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Roberto está dispuesto a morir de hambre

Rob, un fantasma de la ciudad que está próximo a desaparecer

31/01/2022 15:02

 

El sábado acompañaba a Johana hasta su lugar de trabajo, a pocos metros de la intersección de San Martín y Catamarca. Acostumbramos hacer eso; acostumbramos acompañarnos para el más insignificante menester. Yo había pensado que luego iría hacia el estudio donde trabajo, ya que tenía alguna que otra cosa que hacer, pero mi plan se vio interceptado por un acontecimiento imprevisto. Nos detuvimos justo antes de cruzar de Oeste a Este la calle San Martín; algo dije a Johana que la hizo cavilar y yo quedé esperando una respuesta. Dado que nos habíamos detenido —y ya sabemos que la detención es un fenómeno inusual en las ciudades— caímos en la cuenta, a los muy pocos segundos, de que alguien se encontraba ¿acampando? a pocos metros de la esquina. Se trataba de un hombre ya mayor, que reposaba a la diestra de su auto —un Renault muy desastrado— del que colgaban dos grandes carteles.

«HUELGA DE HAMBRE»

Decía una leyenda que podía leerse con total comodidad, pero al lado de ese cartel, otro de color amarillo mantenía una inscripción que resultaba ilegible para la distancia en que nos encontrábamos. Como nos llega a ocurrir con mi querida, las más de las veces pensamos al unísono, por lo que nos miramos y sin mediar palabra decidimos acercarnos. Una vez nos encontramos a pocos pasos del cartel, el hombre nos habló:

—Chicos, les pido por favor… Si quieren compartirlo en las redes sociales, no se olviden de arrobarme. Ahí tienen mi Twitter; pueden escribir lo que quieran, pero por favor no se olviden de etiquetarme.

Mi sorpresa fue grande. No pude evitar recordar que siquiera mi padre manejaba con total holgura los nuevos modos tecnológicos, pero el hombre que allí me expresaba su inusual deseo, parecía estar muy ¡¿adaptado?! a nuestra realidad contemporánea. Johana debía irse, por lo que cruzó algunas palabras con el señor y de alguna manera todos entendimos que yo me quedaría algún rato conversando con él (suele ser recurrente que me detenga a prestar oído a más de una persona, ya que tan solo los demás pueden ser capaces de completar nuestro conocimiento. Porque nada puede ser verdadero si no participa de lo colectivo).

«Me llamo Rob Pereira; Roberto Oscar Pereira». Tan solo escuchar ‘Rob’ me hizo prestar todavía mayor atención. Hablamos largo y tendido y me contó algunas de sus peripecias, pero debido a que resultaba claro que nuestra conversación exigía mayor esparcimiento, determinamos que sería al día siguiente cuando por fin nos conoceríamos con hondura.

 

 

Peripecias

Roberto cobra la PUAM (Pensión Universal para el Adulto Mayor), debido a que no ha realizado aportes al Estado. Esto se debe a que, en verdad, él vivió hasta sus 60 años (tiene 70) en los Estados Unidos. Ejercía como profesional en Leyes y llevaba una vida normal. Se encontraba tramitando su residencia, pero gracias a una incongruencia con su documentación argentina, hubo de volver al país, en el año 2011, para rectificarla. Sin embargo, debido a los plazos ridículamente extensos de la administración de justicia, no podría conseguirlos a tiempo; el trámite tardaría una indeterminada cantidad de tiempo y él no conseguiría los papeles cuando fuera preciso. De hecho no lo logró, sus documentos demoraron 5 años en ser rectificados: él ya había perdido todo lo que alguna vez fue en el lejano país del Norte.

Luego vino su errar. Trabajó en los más diversos oficios e incluso estuvo algún periodo sostenido por el Gobierno de Santa Fe (asistencia y comida), pero algo más tarde volvió a caer en desgracia. Las diversas andanzas de Rob lo llevaron a Mendoza (donde su madre, hoy fallecida, decidió establecerse en el ‘72) y al poco tiempo se vio sumido en la más clara pobreza. No fue sino hasta Diciembre de 2020 que quedó literalmente en la calle (hasta entonces alquilaba un departamentito), o mejor dicho en su auto, ya que el auto es su hogar. Llegó Febrero del 2021 y tomó la misma determinación que ahora, aunque no tan drástica: ubicarse en la intersección de San Martín y Espejo. Lo que en aquella oportunidad propició que una mujer viralizara su historia, y fue ocasión de que le hicieran alguna entrevista en otros medios de la provincia. Incluso llegaría a rodar por algunos medios del país.

