Por Sergio Levinsky

No habrá partidos en Sudamérica por la clasificación al Mundial de Qatar 2022. Las dos fechas dispuestas para que durante este mes la selección argentina jugara ante Uruguay y Brasil, el 26 y 30 de marzo, fueron canceladas el viernes por el Consejo de la Conmebol a partir de que la FIFA no consiguió convencer a los poderosos clubes europeos para que cedieran a sus jugadores para estos compromisos, debido a la pandemia, y ahora la entidad continental informa que comenzará a evaluar escenarios y calendarios para determinar cómo articula lo que viene, cuando se llevan jugadas cuatro fechas de las dieciocho totales a un año y nueve meses del Mundial.

¿Por qué la FIFA debe convencer a los clubes europeos cuando antes estaban obligados a ceder a sus jugadores bajo el riesgo de que de todos modos la FIFA los sancionara y se quedaran sin ellos? Es muy simple: porque el máximo organismo del fútbol mundial con sede en Zurich utilizó a la pandemia del coronavirus como excusa para cambiar parcialmente esta reglamentación (en principio hasta fines de abril pero si el problema sanitario se mantiene en el mundo, es muy posible que se extienda en el tiempo. 

Esto que hizo la FIFA para ayudar a los clubes poderosos, que mayormente siguieron jugando sus ligas y torneos continentales, más allá de avatares que determinaron algunos cambios de sedes o formatos, no es más que un acercamiento a estas entidades europeas como parte de una guerra que lleva años entre intereses contrapuestos y que es, al final, la madre de todas las batallas del fútbol mundial: la de los que pagan los sueldos más altos en la élite, contra el sentimiento que implica jugar, paralelamente, en una selección nacional que, salvo que sea europea, se desarrolla en el contexto de federaciones (países) dependientes en lo económico.

Hace ya muchos años, el entonces presidente de la FIFA –luego renunciante por acusaciones de corrupción y posteriormente suspendido por la misma razón-, el suizo Joseph Blatter, admitió lo difícil que era para él este tironeo entre los clubes cada vez más ricos que no quieren ceder a los jugadores a los que ellos les pagan el sueldo y que les costaron mucho dinero al adquirirlos –como si además no superan al contratarlos que tienen compromisos con sus selecciones nacionales y un día se despertaran de una pesadilla-, y las federaciones nacionales que los necesitan para clasificarse a los mundiales o para tratar de hacer el mejor papel posible en los torneos continentales. “Yo administro pasiones”, se sinceró el cuestionado dirigente, que sin embargo, en comparación con estos tiempos, ya parece un defensor del romanticismo y cuesta creer que hubiese aceptado esta norma “provisoria” de la FIFA con la excusa de la pandemia.

En aquella frase, Blatter dejaba en claro lo que es la mayor contradicción del fútbol en estos tiempos modernos, porque “administración” es lo contrario a “pasión” y es entonces cuando la FIFA, como máxima organización del fútbol, debe establecer un equilibrio para mejorar al deporte y no para favorecer a los intereses económicos, aunque incluso pensándolo desde el negocio, el suyo es el de las selecciones o los Mundiales de Clubes y no las ligas locales o los torneos continentales.

Desde el punto de vista de la Conmebol, esta decisión de posponer las dos fechas de clasificatorias de marzo no es otra cosa que una claudicación dirigencial pocas veces vista con tanta crudeza. El germen ya estuvo en las interminables decisiones anteriores, cuando le rogaron casi de rodillas al actual mandamás de la FIFA, el “amigo” ítalo-suizo Gianni Infantino, que les explicara a los clubes europeos sobre su necesidad de contar con los jugadores de élite para cada selección y éste hizo un movimiento de pinzas para lograr el objetivo en menos de setenta y dos horas, pero esta vez, el calvo políglota de discurso progresista y acción ambigua, apenas comunicó que encontró mayor resistencia que en el pasado, y se lamentó ante los directivos sudamericanos por zoom.

Para los clubes europeos, esta torcedura de muñeca a la Conmebol representa un notable triunfo. Desde hace tiempo que se vienen quejando, ayudados por una importante comparsa mediática, acerca de lo que se suele llamar “Virus FIFA”, que no es exactamente el ocasionante de esta pandemia sino otro, causante de lesiones, stress y cansancio de sus estrellas tras viajes interminables que las alejan de los partidos importantes para algo inentendible como es el deseo irrefrenable de jugar por sus selecciones nacionales.

A estos clubes nada les importa de estos sentimentalismos. Si pasan ya de las ligas locales y hasta de los torneos continentales como Champions League o Europa League si no les reditúan económicamente lo que pretenden al punto de idear sistemas nuevos con los que presionar a la UEFA, muchos menos puede interesarles lo que se piense desde el otro lado del océano, y más aún cuando estos directivos de por aquí son capaces de aceptar y hasta de proponer que el máximo campeonato sudamericano de clubes tenga su final en Madrid, como en 2018, habiendo chances de jugarse en Montevideo, Bogotá, Santiago, Lima o Río de Janeiro, todo sea por el negocio de unos pocos.

Esta decisión de la Conmebol, entonces, que favorece a los clubes europeos amparados por la FIFA (que vuelve a jugar para los poderosos, como lo hace cuando, por ejemplo, mira para el costado a la hora de venderse los derechos televisivos a las grandes agencias o cadenas, que luego hacen sus abriles revendiéndolos a precios exagerados a los más pequeños), empujará ahora hasta vaya a saberse cuándo la clasificación sudamericana, y puede llegar a postergar una ya devaluada Copa América, prevista para mediados de año en dos partes, una en Argentina y otra en Colombia, y que ya cuenta con la renuncia de los dos equipos invitados, Australia y Qatar.

Queda claro, entonces: en esta madre de todas las batallas entre intereses y sentimientos, los clubes ricos europeos van ganando por amplia diferencia. Y esta suspensión de las dos fechas de clasificación sudamericana al Mundial de Qatar es una certificación de que no tienen contra porque, como diría la tribuna un poco más creativa, como la rioplatense, no juegan contra nadie y que los europeos, a los que hay que venderles a los jugadores nacidos de este lado del océano a cambio de la paga que sea en moneda fuerte, tienen la sartén por el mango y el mango también.


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