Por Rodolfo Braceli

Aunque el aniversario esta vez no sea con un número redondo, los 39 años del desembarco en Malvinas nos imponen más y más reflexión. El del 2 de abril de 1982 fue el comienzo de un episodio trágico y patético. De la noche a la mañana nos arrojaron (¿y nos arrojamos?) a una inverosímil (des)guerra

No soy reiterativo, reiterativas son la desmemoria y la indiferencia activa. Hay una pregunta que no cesa: ¿Qué opinarían hoy nuestros militares ciudadanos, Belgrano y San Martín, sobre lo que aconteció antes, durante y después de la (des)guerra de Malvinas? No podemos eludir ciertas cifras: combatiendo en las islas y con el hundimiento del Belgrano perdieron nada menos que la vida 649 muchachos. Pasada esa sangría, después aquí, en el suelo de la patria idolatrada, se suicidaron más de 450 ex combatientes. Quiere decir que hubo más suicidados que muertos en combate. Asumámoslo: estos y aquellos no son una simple “cifra”; resulta que adentro de la cifra hay humanos que murieron “de a uno”.

Sigamos con los interrogantes: la responsabilidad de aquella (des)guerra, ¿fue exclusiva de los militares de turno? La respuesta es idéntica a la que cabe para el Golpe criminal y asesinador de 1976. Fue una (des)guerra propuesta por militares pero con repentina adhesión cívica, y la bendición del cardenal Aramburu y de gran parte de la jerarquía de la Iglesia Católica Oficial. Digámoslo enseguida: todo pasó, además, con la obsecuencia informativa de la mayoría de los medios y de sus periodistas estelares.

Tercer incómodo interrogante: el grueso, el promedio de eso que englobamos en el término “sociedad” ¿adhirió porque fue engañado? Es evidente que aquellos militares, alérgicos al honor, nos engañaron. Pero también es evidente que nosotros nos dejamos engañar, periodismo mediante.

¿Hubo censura? Innegable. Pero ojo al piojo: asomémonos a los archivos y comprobaremos que la mayoría de los periodistas exitosos aportaron un obsceno entusiasmo irresponsable y nacionaludo. Desataron en nuestra errática sociedad dos rasgos (que son uno) muy sembrados: el triunfalismo y el derrotismo. Se estimuló la euforia. Y la euforia –¿cuándo lo aprenderemos?– es depresión al revés, depresión que va a venir.

Hay otro lugar común que tampoco se puede eludir: gracias a la desgracia de esa (des)guerra volvimos a la democracia. Democracia hoy cariada por los nostálgicos de la Mano Dura, por los numerosos simpatizantes del “método Bolsonaro”. Desde 1976 la mayoría de nuestros militares, tras violar la Constitución, se dedicaron a violar las vidas y a violar las muertes. Sembraron el mapa de muertos sin sepultura. No les fue suficiente: como yapa robaron bebés de cuajo, desde la mismísima placenta. Mientras tanto, el país era vaciado y endeudado bajo la tutela de un hijo de la Sociedad Rural, Martínez de Hoz, que reencarnaría después en un reiterado Cavallo y en otros exterminadores que tuvieron su apogeo, ya en plena democracia, con los estragos del (neo)liberalismo y con el viva la Pepa del Señor de los Anillacos.

Aquellos “valientes militares” de oficina echaron mano a un reclamo histórico y legítimo para cometer una (des)guerra patética. “Huyeron hacia adelante”, dijo don Borges.  Rápido el dictador Galtieri salió al balcón y sin el menor esfuerzo consiguió alzar la euforia de una multitud que tres días antes había sido apaleada y surtida de balas de goma y de gases lacrimógenos. Con sinceridad alentada por el whisky, Galtieri se lo confesó a la periodista italiana Oriana Fallaci: “Tomamos las islas, pero nunca pensamos que la Gran Bretaña iba a mandarnos la flota”. ¡Qué pedazo de valiente! Él y otros militares “valerosos”, de los hielos del sur no conocían un comino. Ah, pero nobleza obliga: reconozcamos que de los hielitos del whisky sí conocían.

Memoria, aunque duela: al compás de numerosos escribas, aquella (des)guerra fue atravesada con la banal excitación espectadora propia de un Mundial de fútbol. Mientras tanto, adolescentes hambrientos se retorcían de frío y de espanto. Padecían los rigores del combate mal equipados, mal abrigados, mal comidos. Pero no sólo esto: padecieron los castigos de superiores que –para despuntar el vicio– los torturaban, por ejemplo estaqueándolos bajo el cielo insoportable en la intemperie del inclemente sur.