—¿Pero vos creés que pasó algo? ¡No pasó nada, hermano! Encima tuve que poner plata para acuerdos que nunca se consumaron… —me decía Roberto.

Ocurrió que recibió alguna ayuda de la Municipalidad de Las Heras (ya que en Las Heras figura su domicilio) y de algunos particulares, pero fueron más bien insuficientes y episódicas.

—¡Yo quiero trabajar! Mirá… Si yo quisiera facturar, me sacan la PUAM, y esa pensión (de $20 000), aunque no sea mucho, es lo único que tengo seguro. No me puedo arriesgar a perderla, ¡pero yo quiero trabajar! ¡Yo tengo herramientas! Si me asegurara la comida diaria, podría salir adelante… Mirá, yo no quiero que me mantengan, yo no quiero vivir de los impuestos que todos ustedes pagan… ¡Y tampoco quiero trabajar en negro! Yo no creo en el trabajo en negro. Entiendo que en un país como el nuestro un empleador deba evadir impuestos, porque son muchos… Pero va en contra de lo que yo pienso, y yo creo en los principios y en la palabra.

Así parece. Roberto, cada pocos minutos, enaltece el valor de la palabra y la honra. Cree que en eso consiste todo: en ser recto. Sostiene principios liberales —«como en Norteamérica», afirma— y dice de sí mismo tener la fortaleza para alzar su cabeza. «Lo que yo necesito son herramientas; un lugar para ir a comer y bañarme todos los días. Solo por un tiempo». A lo largo del 2021, durante algunos meses, vivió en el barrio Los Cinco Mil Lotes en un terreno que le ayudó a conseguir su mecánico, pero fue asaltado en dos oportunidades, por lo que decidió retirarse de allí (fue el momento en el cual determinó la desesperada medida de dejar de comer para recibir atención de las instituciones).

—Pero… ¿en qué trabajaría? —pregunté yo.
—... Puedo hacer reparación de computadoras —por sus precisiones, así parece— Puedo trabajar en apoyo escolar, ¡tengo todos los avales! ¡Yo todavía estoy en condiciones de volver a empezar! Tengo esa mentalidad. Antes conseguía algunos trabajitos de apoyo por las redes sociales… Pero ahora, en estas condiciones, no tengo cómo hacerlo.

 

 

Temores y apariciones

«¡¿Y qué ha hecho usted toda su vida que ahora está aquí quejándose?! ¡¿Qué ha hecho que no tiene nada?!». Fueron tales las palabras con las que un señor aguijoneó a Roberto de un lado a otro de la calle, mientras se le acercaba. Roberto intentó explicarle su situación, pero el hombre se opuso rotundamente a escucharlo. Continuó el airado intercambio por algunos segundos, hasta que nuestro manifestante se encontró presa de un dilema: «¡¿Lo ‘surto’ o dejo que siga hablando estupideces?!».

—Porque —me decía Roberto— vos podés tener dudas acerca de mi condición y podés preguntarme qué pasa. ¡Incluso podés estar en contra y podemos conversarlo! Pero, si no me conocés… Alguien que no me conoce, ¿cómo puede tener cara para decirme esas cosas? ¡No me conoce! Porque si vos me conocés y me decís «mirá, vos fuiste un pelotudo por haber dejado pasar esta oportunidad» o «esto es responsabilidad tuya porque te metiste donde no debías» y demás… ¡Está bien! ¡Me conocés! Podemos hablarlo y podemos estar de acuerdo o no, pero que venga cualquiera a decirme cosas… Yo no creo que se pierda la dignidad. Mirá, yo no creo que nadie llegue a caer tan bajo que pierda la dignidad. ¡Yo tengo dignidad! Y es por eso que no voy a dejar que nadie hable de mí sin conocerme. 

