Por Mauricio Runno



Los primeros 100 días de un nuevo gobierno según el saber popular son decisivos y, al mismo tiempo, significantes de lo que luego ocurrirá. En el caso de Alberto Fernández la coyuntura fue inédita: el día 100 de su gestión al frente de la Casa Rosada debió anunciar una cuarentena estricta.

Una decisión díficil en un momento por demás complejo.

Fue una propuesta audaz. En realidad, era la única opción a tomar, ante una problemática que afecta el valor básico, el de la vida. 

Es que la estructura de un país pobre, como la Argentina, no permite más opciones que quedarse en casa y reducir el riesgo al máximo.



Mientras tanto, la luna de miel se aplazó pero mutó gracias a la pandemia. Allí el presidente tomó un envión inesperado. Pero tan poco placentera como una luna de miel en cuarentena: al principio, todo es hermoso y eterno, después, comienza la realidad.



La tentación de Fernández es aferrarse a una situación extraordinaria y hacerla ordinaria, de todos los días. Aplazar lo inevitable.



Varias cosas han quedado expuestas en estas semanas de sorprresiva cuarentena: la fragilidad estructural del país, desde la salud a la economía, la puesta en marcha de políticas públicas sin tratamiento ni debate legislativo, el congelamiento del Poder Judicial salvo para emergencias y la astucia de los especuladores que, pese a regir una disposición polémica, la de los precios máximos, sortean controles como Messi defensores.



El flagelo de la pobreza es central. Y no debiera reducirse a la cantidad de argentinos que ingresan al conjunto de vulnerabilidad social. Quizá el andarivel menos inexplorado sea una opción inteligente. Y la apuesta sería pensar mejor la problemática, no tanto desde lo asistencial, sino de cómo crecer, cómo generar riqueza, en qué puede ayudar el Estado.



Para lograr esto, como mínimo, ningún gobierno puede por sí mismo. No importan encuestas, porcentajes, base de votos: debatir políticas públicas en busca del crecimiento no debiera estar sujeto a la especulación ni al poderío ocasional. 



Argentina precisa de políticas públicas en las que todos deben ceder, ya no sólo intereses, sino ideología. El momento del país ni siquiera puede darse el lujo de la discusión ideológica. No somos escandinavos ni mucho menos del clan de tigres del sudeste asiático para andar resolviendo el sexo de los ángeles.


Cuando acabe la luna de miel quizá sea el momento en que para bien o para mal, sea la realidad quien mande. Y deberíamos estar lo mejor preparados. 


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