Por Mariana Losano*

La pandemia por coronavirus sacudió el mundo que habitamos. La cuarentena y el aislamiento interpersonal que estamos atravesando hicieron evidente que el mundo no es sólo el que nos espera, sino también el lugar que nos animamos a crear. La prueba está en cómo, frente a un mismo escenario, se adoptaron diferentes estrategias con, por supuesto, distintos resultados.

La fragilidad, los límites propios y ajenos, nos advirtieron que una crisis de esta magnitud, no se resuelve con un liderazgo basado en el ejercicio férreo del control. Vimos que concentrar poder e información en pocas manos va en detrimento de poder actuar con rapidez, de conectar con lo que pasa, y de responder con la lógica que requiere el hecho innegable de que todos somos parte de una misma red.

El inicio del brote en la ciudad de Wuhan se vio acompañado por la falta de comunicación y por las fallas en gestionar respuestas a tiempo. Fue un ejemplo de cómo el modelo de liderazgo, basado en el control y la concentración, hizo agua para enfrentar una crisis severa, contener miedos, minimizar riesgos y evitar males mayores.

Un buen liderazgo hoy es clave para poder encontrar respuestas nuevas ante situaciones inéditas. El brote epidemiológico ha tenido la cualidad de mostrarnos cómo la vida se asemeja más a un curso de agua que hay que saber acompañar, en vez de esmerarnos por levantar barreras para detener la corriente.

El cambio decisivo de las últimas tres décadas fue reconocer que la naturaleza no es lineal y que el caos genera orden. Todo está en movimiento, en un constante fluir. En consecuencia, la incerteza, la impredictibilidad y la inestabilidad son componentes naturales, que en pos de lograr ciertas seguridades hemos ignorado por mucho tiempo.

Los líderes hoy deben incorporar la perspectiva de que habitar un mundo incierto requiere trabajar un espacio personal y sistémico que nos habilite a trabajar sin red, a lidiar con lo diferente e inesperado, sin protocolos preestablecidos.

Por eso, es tan importante un liderazgo que contemple, puertas adentro con sus equipos, el trabajo con las competencias y los marcos culturales que permitan contar con personas que, desde un plano ético, sepan afrontar la vida, y sean conscientes de que toda acción individual aporta y repercute en el armado sistémico de la red que nos contiene.

Liderar lo inesperado no se improvisa. Trabajar las emociones, administrar los miedos, tener una narrativa que encuentre lo común en la diferencia y genere un criterio que vuelva a darle un orden a nuestras vidas, son competencias que hoy están demostrando ser salvavidas para encarar cambios complejos. Hoy más que nunca, el mundo requiere de líderes capaces de crear sentido para acompañar cambios complejos.

En momentos de tanta desorientación, miedo y ansiedad, los liderazgos virtuosos marcan la diferencia. Son los que suman valor. La pandemia está brindando a todos ellos la oportunidad de crear reglas, éticas, empáticas y coordinadas, para iniciar un nuevo juego.

*La autora es especialista en Administración de Empresas en Crisis de la Escuela de Posgrado de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, y Coach Ontológica Senior