Porque  Mario Benedetti nació el 14 de setiembre de 1920, en estos días estuvo cumpliendo los 100 años de su edad. Recordemos que cuando andaba por sus 88, partió para respirar en otro sitio no revelado. Seguramente, en ese sitio el (neo)liberalismo no viola ni estraga. Es decir: no hambrea ni analfabetiza ni reparte palazos a trabajadores de la salud y docentes

Por Rodolfo Braceli, Especial para Jornada. Desde Buenos Aires*

   A Mario Benedetti lo conocí y lo traté entre sus 71 y 76 años de edad; en ese lapso lo invadí con tres reportajes. Primer detalle: siempre me lo encontré con un semblante que traducía cierto enojo.  ¿Cuál era la razón de ese enojo velado y profundo?  Enseguida lo contaré. Damas y caballeros, un poco de paciencia.

   Por empezar, ¿qué significó dentro de la literatura del Río de la Plata? No escasean los que opinan que “Benedetti hubiera sido mucho mejor poeta si en vez de 80 libros hubiera publicado una docena”. Cuando murió el 17 de mayo de 2009 varios coincidieron en que, ante todo, fue “un hombre bueno”. Con eso se valieron de una amable manera para reducirlo literariamente. La pregunta nos sale al paso: ser “un hombre bueno” ¿reduce el puntaje en el canon literario?

   El caso es que Benedetti, inolvidable, fue ese que nos avisó que a veces somos mucho más que dos, que al fuego le debemos dar las gracias, que el olvido está lleno de memoria, que la vida con frecuencia es nada más que un blanco móvil, y que el sur también existe. Hombre fervoroso y precavido, pidió: “Cuando me entierren, por favor, no se olviden de mi bolígrafo”.

   Vayamos al grano: muchos opinan ¿desde la mala leche? que Benedetti fue un “buen poeta menor”. Algunos, sin abandonar la chicana, dicen que fue un “gran” poeta menor. En otras palabras: padeció un ninguneo académico semejante al padecido por nuestro Tejada Gómez. Lo innegable es que Mario y Armando sacaron a la poesía de la jaula selectiva del libro y al matrimoniarla con la música los dos consiguieron la prodigiosa multiplicación de los “otros panes”. Un poema alado, reconvertido en canción siempre llega más lejos que todo misil preventivo. Certero penetra en el corazón menos pensado. Y ojo al piojo: el poema canción ¡no provoca daños colaterales!

   La polémica en voz baja sobre el “fenómeno Benedetti” llega al colmo de considerárselo el Mayor de los Poeta Menores. Otra cosa fuera de discusión es que Benedetti fue un pertinaz cazador de eso que nos da miedo nombrar: la felicidad. Y cazador de la ternura, tan menospreciada por la “alta literatura”.

   Pero hay un detalle que se saltea a la hora de juzgar: su don de la comunicación. Notorios poetas menores hay a patadas, pero a ver: ¿cuántos llegan a la trascendencia de Benedetti? La comunicación –reconozcámoslo–, es el don de los dones. Ejemplo: en una discusión de café se intenta comparar al Polaco Goyeneche estragado de sus últimos años con el todavía caudaloso Raúl Lavié. Y aquí es cuando sale a relucir el mentado “don de la comunicación”: resulta que el endeble y residual Polaco, por anidar ese don, se impone, conmueve, nos estremece más, mucho más.

Reportajes mediante

  Acudo a unos pequeños tramos de mis reportajes a Benedetti. Confieso pronto: me  llevó tres entrevistas hacerle la pregunta ingrata: la referida al “poeta menor”. Ya estamos cerca de saber por qué yo lo defino como “el Enojado”.

¿Desde cuándo escribe, Mario?

–Desde mi primaria; hacía poemas en alemán. A los 10 años también escribí 300 páginas imitando a Alejandro Dumas. Las tiré… Aprendí a escribir a máquina para poder hacer un diario. Yo sacaba copias con carbónico, y lo vendía en el barrio. Causaba gracia eso, y me lo compraban… Siempre escribí. En mi primer libro en 1945, amontoné sin unidad; resultó una porquería.

–¿Alguna vez quiso ser otra cosa?

–No. O sí. Quise ser campeón de ping pong. También estudiar humanidades, pero la situación económica de mi casa era un desastre. Mi padre, aunque parezca que en la honestidad no puede haber exageración, era exageradamente honesto. Rayaba en la inocencia. Compró una farmacia y lo estafaron. Terminé el secundario rindiendo libre; trabajé desde los 14.

–Puesto a hacer memoria, ¿hasta dónde llega?

–Me acuerdo que me resistía a comer. Una muchacha que hacía tareas en la casa se escondía detrás de un biombo y me hacía reír. Ahí comía. También me acuerdo de cuando nos fuimos del pueblo; yo tenía dos años, mi madre me había envuelto con una manta…

–Usted se pasó media vida arrancado de su paisito.

–Tuve cuatro exilios: en Argentina, Perú, Cuba y España. Me adapté a cada sitio… Debo confesarlo: a veces tengo nostalgia del exilio.

–¿Qué piensa del resurgimiento de las xenofobias en esta década del 90?

–Cuando al nacionalismo se lo convierte en agresión hacia la gente que proviene de otros lugares, detrás viene el fascismo, el nazismo.

–Pero cayó el Muro de Berlín.

–Con esos escombros están construyendo el Muro de Europa para que no pasen esa línea sudacas, turcos, albaneses.

–Cuando se dice que las izquierdas y las ideologías han muerto, usted, hombre de izquierda, ¿qué responde?

–No creo que las ideologías estén muertas. La de derecha florece. Lo que pasó en los países del Este no significa que el socialismo haya muerto. Significa que ciertos personajes traicionaron su ideología. Hay sectores de izquierda que tienen, como en el tango, la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser.

–Mediando los años ‘90, ¿le encuentra sentido a ser de izquierda?

–Mucho sentido. Pienso –y en esto coincido con Borges– que existe una dignidad que el vencedor nunca podrá alcanzar.

¿La humanidad aprendió de sus masacres, de sus genocidios?

–Europa es la demostración de lo poco que se aprendió. Tanto poner dificultades para que no entren otras gentes y resulta que al enemigo lo tienen adentro. Porque el nazismo, que una vez ya casi destruyó Europa, está agazapado. Ojo, ¡que puede volver!

–¿Y ante esto?

–Ha llegado el momento de ayudar a Europa. Hay que hacerle comprender que tiene que precaverse del nazismo: puede ser la destrucción de la humanidad. América latina puede ayudarla.

–¿Le entendí bien? Dijo que América latina puede ayudar a Europa.

–A veces el débil puede ayudar al fuerte. Además, América latina va llegando a la conclusión de que no tiene que mendigar más. Europa no nos va a ayudar.

–¿Y Estados Unidos?

–Bue, Estados Unidos mejor que no nos ayude.

   (La última vez que estuve con Benedetti, me dio la clave de su “enojo”. Era con la muerte. Porfiado, me dijo:)

–Debemos seguir viviendo, sin dejar de pensar que la muerte es injusta. Esa es la forma de no merecerla… Pero en fin, la muerte es la única ley que no hay manera de trampear… Recién ando por mis 76 y creo que el tiempo de dejar de escribir no me llegó… Pienso escribir un tratado sobre la hipocresía, como una de las bellas artes.

   (Como pensando en voz alta, Mario, el Enojado, dijo: “Nada ni nadie habrá de ahorrarnos el final, pero así y todo hay que vivir como si fuéramos inmortales”.)

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