Sin dudas, las conversaciones que mantuvimos fueron por demás interesantes. Y, sin dudas, es también esperable que cualquiera pueda pensar que un hombre desaliñado, visiblemente castigado por los embates de la vida, mohíno y en un auto destartalado, no es más que un pobre diablo y que vale menos que un perro callejero. Estoy seguro de que fue precisamente Wilde quien dijo que la caridad muchas veces es movida por el temor que tenemos a llegar a ser como el desahuciado y no por un real sentimiento de compasión. Creo que esto es exacto. Ver a un hombre maltrecho plantear exigencias, suele ofender, porque primero ofende verlo. Quiero decir: primero nos ofende el envilecimiento, porque es siempre potencial en cada uno.

 

 

La vida y el deber

Roberto lleva 6 días sin comer. Su cara, signada por el vitiligo; sus ojos lacrimosos, cerúleos, irritados; esa mirada «adormilada», como él mismo me dijo; sus pronunciadas ojeras y su desaliño, dejan escapar un duro reproche. Pero lo que parece todavía más impresionante es que pase casi completamente desapercibido, como si se tratase de un brote más del paisaje citadino; un adorno consecuente. Tan solo parece existir cuando alguien habla con él; para los demás, digo, tan solo parecen notarlo cuando Roberto se comporta como un hombre y habla y se contonea y gesticula con vehemencia: entonces lo ven, pero lo ven porque permanece en relación con otro. Al momento de volver a su sillita azul, es casi poco más que una fantasmagórica presencia. Uno de los tantos fantasmas de Canterville que día a día andan y pasan; viven y mueren. Uno más de los menos.

—¿Quién fue Roberto? —le pregunté.
—... Un hombre que vivía en Estados Unidos, que trabajaba en Leyes, que alquilaba su casa y tenía su auto. Yo vivía como alguien de clase media, ¡tampoco era para volverse loco! Y tampoco había previsto grandes ahorros porque mi vida iba bien. Por eso no me quedó casi nada luego de volver.
—¿Quién es Roberto?
—¿Ahora?… Mirá… Yo soy un hombre quebrado. Estoy quebrado. ¡Pero no quebrado moralmente! Yo tengo mis principios, mis valores… pero yo ya me resigné; estoy resignado, hermano. Yo ya me puse en manos de la vida. He tenido dos intentos de suicidio y en el último comprendí que no iba a ser mi decisión; que sería lo que la vida quiera.
—Pero, esperá, yo te quiero hacer una pregunta… ¿Vos creés que vale la pena preservar la vida? ¿Creés que vale la pena defenderla?
¡Por supuesto! ¡Claro que sí!
—Y si es así… ¿Por qué te librás a la suerte? Quiero decir, sabiendo lo que ocurriría si nadie atiende tu protesta...
—Y bueno, ¿qué querés que haga? Mirá, yo te digo… No es que yo, específicamente, esté haciendo algo en contra de mí, simplemente no hago nada. Estoy en manos de la vida.
¿Pero vos entendés que esto puede ser algo como un suicidio paulatino?
—... No sé. No es que yo quiera hacer esto, es simplemente la última posibilidad que tengo, ¿entendés? Yo siento que esta es la última puerta que me queda. Si no me dan bola, ¡¿qué puedo hacer?! ¡Esto es vivir en una incertidumbre! Todos los días son una incertidumbre. Yo solo digo que este es mi último recurso, y por eso me pregunto… La puerta, ¿se abrirá?
¿Y vos qué pensás de esta vida? ¿Qué pensás después de estar así?
—¡¿De la vida?! ¡¿Y qué te puedo decir?! ¡La vida no tiene la culpa de nada, hermano! La vida a mí no me debe nada, ¿entendés? ¡Yo le debo a la vida! Yo le debo a la vida haber nacido. La vida a mí me dio la vida, después de eso todo corría por mi cuenta. Si me robaron… ¡y bueno! Será mi culpa por no saber con quién rodearme, y así con lo demás. ¿Cómo le voy a echar la culpa a la vida de lo que es mi responsabilidad? No, la vida no tiene la culpa de nada.
—Y si mañana pasara que esta decisión tuya terminara con tu vida… ¿Qué pensás que pasaría con Roberto?
—¿Y qué va a pasar? ¡Nada, hermano! Yo no dejé legado; esa fue mi elección en todo caso. ¡¿Vos te pensás que alguien me va a recordar; que alguien me va a llorar?! ¡No! Bueno… habrá algún que otro amigo, quizá, si se entera. ¿Pero cuánto podrían pensar en mí? ¡No va a pasar nada, hermano! Me caeré acá, me desplomaré, vendrán ambulancias… Quizá me pongan un suero, ¿qué se yo? Pero me moriré y no se va a acordar nadie. ¡Pero es lo mismo que pasa con los miles de Juan Pérez que se mueren todos los días sin que nadie los recuerde! ¡¿Qué va a pasar?!