A los 76 días de aquel 2 de abril la verdad nos cayó sobre la mollera. Y la euforia patria mutó en depresión vergonzante y avergonzada.

No le huyamos a la verdad: nuestros muchachos al volver fueron escondidos entre sombras, fueron silenciados y encima despreciados por la indiferencia activa. El tan alentado triunfalismo, de pronto convertido en derrotismo, los marginó: los soldaditos héroes, de la noche a la mañana, fueron parias. Un considerable sector de la sociedad les trasladó a ellos el desprecio que merecían esos generales eructantes y esos escribas estelares que todavía hoy siguen minimizando los más de 450 suicidados.

Recordemos más: de la noche a la mañana aquel 2 de abril descubrimos el mentado “ser nacional”. 76 días después nos desayunamos con la intolerable verdad: las Malvinas eran argentinas por convicción histórica pero, en adelante, y vaya a saber por cuánto tiempo, estaban en manos de los británicos y de su, para nosotros, desmesurado poderío bélico.    

Por favor, por un ratito más no abandonemos los archivos. Por ejemplo vayamos a las páginas veraniegas de la revista Gente, pasados seis meses de la rendición. El general Mario Benjamín Menéndez, el fugaz gobernador de Malvinas había regresado de la contienda sin el prometido suicidio (antes de rendirse) y sin siquiera un chichón, ni un leve rasponcito lucía. La fotos de la revista lo evidencian: ahí va el hombre disfrutando de un merecido descanso, el reposo del guerrero. Ahí va, peinadísimo a la gomina. Ahí va, perfectamente ileso. Menéndez sin atuendo castrense retoza en bermudas, del brazo de su señora esposa, por la rambla de Mar del Plata. El varón, ¿así elaboraba el duelo? Ante aquella postal veraniega, en este 2021 ¿qué le dirían Belgrano y San Martín al rozagante Menéndez?

Escándalo y vergüenza: hay que seguir machacando al cumplirse 39 años: cuándo tomaremos conciencia de que a los muertos que quedaron allá en lo más sur del sur, se le fueron sumando, de a uno, esos más de 450 ex combatientes que se suicidaron ¿o los suicidamos? No soportaron la pesadilla de una sociedad triunfalista fogoneada por brillantes periodistas obsecuentes. Muchos exclamarán con enojo: “¡Ya basta de escarbar el pasado!”. Ojo con la confusión: la memoria no es retroceso, es imprescindible para que el patético y criminal pasado no se vuelva a repetir. La memoria semilla futuro.

Posdata.  Qué extraño, qué curioso: las señoras tan aseñoradas y los señores tan almidonados que tanto se indignaron ante el debate por la legalización del aborto (legalización para evitar la clandestinidad), jamás se detienen a pensar en esos otros “abortos posteriores” de muchachos cuyas vidas fueron “interrumpidas” en el archipiélago y aquí también, en este mapa.

Las culpas de militares siempre ilesos, de civiles y cardenales cómplices, de periodistas obsecuentes, no caducan. Y no se fraccionan, no se subdividen eh. 

Oíd mortales, una más: ocurrió durante la (di)gestión del gobierno (neo)liberal del macrismo: en un insólito twit, el entonces embajador argentino ante el Reino Unido calificó de “máximas autoridades” de las islas Malvinas a las actuales del gobierno británico. ¿Fue, como dicen algunos, una expresión desafortunada o fue una expresión reveladora?

En su oportunidad en el Congreso casi todos los bloques repudiaron los dichos de Carlos Sersale, diplomático de carrera y economista y premio Konex. Pero el señor Sersale continuó en su cargo lo más campante. Seguramente dudó en redactar su renuncia en inglés o en castellano. Finalmente, este señor no abdicó. El caso es que, después de la (des)guerra y tras el estruendoso “reconocimiento” del entonces embajador de nuestro anterior gobierno, las Malvinas en los hechos son cada vez menos argentinas. Inglaterra, en sociedad con Norteamérica, ha convertido al archipiélago en un estratégico nido de misiles. Los misiles no le hacen asco al colonialismo, van por mucho más: presienten pesca mayor, y presienten petróleo en los barrios del extremo sur. Hablando de barrios, los misiles olfatean con avaricia cuantiosos pedazos de mapa antártico. Van por el codiciado, por el imprescindible reino del agua, que le dicen. Reino que nuestro obsceno (neo)liberalismo quiere regalar o entregar, que vendría a ser lo mismo.

Como solía clamar Charly García: “¡Huid mortales!” O no, o mejor no huyamos: aquí hay mucho que hacer. Esto es una pulseada y la pulseada no se terminará jamás.

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