encontrara sustancia adentro después de haber mamado pueblo afuera. Sentían necesidad de decir lo que en el interior los quemaba, y lo hicieron.

Debajo de un duraznero generoso el Armando y su máquina de escribir fueron enredando las palabras. Armando las leía en voz alta buscando complicidad y la encontraba. Una noche de hace cincuenta y seis años,  la noche del 11 de febrero de 1963, presentaron el escrito en el Círculo de Periodistas de la calle Godoy Cruz, era un buen lugar, un lugar de palabras.

Entonces se leyó por primera vez al mundo "El Manifiesto del Nuevo Cancionero". Armando leía por todos. Hablaba de un canto nuevo, amamantado en las raíces del cancionero, pero con una propuesta abarcadora, mejoradora, comprometida. La belleza debía ser más bella, no debía respetar vallas, pero sí debía darle lugar al puro sentimiento del pueblo, nombrar a los que no tenían sitio en la canción ni en los diarios, el pueblo de mameluco oxidado, de pan de varios días, de los hijos peleándole la vida a la intemperie.

La propuesta era un canto nuevo aunque no tan nuevo, reconocía el impulso de otros pioneros (Atahualpa Yupanqui, Buenaventura Luna, por nombrar algunos) y las palabras consustanciadas de ese paisaje de las orillas de los mapas, de los márgenes de los planes oficiales, solidario hasta la médula y bello porque también hay belleza en la pobreza. No imaginaron aquellos jóvenes pobres artistas, que lo que estaban diciendo iba a crear tantas cosas bellas y trascendentes.

No imaginaban que se iba a desparramar por toda América y el "sí" se iba a decir con tantas tonadas: la cubana de Pablo y Silvio, la brasilera de Chico Buarque y Milton Nascimento, la caribeña de Lucecita Benítez, la de la sabana verde con Simón Díaz, la del istmo con Rubén Blades, y aquí, con dos franjas celestes de Cesar, el Cuchi, León, Víctor, Marián, el Hamlet, Los
Trovadores y tantos otros.

Es fácil reconocer un monumento hecho en el pasado, un castillo, un puente, una trinchera, difícil es reconocer una idea porque el monumento de la idea no tiene más lugar que el pensamiento de todos. "Canto monumento" entonces, el canto que propusieron aquellos. Se llamó y se llamará el "Nuevo Cancionero", es decir, justo el instante en que el pueblo comenzó a tener una guitarra propia y un papel borroneado con palabras de amor.

Los firmantes del manifiesto fueron: Tito Francia, Manuel Oscar Mathus, Armando Tejada Gómez, Mercedes Sosa, Víctor Gabriel Nieto, Martín Ochoa, David Caballero, Horacio Tusoli, Perla Barta, Chango Leal, Graciela Lucero, Clide Villegas, Emilio Crosetti y Eduardo Aragón.

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