Sin embargo, yo prometí que lo recordaría (¿cómo podría ser de otra manera?); prometí que no se iría de mi recuerdo. Pude constatar en el acto tan solo algunas de las cosas que me contaba Roberto y, pese a todo, elegí creer la mayoría. Principalmente porque no llegó nunca a contradecirse y, en segundo lugar, porque no me interesa demasiado escudriñar con celo detectivesco en algunas minucias. Cosas ciertas son que tiene redes sociales y que permanece activo en ellas; que sus amigos internacionales no saben nada de su condición (porque ha evitado mancillar su imagen frente a ellos); que el año pasado le hicieron entrevistas; que le han robado, y que hoy no tiene salida. Pero es preponderante observar que también ello se debe —mi voto de confianza, digo— a que suscribo a su desafío: creer en la palabra. Roberto dice tenerla, dice sostenerla y entronizarla; cree que no hay nada más importante que sostener la palabra y que ello porta toda dignidad (esa que él ha asegurado no perder).

¿Y por qué no habríamos de creer? Aquí nos jugamos algo importante. Más allá de quién se trate, estamos hablando de una vida humana, y la Vida es el símbolo primario. Cualquiera podría considerar que un fantasma no acusa ninguna vida y que si se pierde o no, carece de importancia; que si un Roberto, un Rob o lo que sea, deja de existir, no importa porque nunca existió, y demás razonamientos por el estilo. Pero puede ocurrir también que Roberto sí exista y que lleguemos a perderlo por pura ceguera; que no lo escuchemos por el embotamiento de nuestros sentidos. Porque también él es un símbolo: el símbolo del olvido, y el olvido va de la mano de la pereza (la pereza de nuestra condición humana que no se duele con sus prójimos).

Pero Roberto sigue pasando a través de la gente —como escribía Wilde— como tantos fantasmas citadinos, y puede que su aparición viviente desaparezca definitivamente del suelo del mundo, y puede que no deje nada. Nada, excepto su palabra; su palabra como prenda, como conjuro; esa palabra que se ahoga en el bullicio de las calles y se desluce con el humo de los autos; esa palabra lábil y ríspida que nos exhorta y nos desafía; esa palabra que vagabundea por un recinto abierto, de nadie y manoseado.

Roberto —todavía— anda las calles. Hoy cree tener una posibilidad, yo escribo por ello. ¿Escucharemos su palabra? ¿Y creeremos en su palabra? ¡¿Y por qué no?! Podremos lamentarnos si nos equivocamos y resultamos incautos, pero si este hombre dice la verdad; si acaso hubiera sido posible librarlo de su próximo destino, que su muerte caiga sobre nosotros como un terrible yugo. Como decía Levi:

«Que nuestra casa se derrumbe,
La enfermedad nos imposibilite,
Que nuestros descendientes nos vuelvan el rostro».

 

PD: Como dato inquietante, no pude dejar de notar que la patente de su auto lleva la palabra «SAL», y me hizo pensar, primeramente, en «la sal de la tierra», en aquello de ser el condimento de la vida, el sabor de la vida: nosotros, los humanos. Pero poco después pensaba yo en el imperativo ‘sal’; en la expresión del uno que expulsa a un otro; en el deseo de desembarazarse, de echar fuera. Espero con mi mejor sentimiento que no se trate de un presagio. ¡Las palabras son sumamente importantes!